El primer Camino de Santiago ni rezaba al apóstol ni terminaba en Santiago

El estudio de Rodrigo González Castro señala que podría nacer de una ruta anterior dedicada al dios fenicio Melkart

Islas Cíes.
Islas Cíes.VJGalaxypixabay

Ya deberíamos saber que el asunto de construir un templo religioso no es nada nuevo. Un paseo breve por algunas de las iglesias más emblemáticas de España podría demostrárnoslo, y no nos sorprendería encontrar que la Catedral de Córdoba fue antes una mezquita, y que lo mismo ocurrió con la Basílica Menor de Santa María de la Asunción en Arcos de la Frontera y con tantas otras iglesias y basílicas de nuestro país. Incluso podríamos descubrir que la Capilla de la Santa Cruz en Cangas de Onís, la primera iglesia construida desde la conquista musulmana de 711, fue en tiempos originales un dolmen neolítico. Por no entrar en las localizaciones de las Vírgenes Negras. Y es que el hombre funciona así desde sus inicios. Igual que hoy están de moda los remakes de películas de Disney, siglos atrás se reorganizaba la definición espiritual de cualquiera de los rincones escogidos para servir como morada de los dioses; las leyendas viejas dieron pie a leyendas nuevas, y las pasiones de ayer conformaron las pasiones que nos motivan hoy.

Dentro de la categoría de los rincones religiosos que han sido reciclados podría entrar el mismísimo Camino de Santiago, según propone Rodrigo González Castro en La Ruta de Melkart. Se trata de un estudio apasionante que parte de una idea sencilla, como el inicio de un camino, y consigue desenrollarse y enrevesarse hasta copar bosques enteros, cordilleras y amplias llanuras no ya de la Península Ibérica, sino de una buena porción del planeta. Es una de esas ideas estrafalarias que nos asustan un poquito porque tienen sentido y nos hacen pensar y dudar, y dudar asusta a cualquiera. Es su opinión que el peregrinaje más conocido de la religión cristiana no se trata de otra cosa que una copia, si no una actualización, de un peregrinaje que nuestros antepasados más antiguos siguieron para ver morir el sol.

El inicio del viaje

A Rodrigo siempre le interesó conocer la etimología de su pueblo de origen. Melgar de Fernamental, no olviden este nombre. También era un entusiasta de la toponimia y de la Historia. Y resulta que un día cualquiera prendió la mecha de su curiosidad buscando otros pueblos de España que compartiesen la misma raíz (“melg”) y cuando se encontró con que eran varios y estaban situados en una línea este/oeste con respecto al mapa, pues lógicamente se sorprendió, y ya puestos se dispuso a buscar otras localidades españolas que compartieran un topónimo similar. Encontró Melgar de Tera, Melgar de Arriba, Melgar de Abajo, Melgar de Fernamental, Melgosa de Villadiego, Melgosa de Burgos e incluso una localidad portuguesa llamada Melgaço. El rastro seguía por Marruecos en Melga el Oudiane y justo encima, situada con una precisión rabiosamente milimétrica, se encontraba Málaga, y camino al norte descubrió una serie de pueblos desaparecidos: Melgar de la Frontera, Melgar de Foracassas y tres Melgar a secas, uno en Jaén y dos en Navarra. Caramba, incluso encontró un castillo cuyas ruinas ya son polvo del polvo y que los documentos antiguos titulan como el Castillo de Melgar.

Ruta de Melkart cotejada con los Caminos de Santiago. Las líneas coloreadas corresponden al Camino de Santiago.
Ruta de Melkart cotejada con los Caminos de Santiago. Las líneas coloreadas corresponden al Camino de Santiago.Rodrigo González CastroLa Ruta de Melkart

Y así sucesivamente. El número de localidades que compartían el topónimo del pueblo natal de Rodrigo era apabullante, y lo mejor es que todas ellas seguían un eje norte/sur y este/oeste casi perfectos. Debemos ponernos en la piel del investigador y concordar en lo extraño de esta situación. Podemos pensar que las localidades alineadas (que terminaron por ser decenas) delimitaban en realidad un camino. Quiero decir, ¿por qué no? Si los pueblos y ciudades alineadas no compartieran el topónimo, tal vez; si no estuvieran alineados, pues podría ser que Rodrigo fuera un tipo que se aburría en casa y que buscó coincidencias donde lo las había para enredar. Pero recórcholis, están alineados hasta formar dos caminos bien delimitados, son decenas de ellos y para colmo comparten la toponimia. Parece evidente que aquí hay gato encerrado. ¿O deberíamos decir fenicio enterrado?

La clave fenicia

Como un Sherlock Holmes de la Historia, Rodrigo siguió tirando del hilo que dibujaba este extraño camino. Rebuscando entre papeles viejos encontró que varias de las localidades marcadas con el rotulador rojo pertenecían a la conocida Ruta de los Fenicios, y aquí encontró una de las claves principales para su investigación: que los fenicios estaban metidos en el ajo. Y tiene sentido desde que esta civilización de comerciantes y navegantes fundó un puñado de ciudades en la Península Ibérica, entre las que se encuentran algunas de las localidades que Rodrigo asoció a su pueblo de origen (como por ejemplo Málaga). Y todavía tiene más sentido cuando descubrimos que uno de los dioses más importantes de la cultura fenicia se llamaba Melkart (cuyo parecido con la palabreja que llevamos persiguiendo por todo el país es evidente).

Escultura fenicia del dios Melkart.
Escultura fenicia del dios Melkart.cidelvinoylasalPixabay

Una vez dibujada la ruta, Rodrigo buscó el sentido de la misma a partir de la clave fenicia, porque todos los caminos comienzan en un punto aleatorio pero terminan en uno muy concreto, y ese destino final de los caminos es precisamente quien les otorga su sentido, su por qué, la raison d’être que se dicen los franceses.

Pero el camino terminaba en Vigo.

Rodrigo se paró en seco en este momento de su investigación. ¿Vigo? ¿Qué tiene que ver Vigo con los fenicios? ¿Cómo iba a interesarle a nadie del mundo antiguo peregrinar a Vigo? Ocurre en cualquier búsqueda que podemos desorientarnos y resulta exasperante toparnos con un resultado del todo inconexo e imprevisto, después de tantas coincidencias juntas. Pero ya fuera por suerte o por la voluntad de la deidad implicada, Rodrigo descubrió leyendo uno de sus libros deliciosos que a un tiro de piedra de la ciudad de Vigo se encontraba hacía milenios un templo... dedicado al dios Melkart.

Las Columnas de Hércules... ¿en las Cíes?

Monumento de Julio Verne en Vigo
Monumento de Julio Verne en VigoAlfonso Masoliver

Y lo que es más. Ahora toca hablar de la localización de las Columnas de Hércules, que también se tratan de uno de estos sitios reciclados que comentábamos antes, y que años atrás eran conocidas por los fenicios como las Estelas de Melkart. ¡Las Estelas de Melkart! ¡Que han sido situadas históricamente en el estrecho de Gibraltar porque en Cádiz se encontró un templo dedicado al dios Melkart, pero que últimamente se sitúan en la otra punta de la península, junto a otro templo de Melkart! ¡Las Columnas de Hércules, las Estelas de Melkart que dicen ahora que no estaban situadas en Gibraltar sino en las islas Cíes, a un palmo de Vigo! ¡En el fin del mundo, en el punto exacto donde generaciones enteras de bárbaros y hombres sabios vieron con estupefacción cómo se zambullía el sol en las aguas del Atlántico, solo para verlo renacer a la mañana siguiente!

Si las conclusiones de Rodrigo fueran ciertas, podríamos comprobar que el camino trazado por los pueblos relacionados con Melkart se superponen en ocasiones de forma casi exacta a las rutas actuales del Camino de Santiago. Esta peregrinación que comenzó durante el medievo después de que un ermitaño llamado Pedro señalara la tumba del apóstol, tras seguir durante semanas el rastro de una estrella. Y tirando de esoterismo, comprobaríamos como un buen puñado de encomiendas templarias se situaban precisamente en las partes donde coincidían ambas rutas religiosas, pese a que dos milenios separaran la una de la otra. ¿Tendrá razón Rodrigo y resulta que el Camino de Santiago se trata de una versión actualizada de la Ruta de Melkart? En su trabajo nos aporta muchísimas pruebas acerca de esta relación que mencionan a Julio Verne, Platón, la Atlántida y por supuesto la Orden del Temple, aunque no seré yo quien las cuente en esta pieza porque nunca me gustó destripar el final de la película. Lo mejor será hacernos con un ejemplar y dudar con él, buscar con él, y maravillarnos al pensar que el ser humano se trata en realidad de una criatura asombrosa y ligada con unas cadenas inquebrantables a las ilusiones de sus antepasados.