Insólita Turquía a orillas de las aguas del mar Egeo

La costa turca sorprende al viajero por el regalo que brindan sus aguas transparentes y sus bellos paisajes submarinos, mientras que en tierra firmen no defraudan los restos de ciudades antiguas

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Desde la cubierta superior del yate Vertigo y mientras rellenamos los formularios de buceo y covid, vamos dejando atrás la bahía de Bitez. Una herradura casi perfecta con sus blancas casas adosadas y sus chalets que hace tan solo un año y medio, antes de que la pandemia nos lanzara a vivir lejos de las grandes ciudades, costaban un tercio del precio actual.

El capitán Kenan Dogan prepara su mejor equipo para esta ocasión. Tiene el aspecto de marino curtido por el viento y el sol, pero mantiene un entusiasmo sorprendente. Es turco y habla un perfecto inglés. Muestra orgulloso su bibotella y sus reguladores y manda embarcar dos scooter en la zodiac. Ha querido acompañarme en las dos inmersos que realizaremos. Nos lanzamos mano a mano a visitar el pecio Dakota. Pretende ir navegando con los torpedos desde una distancia considerable. Le advierto de que aunque puede ser divertido, lo más importante son las fotos y quiero dedicar todo el tiempo posible a conseguir la imagen que tengo en la cabeza.

El Dakota C47 era un avión de la fuerza aérea turca hundido en 2008 como arrecife artificial. FOTO: Gonzalo Pérez Mata La Razón

Kenan ha sido fotógrafo subacuático durante varias décadas, y aunque ahora se dedica exclusivamente al negocio del buceo, entiende perfectamente el mensaje e indica al patrón que nos deje justo encima del avión. Se trata de un pecio hundido como atracción para buceadores y aunque a priori se puede pensar que esto le resta interés, en España no es fácil bucear en los restos de un avión. La envergadura del ala es imponente. Nada más acercarnos, el morro, desencajado del resto de la aeronave, destaca sobre el resto del fuselaje. Cualquier «hierro» hundido tiene una historia detrás y éste, apostado en el fondo de roca y arena en medio de la nada y sin demasiada vida marina será nuestro objetivo durante toda la inmersión. La cabina por un lado, las hélices por otro y la sorpresa del agua transparente del mar Egeo convierten el momento en algo muy especial.

El TCG Pinar 1 era un barco de transporte de agua de la Guardia Costera de la Marina Turca. FOTO: ©Gonzalo Pérez Mata La Razón

Arqueología subacuática

Quedan pocos vestigios sumergidos en las costas turcas, la mayoría se encuentran fuera del agua en instituciones, como el Museo de Arqueología Subacuática de Bodrum situado en el castillo de San Pedro, construido en el año 1402 por los Caballeros de la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén. Alberga antiguos descubrimientos submarinos como ánforas, vidrios y demás reliquias rescatas del mar en algunos casos de forma casual por pescadores de esponjas. Pavos reales con su plumaje turquesa y estatuas ocupan sus jardines.

Desde sus murallas observamos las dos bahías de Bodrum. Esta ciudad no es otra que la antigua ciudad de Halicarnaso, bautizada así por el rey de Kairos, Mausolo. A poca distancia, la princesa Artemisa mandó construir un mausoleo de 45 metros de altura en su honor considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo y del que hoy solo quedan algunas piedras. Algunos de los restos de este panteón sirvieron para la reconstrucción del castillo. En esta ciudad nació Herodoto, historiador y viajero que con su prosa relató las guerras entre Grecia y Persia.

A pocos metros, decenas de goletas de madera aguardan con sus marineros el momento de zarpar con turistas o aventureros y llevarles por sus calas y bahías solitarias donde la vegetación se derrama prácticamente hasta el azul intenso y cristalino. Navegan ante un horizonte de islas turcas y griegas y suelen visitar las calas de la Isla Negra. El cocinero de la goleta Nerissa es un apasionado del fútbol e hincha del Valencia. Prepara lubina al horno y un café turco que casi se puede masticar. El agua es fría y purificadora: 20 grados a principios de julio. El fondo está esculpido en roca de formas caprichosas y sugerentes como láminas de piedra o montículos que recuerdan a arrecifes de coral. Una bandera estadounidense hondea en un gran catamarán a pocos metros de nuestra embarcación y varias chicas se lanzan al agua desde la popa. Nos sumergimos y, a pocos metros, el terreno desciendo de forma abrupta. Los rayos de sol se filtran en el mar hasta perderse en la inmensidad de azul cobalto. Descendemos en apnea hasta los 15 metros para observar el cortado desde abajo y la transparencia del agua en una magnífica escena.

La ciudad de Pedasa

De camino al hotel, el 4x4 se adentra en una pista de arena y piedras que al poco rato hace imposible continuar. A partir de ahí toca caminar durante media ahora hasta uno de los asentamientos más antiguos de la región del Egeo: la ciudad de Pedasa. Los pedaseos fortificaron el monte Lida desde donde ofrecieron resistencia contra el ejército persa de Harpago. Caminamos a lo largo de senderos que se han recorrido durante siglos para presenciar la historia oculta entre los árboles. Una ciudad que data de hace unos 3.000 años levantada en las colinas que rodean Bodrum. La caminata nos llevará cuesta arriba a través de una exuberante vegetación y flores silvestres hasta las impresionantes vistas panorámicas que se observan desde la tumba de piedra que todavía se mantiene en pie.

La costa de Bodrum vista de la antigua ciudad de Pedasa. FOTO: ©Gonzalo Pérez Mata La Razón

La vida bulle en Marmaris con su marina repleta de grandes barcos. Los camareros se acercan con ofertas de pescado fresco y sus calles blancas y en cuesta nos son familiares. Esta zona es punto de encuentro entre el Mediterráneo y el Egeo y sus aguas son algo más cálidas. En el hotel, grupos de gente joven se tuestan al sol. Tanto Bodrum como Marmaris son destino habitual de ingleses que incluso han establecido aquí su residencia. Al amanecer, la bahía despierta con el agua en calma y cualquiera diría que estamos en un lago. En el pantalán de madera lleno de tumbonas hay varias escaleras para acceder al mar que en este momento parece un espejo. El fondo aquí es fangoso y el agua oscura. La superficie refleja las montañas que encierran la bahía sin rastro de la salida a mar abierto.

A 70 km de Marmaris se encuentra la península de Datça, una de las zonas más apreciadas por los navegantes que acuden a Turquía por su tranquilidad y en la que se encuentran las ruinas de la antigua ciudad de Knidos. El pequeño muelle recuerda a un puerto de pescadores. Padre e hijo gobiernan el Karaöglu repartiéndose el timón y la cocina. Una embarcación de un palo y 16 metros de eslora en la que visitaremos recodos protegidos y de aspecto salvaje rodeados de montañas de roca granítica y pinos. Un dique natural de piedra blanca y poca altura separa una pequeña cala del trasiego de los grandes barcos. El blanco, el azul y el verde se mezclan en una paleta natural de arena, agua y posidonia.

Puesta de sol en Bodrum. FOTO: ©Gonzalo Pérez Mata La Razón

El camino de vuelta a Bodrum será en Ferry. Los coches se amontonan en el interior del barco encajados al límite hasta el punto de quedar la popa levadiza medio abierta y sujeta con grandes cadenas. La travesía dura hora y media. Varios niños juegan en la cubierta superior mientras el sol cae hasta esconderse tras las colinas de Datça.

En el avión de vuelta, dos jóvenes con la cabeza afeitada y rebosante de folículos nuevos arrastran la maleta por el pasillo y se cruzan con varias mujeres con la cara amoratada por la cirugía. A este país llegan cada año miles de personas con la intención de mejorar su aspecto físico pero realmente son sus aguas turquesas, sus islas y sus goletas de madera lo que hacen al viajero recordar lo importante, que no es otra cosa que olvidar el propósito del viaje. Mientras el avión despega me viene la mente una frase de Herodoto: tu estado de ánimo es tu destino.