Vicios y virtudes en Estambul

La capital de Turquía es el uno de los mejores destinos para rematar el verano... o preparar el verano que viene

Atardecer en el Bósforo
Atardecer en el Bósforo

El mundo guarda una relación de amor-odio con Estambul. Su airecillo que emerge cada madrugada como un hálito entre las aguas del Bósforo resulta hipnótico para nuestros labios y manosea nuestras papilas gustativas, y desde allí recorre rápidamente las terminaciones nerviosas hasta insertarse en nuestro cerebro; nuestro cerebro analiza el airecillo, sediento en esta mañana, y rápidamente envía una respuesta urgente a la piel de los brazos y del cuello. Se erizan los cabellos, sentimos un oleaje de frío que nos tantea. Es como un chute de la droga más codiciada del mundo. Hoy estamos en Estambul, sentados en la agradable terraza del Four Seasons de la ciudad, observando con satisfacción el Cuerno de Oro. Un puñado suelto de gaviotas se lanzan al agua en picado, bucean unos metros y vuelven a asomar los ojos crueles, algunas con un pececillo en el pico.

No hace mucho que sus antepasadas se alimentaban de la carne fresca de bizantinos y genoveses, armenios, griegos y algún que otro inglés o francés muy lejos de casa que trajo la corriente en 1915 desde los acantilados de Galípoli. Vivimos en el siglo XXI pero incluso hoy observamos desde nuestro spot privilegiado que la silueta de Estambul es similar a la que podía ver un aventurero europeo del siglo XIX, se aprecian edificios intercalados con enormes mezquitas dedicadas al Sublime brillando la luna bajo el sol naciente. Las gaviotas siguen siendo carnívoras, qué diantre. Un local muy bien vestido nos ofrece la cuenta del desayuno nos sonríe se despide. Y todo esto tiene un olorcillo profundamente exótico: la localización, las costumbres milenarias de los locales que jamás llegaremos a conocer completamente, el Cuerno de Oro allí expuesto, fíjate en qué nombre, el Cuerno de Oro, es magnífico, es casi una leyenda…

El Bósforo es una de las vías navegables más transitadas del mundo

Un aparente añadido de nuestro siglo es que en Estambul existe un ambiente peligroso para los turistas.

O al menos eso nos dijo la película de Venganza II (protagonizada por Liam Neeson y ambientada en Estambul), aunque eso no nos preocupa mientras abandonamos el Four Sasons al trote cochinero. Estambul siempre ha tenido un punto de peligrosa, ya lo sabemos. No tenemos que andar cada esquina mirando con un periscopio pero sí que pueden acuchillarte si entras en la calle equivocada. Será una ciudad vieja y todo lo demás pero no por eso se ha quitado sus malas costumbres, se siente mucho.

En todo caso que sales del hotel y vas de visita a La Mezquita Azul. Coges el taxi, sí, un taxi, hoy tenemos calderilla en el bolsillo, hoy queremos derrochar para ser extranjeros en esta ciudad al otro extremo del Mediterráneo, queremos ser extras, personajes secundarios, deseamos probar el mejor té turco y penetrar silenciosamente por entre las entrañas de asfalto y cables y hierro de los coches y gases y carne que palpita dentro de esta bestia milenaria, la puerta hacia una nueva versión del mundo, Estambul. Es la vieja Constantinopla. La bastarda de Roma. La frontera entre Asia y Europa.

La Mezquita Azul está cerrada hoy a los turistas y lo mismo ocurre con Hagia Sophia.

Aunque podemos admirarlas desde fuera. ¿Sabías que miles de feligreses fueron asesinados dentro de Hagia Sophia, precisamente durante el saqueo de Mehmed II, cuando el astuto sultán conquistó la ciudad? Supongo que aquel día la sangre llegaba como mínimo a la mitad de los tobillos. Y aunque hoy esté cerrada me gustaría imaginarme que vuelvo a rezar allí dentro y que las rodilleras de mi pantalón se contaminan con un pellizco reseco de esa sangre sagrada, y que los mártires que cayeron aquí me protejan durante el resto de la visita. Me gustaría encenderle una vela a Santa Sofía y sus tres hijas, asesinadas también en Roma porque lo quiso el emperador Adriano. Las tres hijas se llamaban Fe, Esperanza y Caridad. O eso dicen.

Interior de la Basílica de Santa Sofía Estambul FOTO: Turismo Turquia Alicia Romay

Ente una y otra matanza ya nos estamos aclimatando a la ciudad. Formulamos uno de los embrujos del viajero, nos desabrochamos delicadamente una finísima capa de piel para colocarnos otra, nos adaptamos como podemos, según la habilidad de cada uno. El olorcillo de un puesto de kebab se escurre entre la gente y decimos, allá voy, me voy a comer el primero. Pero hoy somos caprichosos y nos detenemos. No queremos un kebab, no señor, de ningún modo: queremos el kebab deshaciéndose entre nuestras manos. Los extravagantes fez de un colorcito rojo chillón con la borla negra brincando a cada paso llaman nuestra atención y nos empeñamos en seguirlos, un pompón negro y otro más, es la ciudad que nos tiende un hilo para llevarnos entre sus callejones.

Tiendas de electrónica, tiendas de chinos y decenas de restaurantes griegos se escondían desde el principio en una parte más profunda de sus circuitos. Al final tendremos que reconocer que Estambul sí que ha cambiado. Cachito a cachito, un poco más cada año. Los comercios habituales ya no venden alfombras y lámparas de aceite, apenas si hay burros en la mayor parte de la ciudad, no huele a mierda de cabra; pero las personas son tantas (Estambul tiene quince millones de habitantes) que, en las horas punta, se amontonan unas sobre las otras en coches que parecen latas y en las aceras.

Siguiendo el pompón nos encontramos con una de las entradas del Gran Bazar.

Es la puerta de Beyazıt.

Ahora, alguno querrá saber por qué, al ver la primera calle del mítico mercado iluminada con joyas y tesoros, en ese mismo instante nos olvidamos del pompón, del kebab y de Estambul en su conjunto. Pero se trata en realidad de una cuestión puramente natural, casi instintiva entre los primates. Como salvajes en su tribu muchos tendemos a pensar que, cuantos más objetos reunamos, a más herramientas y utensilios brillantes e interesantes como los que hay aquí dentro, más poderosos seremos. Cuantos más ferraris, cuadros caros, casoplones, etc., tengamos, pues tanto mejor, es evidente; y si cuando viajamos a Estambul solo podemos conseguir una bandeja repujada de madera y un paquete de delicias turcas, bienvenidas sean. Entonces creo que queda claro que entramos dispuestos a regatear lo que haga falta, tirar de la astucia de los simios para llevarnos el objeto que nos permitirá subir un escaloncito más. Entramos.

Lámparas a la venta iluminando el Gran Bazar de Estambul. FOTO: Ulises Oliva dreamstime

Y hemos vuelto atrás. Pero, es raro, el pasado está contaminado aquí. Todo parece igual que antes, las llamadas discretas o llamativas según el estilo de cada vendedor, la luz del sol amarilla, el runrún de los compradores manoseando, los extranjeros asombrados, codiciosos. Somos nosotros. Los vendedores nos ven los ojillos mientras nos dan a probar y a tocar y a oler multitud de aromas y formas y sabores difícilmente descriptibles. Nosotros percibimos este trajín de sensaciones y nos dominan unas ganas increíbles de brincar, chillar, encaramarnos a los toldos y robarlos todos para nuestro árbol. Ya hemos visto el Gran Bazar de Estambul. Ya podemos tacharlo de la lista y dejarnos llevar. Caminamos como rebotando de una a otra delicia, de una a otra riña por acordar un precio, hasta que salimos.

En una bolsa guardamos el botín: unas bolsitas de tinte en polvo que nos pidió la amiga pintora, un cuenco (que parece) de plata para mamá y, mi parte, las excitantes sales de menta que solo venden en algunos mercados musulmanes y que me vienen de fábula las noches que he fumado demasiados cigarrillos. O cualquier otra cosa, figuritas de la suerte, juegos de ajedrez, alfombras, ahora sí, cualquier baratija que encontremos en el Gran Bazar.

Por fin llegamos al kebab. Con la tontería nos hemos comido la mañana sin enterarnos.

Y revelamos el truco. Hoy somos caprichosos y hace días que sabíamos el restaurante que íbamos a escoger para ejecutar el cliché imprescindible en Turquía. Lo sabemos desde que le vimos por primera vez en Instagram. Es el restaurante de Nusret Gokce. El chef turco que lanzaba la sal así, con mucha gracia, chocándola contra el codo, salt bae, ese, ese mismo. Su restaurante está en Estambul y, sorprendentemente, el precio no es para que nos de un infarto. Su carne sí que podría dárnoslo, en cualquier caso. Vuelan entre las mesas las bandejas con costillas de cordero, crujientes al tacto y ligeramente dulces al paladar, practican cabriolas los olores de los chuletones de ternera y cuencos humeantes de patatas fritas aparecen en nuestra mesa con el kebab. Todo aquí son manjares, carcajadas, sudor y brasas. Como era de esperar lo saboreamos, la salsa explota en la boca, está caliente y sabrosa.

Y ya nos vamos de Estambul. Es una ciudad sucia con la mugre de los autobuses y los mohos del griterío, un espíritu adictivo escondiéndose a plena vista, con las piernas abiertas y la sonrisa insinuante asomando entre esa pila de paredes a las orillas del Cuerno de Oro. Damos un último mordisco al kebab y nos marchamos.