El agua entra por Huelva

“En el caso del PSOE de Huelva ya han comenzado los codazos para hacerse con el poder en la Diputación y con las mamandurrias que conlleva cada nuevo nombramiento”

El ex presidente de la Diputación de Huelva, Ignacio Caraballo EUROPA PRESS

Era cuestión de tiempo que Ignacio Caraballo tocara fondo, era cuestión de tiempo. Del «Caso Aljaraque», mal que bien, salió de cada atolladero una y otra vez, pero la denuncia de una ex compañera de partido por violencia de género ha terminado de romper el dique. Quienes tengan la fortuna de no conocer de cerca, de no palpar, la viscosa piel de quienes viven de medrar en los partidos políticos se ahorran el mal trago que provoca el ruido de los cuchillos cuando se afilan para comenzar el despiece, porque a cada cerdo le llega su San Martín. Para que se hagan una idea, ahora en tiempo de «foodies», ese desmembramiento del líder suena como el ronqueo del atún pero con el añadido de la amargura que provoca la bilis. En el caso del PSOE de Huelva ya han comenzado los codazos para hacerse con el poder en la Diputación y con las mamandurrias que conlleva cada nuevo nombramiento. Natural y humano, desde los sumerios no hemos sido capaces de inventar nada verdaderamente original, pero dejando de lado el gozo del sector crítico, la oleada de Huelva choca directamente con los muros, ya mermados, del PSOE andaluz que mantiene el tipo después meses de «ni está ni se le espera». Si el PP-A no se encuentra con nuevos escollos, la alternativa socialista para recuperar San Telmo con Susana Díaz a la cabeza se estrella con la realidad. Ni oposición, ni alternativa, ni recambio y además un nuevo frente, bien gordo, dentro de uno de los feudos históricos del socialismo. Por egoísmo o por hechos prácticos, si el PSOE quiere volver a convertirse en un partido aglutinador debe entender que la renovación de su liderazgo y cuadros principales debe ser una realidad en el momento en el que el Covid-19 pase y se convierta en una pesadilla.