Diario de una cuarentena con niños: Día 26

¿Alguien conoce una medicina que convierta los gritos en somníferos?

Si algo es evidente es que todo es un poco diferente con niños. La vida es diferente, el confinamiento es diferente y el dolor de cabeza, el dolor de cabeza, con niños, eso ya es la bomba. La jaqueca, con niños, es ay, jaqueca, como si unos mariachis quisiesen recordarte que tu cabeza está a punto de estallar. A esa especie de martilleo constante en la sien, al bofetón en la nuca, se unen las voces más agudas y punzantes del mundo que te lo recuerdan con aplausos, como si animasen a la jaqueca, como si le asegurasen que todavía podría hacerlo mejor.

Estamos en el día 26 de encierro y empiezan a suceder cosas extrañas. Esta mañana hemos sido testigos silenciosos de una pelea entre vecinos. Bueno, silenciosos no, que Pablo ha empezo a gritar “pelea, pelea, se están peleando”, con lo que ha quedado bastante claro que estábamos escuchando. Frente a la galería de nuestra casa viven unos chicos argentinos que se estaban discutiendo a pleno pulmón con los del piso de abajo porque, al parecer, decían que por las noches los argentinos hacían mucho ruido. “¡Ruido, ruido, brummm!”, ha dicho Pablo para que todos entendiesen lo que querían decir.

¿Ellos hacían mucho ruido? Por ahora nadie se ha quejado del ruido que hacen mis hijos, porque hacen una barbaridad. Creo que la imposibilidad de movimiento se está compensando con la subida del tono de voz. Quiero decir que si sustituyes correr por gritar, en su caso todas las frases tendrían sentido. Y ellos corren tanto estos días que los veo más delgados, es curioso. “¡Esto es uuuuna casa se looocos!”, cantan sin parar imitando su serie favorita de la tele, y no sé de locos, pero de histéricos esta casa está llena.

El caso es que, por la tarde, alguien ha llamado a nuestro timbre. Estos días no es un sonido muy agradable. Ha sonado al: “¿Hay alguien en casa?” del lobo. Eso nos ha convertido al instante en los tres cerditos y me he sentido insultado. “Papi, llaman, quién es”, ha gritado, como no, Camila, y yo, claro, lo sabía y le he dicho, ¡y yo qué se!

He ido a abrir con cuidado y he descubierto que eran los chicos argentinos, que a una distancia prudencial de cuatro metros han empezado a pedirnos disculpas y ha preguntarnos si a nosotros nos molestaba el ruido. Instintivamente, he mirado a mis hijos y he pensado, !si!, pero no he dicho nada.

Entonces, la vecina de la puerta de al lado, una señora de muchos años que fuma sin parar y apesta todo el rellano, ha salido y ha iniciado una conversación. Oír una voz al lado de la puerta de tu casa sin ver de dónde sale y a dos chicos argentinos a cuatro metros contestándola es la conversación más ridícula que he tenido nunca y me he despedido con educación porque mi sentido del ridículo está demasiado evolucionado estos días. “!Quién quiere jugar a gritar!”, he exclamado al entrar y vaya si hemos jugado, he perdido terriblemente.

Así que mi dolor de cabeza continúa como una rosa. Tiene buen aspecto y está creciendo. Si sigue así será todo un mocetón en verano que presumirá de músculos en la playa. A mí, de momento, está a punto de arrancarme la cabeza con sólo una palmada. Esperemos que mañana sea otro día, y si no puede ser, que al menos pase algo increíble, como que nadie haga ruido durante dos minutos.