¿Por qué apareció el testamento de Hitler en una botella y en el forro de un abrigo?

LA RAZÓN consulta los papeles personales sobre el caso del presidente Harry S. Truman

Solamente hay que abrir una caja de documentos para que aparezca una historia que merece ser explicada y que, en ocasiones, el tiempo se ha encargado de tergiversan intencionadamente o de forma accidental. Eso es lo que pasa cuando nos aproximamos a los papeles de una de las presidencias más controvertidas de Estados Unidos, la de Harry S. Truman, el hombre que tuvo que sustituir a Franklin D. Rooselvelt cuando no había concluido la Segunda Guerra Mundial. En su biblioteca presidencial, donde están depositados todos los fondos relacionados con el tiempo en el que estuvo en la Casa Blanca, hay una carta que nos ayuda a saber algo más sobre el último acto en la vida de Adolf Hitler. La misiva, fechada el 19 de marzo de 1946, está redactada por quien fuera el secretario de Guerra, Robert Porter Patterson, aporta nueva luz sobre el descubrimiento en esos días de los últimos documentos personales del genocida nazi:

“Querido señor Presidente:

Nuestro personal de Inteligencia Militar, a través de la información proporcionada por el Servicio de Inteligencia Británico, recuperó los testamentos personal y político de Adolf Hitler, su certificado de matrimonio, y una carta transmitiendo estos documentos al Almirante Dönitz, firmado por Martin Bormann. El carácter único de estos papeles y su significado histórico me hace pedirle que se los reenvíe por su interés personal.

La última diatriba antisemita de Hitler, su frenético intento por mantener una apariencia de gobierno alemán, y lo que anota como un pacto de suicidio entre él y Eva Braun ilustran vivamente las horas finales del régimen nazi. Son materiales de gran interés público. Podría sugerirle que estos documentos pudieran estar expuestos en la Biblioteca del Congreso o en otro lugar adecuado.

Sinceramente,

Robert P. Patterson

Secretario de Guerra”

En los papeles personales de Truman hay un informe realizado por los servicios de inteligencia estadounidense donde se detalla cómo fueron localizados los documentos. Gracias a estas páginas sabemos que el testamento de Hitler apareció en el forro del abrigo del jefe del Servicio alemán de informaciones Heinz Lorenz, “quien estaba bajo arresto por posesión de documentos falsos de identidad”. Lorenz guardaba entre sus ropas las últimas voluntades de Hitler, su testamento político y un apéndice a este último documento redactado por Goebbels.

El primer problema fue el aclarar si no se trataban de falsificaciones, hecho que se pudo verificar, como se dice en el informe, gracias a “un escrutinio profesional”. Pero lo que parecía más enigmático, de acuerdo con el informe redactado para Truman, era aclarar cómo habían acabado los documentos en manos o, mejor dicho, en el forro del abrigo de Lorenz. “Después de un largo proceso de interrogatorios, finalmente Lorenz contó una historia que creemos es cierta. Los puntos importantes en esta historia eran Lorenz, junto con otros dos, el miembro de las SS Wilhem Zander (asistente de Bormann) y el mayor Willi Johannmeier (asistente del general Burgdorf), quienes dejaron el búnker el 29 de abril, habiendo recibido cada uno un grupo de documentos que tenían la orden de entregar al mariscal de campo Scherner, al almirante Loenitz y a Múnic para su conservación y eventual publicación”.

El primero en ser atrapado fue Willi Johannmeier “viviendo tranquilamente bajo su verdadero nombre en su casa de Iserlohn. La inteligencia estadounidense lo definió como “un soldado sencillo de lealtad incondicional e incuestionable coraje”. Se limitó a decir que simplemente era un guía de los dos hombres a través de las líneas rusas, una historia que aparentemente convenció a los aliados, aunque no por mucho tiempo.

Por su parte, Zander estaba desaparecido para su familia. Fue su esposa la encargada de facilitar fotografía a los estadounidenses por “su genuino deseo de descubrir noticias sobre él”. Un oficial británico investigó en Múnic descubriendo que el SS estaba vivo y escondido bajo un alias por aquella zona. De esta manera se descubrió que trabajaba como Friedrich-Wilhem Paustin en un mercado de flores en Tegernsee. Cuando lo arrestaron se presentó ante los soldados estadounidenses como “nazi idealista desilusionado”. No tardó en explicar dónde estaban los testamentos, el certificado de matrimonio y una carta de Bormann para Doënitz.

Era evidente que Johannmeier mentía, gracias también a la información aportada por un testigo anónimo. Así que fue sometido a nuevas preguntas. Johannmeier juraba que no tenía nada, por lo que era imposible que pudiera ayudar a los aliados. “Estaba claro que actuaba con auténtica lealtad. Sus órdenes eran que los documentos no cayeran en nuestras manos, y él tenía la intención de cumplir estas órdenes a pesar de las evidencias”, escribe el agente responsable del informe. Durante dos horas, Johannmeier se mantuvo en trece y “casi convenció a su interrogador”. Finalmente se vino abajo y admitió que tenía los copia de los ansiados originales y que estaban enterrados dentro de una botella en el jardín de su casa en Iserlohn. De esta manera se cerraba el círculo.

Las copias y los originales se guardan actualmente en los Archivos Nacionales en College Park, Maryland. En sus últimas voluntades, Hitler admitía que se había casado con Eva Braun, culpaba de todo a los judíos y se mostraba optimista de que la lucha continuara sin él. Nadie le hizo caso. Su megalomanía y el terror que había creado se derrumbaron cuando se pegó un tiro en el búnker el 30 de abril de 1945, poco antes de que los documentos salieran de la cancillería.