Cuando el alcoholismo de Nixon nos pudo llevar a la guerra nuclear

La inestabilidad del presidente estuvo a punto de desembocar en enfrentamientos en Corea del Norte y Vietnam

Probablemente sea Donald Trump el presidente que ha logrado reunir un mayor rechazo en los últimos años. Él ha hecho que nos parezcan mejores algunos inquilinos de la Casa Blanca que jugaron con fuego en la peores condiciones, incluso aunque estos acabaran ganándose el rechazo de la población, especialmente de quienes los votaron. El paradigma de todo esto se llama Richard Nixon, un tipo que estuvo a punto de llevarnos al peor de los desastres, léase una guerra, por su manía de mezclar su cargo con el alcohol.

Como es sabido, Nixon acabó dimitiendo tras llevar a su país y al mundo entero a la peor de las pesadillas de la mano del Watergate. La ambición política, el juego sucio, el espionaje a los rivales, los pinchazos telefónicos o los dossieres con información manipulada fueron algunas de las armas empleadas por el presidente con el apoyo de su cuadrilla. Hemos dicho ambición, pero ¿y si en realidad se trataba de alguien psicológicamente poco estable? ¿Y si hubiera de fondo un problema de alcoholismo? ¿Y si el mundo estuvo a punto de ir a la guerra por más de una copa?

Fue John F. Kennedy el primero en instalar un sistema de grabación en el despacho oval de la Casa Blanca que le permitía registrar todo cuanto se decía allí. Su sucesor Lyndon Johnson siguió manteniendo ese operativo que también incluía los pinchazos telefónicos. Nixon no fue menos y prolongó todo ese aparato de cintas, aunque con la particularidad que lo registró todo. Sus predecesores fueron lo suficientemente cuidadosos como para no grabarlo todo, algo que no se puede decir de Nixon que registró la totalidad de las cosas que se decían en su salón de trabajo: desde secretos de estado a conversaciones familiares.

Es de esta manera que podemos conocer uno de los secretos mejor guardados por aquella administración como es el reiterado uso del alcohol por parte del presidente, incluso cuando se trataba de tomar decisiones importantes para el conjunto del planeta. Uno de los biógrafos de Richard Nixon, Anthony Summers, ya apuntó en un libro que el mandatario estadounidense tuvo una fuerte dependencia de la bebida y los fármacos, algo que hizo de él una bomba de relojería. Hay varios ejemplos de este peligroso comportamiento. Su secretario de Estado, Henry Kissinger, aseguró en esos días que “si el presidente se saliera con la suya, ¡habría una guerra nuclear cada semana!”

En junio de 2010, un piloto de la fuerza aérea estadounidense llamado Bruce Charles, con sede en Kunsan (Corea del Sur) explicó que fue llamado para participar en la puesta en marcha del plan de ataque nuclear en la guerra de Estados Unidos contra el comunismo. El objetivo de Charles sería el lanzamiento de una bomba nuclear sobre una pista de aterrizaje en Corea del Norte. Solamente faltaba la última orden del presidente Nixon. Por el libro de Summers ahora sabemos que esa decisión, ese intento de ataque, fue por culpa de alguna copa.

No es un caso aislado. En los primeros días de su presidencia, en 1969, Nixon usó el Doomsday Air Force One, el avión de comando nuclear presidencial. Todo esto lo sabemos gracias a los diarios personales del jefe de gabinete del presidente, el controvertido H.R. Haldeman quien apuntó que su jefe “hizo muchas preguntas sobre nuestra capacidad nuclear y el número de muertos”. Aparentemente lo aprendido ese día, especialmente el impacto que tendría en bajas, sirvió para que Nixon se echara atrás en cualquier pretensión de tipo nuclear. Pero no fue así.

En 1969 la política internacional de Estados Unidos estaba centrada en una guerra en el sudeste asiático, es decir, Vietnam. Si bien es cierto que había heredado ese conflicto bélico, Nixon se lo hizo suyo y se había cargado las conversaciones de paz que Johnson había iniciado en París para asegurarse las elecciones de 1968. Un año más tarde, él y Kissinger tenían un problema que parecía no encontrar una solución. Así que se puso en marcha plan para forzar una nueva mesa de paz y el plan se llamaba, no es broma, la “Teoría del loco”. “”Quiero que los norvietnamitas crean que he llegado al punto en que podría hacer cualquier cosa para detener la guerra”, le confesó a Haldeman. Ese “cualquier cosa” era la bomba atómica, un nuevo Hiroshima con el que, de camino, mostrar músculo ante los soviéticos. En el último momento se echó atrás, pero los asesores de Nixon creen que ese comportamiento errático obedecía a la influencia del alcohol.

En 2004 se desclasificaron un número importante de documentos vinculados con Kissinger. En ellos de nuevo aparecen los problemas con la bebida. Ese es el caso de la llamada que realiza el primer ministro británico Edward Heath quien quiere hablar con su homólogo estadounidense de la reciente guerra árabe-israelí. Es el 11 de octubre de 1973 y Kissinger le dice a uno de sus asesores que es mejor que Nixon no atienda la llamada porque “está cargado”. Es decir, ha vuelto a recaer en la bebida.