Ciencia

¿Es posible crear un dinopollo?

No es tan loco hacer que un pollo parezca un pequeño velocirraptor, pero lo parece por lo mal que se explica la teoría de la evolución.

Las aves son dinosaurios. No es que vengan de ellos, es que biológicamente se consideran dinosaurios (avianos), descendientes de aquellos saurios primitivos, pero que siguen formando parte del superorden “Dinosauria”. Es más, aunque no lo parezca, sabemos cómo hacer que ese parentesco salga a la luz y transformar un pollo en un ave de aspecto prehistorico, como una mezcla entre velocirraptor y gallina. Es posible que te sientas escéptico, a fin de cuentas, parece haber mucha diferencia entre un petirrojo y un triceratops, pero es una cuestión de apariencias, y ya sabes lo que se suele decir sobre ellas.

Que las apariencias engañan es algo que tenemos bastante claro. Una de esas consignas gravadas a fuego en la cultura popular, pero que aunque parezca mentira, olvidamos con frecuencia. Las apariencias engañan casi siempre, no solo cuando conocemos a alguien o juzgamos un libro por su portada, la misma ciencia es un ejemplo de ello. Durante mucho tiempo los biólogos trataron de clasificar a los animales en función de su aspecto, intuyendo por su semejanza cuales estaban más emparentados y qué otros se distanciaban más en el árbol de la vida. Poco a poco fueron reconstruyendo las ramas que la evolución había trazado hasta nuestros días, pero ocurrían cosas extrañas, había animales que no encajaban con el resto y, sin embargo, ahí estaban. La apariencia externa no era suficiente para organizar a los seres vivos, pero llegó la anatomía comparada, donde el estudio de estas diferencias y semejanzas se hizo sistemático y se extendió al interior, a las vísceras que hay bajo su aspecto externo.

Si fuera por las apariencias creeríamos que el damán del cabo es algún tipo de roedor, como las marmotas o las cobayas, pero la realidad es muy diferente y la conocemos gracias a la genética. Analizando cuánto difería su ADN del de otros roedores descubrieron que no podía ser uno de ellos, daba igual cuánto se pareciera. Sus parientes vivos más cercanos no eran ratones ni castores, eran animales mucho más grandes: afroterios como los manatíes, dugongos y elefantes.

Calidad y cantidad

Pensemos en nosotros mismos, sin ir más lejos. Nuestra apariencia y la de un chimpancé tienen relativamente poco que ver y sin embargo nuestro ADN comparte casi un 99% de la información. Apenas unos cambios han conseguido marcar esa diferencia que tan grande nos parece. ¿Cómo es posible? Una vez más, la apariencia es engañosa. Solemos pensar que cada pequeña alteración en el ADN, cada mínima mutación produce un pequeño cambio. Todos pequeños y progresivos, pero la genética no es tan sencilla. Algunos fragmentos de ADN pueden cambiar todo lo que les plazca que no supondrán ninguna diferencia para el individuo al no guardar información “relevante”. Sin embargo, una ligera mutación en otros puede alterar drásticamente el aspecto o el funcionamiento de su portador.

Cuando muta el gen MSTN, por ejemplo, puede convertir a su portador en un verdadero Hulk. Internet está lleno de fotos de toros, ratones y hasta una perra llamada Wendy que parecen sacados de un cómic de superhéroes. Cuesta pensar que toda esa mole de músculos sea el resultado de un único, minúsculo y aislado error. Grandes cambios externos ante pequeños cambios internos. Es cierto que entre el genoma de un tiranosaurio y el de una codorniz se han acumulado una buena cantidad de cambios. La mayoría son complejos, implicando a multitud de genes a lo largo del ADN, cada uno influyendo ligeramente en otros, pero no otros están prácticamente debajo de la piel de las aves, esperando a que rasquemos un poco para liberarlos. Esa es la idea detrás del sonoro concepto de: dinopollo.

El dinopollo

Imagina un pollo, pero con cola larga, pequeñas garras en lugar de alas, morro en lugar de pico y una ristra de dientes afilados, ¿qué tienes? Un pollo muy raro, es evidente. El animal seguiría siendo un pollo, un dinosaurio aviano, pero sorprendentemente parecido a un dinosaurio no aviano, como una versión en miniatura de esos que protagonizan la saga de Jurassic Park. Pero ¿cómo recuperar todos esos rasgos? El ADN que llevaba la información para construir garras ha desaparecido, ha sido sustituida por la que contiene las instrucciones para formar alas, ¿o no?

Normalmente entendemos las mutaciones como si estuviéramos retocando un texto en el ordenador, borrando una palabra para escribir otra, pero esto es demasiado limpio, demasiado artificial. En realidad, los cambios en el ADN se parecen más a corregir un texto hecho a mano. A veces podemos borrar palabras enteras, otras añadimos una "s" a final de la palabra creando algo diferente a partir de lo que ya había escrito y otras, tachamos con desidia una frase para escribir a continuación una alternativa. En este último caso, aunque la frase ya no debe ser leída, sigue ahí y si nos esforzamos podemos entenderla bajo el tachón, e incluso borrarlo si tenemos cuidado.

Algo parecido pasa en este caso. Algunos de los rasgos primitivos de los dinosaurios más canónicos siguen en el ADN de las aves, solo que están silenciados, no se expresan. Cuando estos rasgos reaparecen en un individuo decimos que presenta un atavismo, porque sí, esto puede pasar en la naturaleza por puro azar, como es el caso de los caballos con dedos o de los hoaotzines (Opisthocomus hoazin), una especie de pájaros del Amazonas que presentan garras en las alas, permitiendo a sus polluelos agarrarse a las ramas cuando pierden pie.

De hecho, hace algunos años se descubrió una mutación que confería a una gallina un completo juego de dientes similares a los de un cocodrilo. Investigando dicha mutación, los científicos han aprendido lo suficiente sobre ella para replicarla y conseguir embriones de pollo en los que puede apreciarse el desarrollo inicial de unos tímidos dientes. Es más, en los últimos años se ha llevado esto a un nuevo nivel, descubriendo cómo inhibir el desarrollo de un pico en embriones de pollo, haciendo que formen un hocico que recuerda al de los caimanes. Parece que la idea del dinopollo no es tan absurda después de todo, y aunque los expertos todavía no saben cómo enfrentarse al problema de la cola, parece que están siguiendo el buen camino con experimentos de lo más sofisticados, como atarles un palo al final de la espalda.

¡Compórtate!

De todos los experimentos relacionados con el dinopollo hay uno que representa a la perfección el espíritu de cómo, pequeños cambios, pueden tener un impacto mayor de lo esperado. La idea se reduce a lo siguiente: tomemos una gallina, atémosle un palo rígido al final de la espalda, como si fuera una cola larga de dinosaurio no aviano. Ya está, eso es todo. Solo queda disfrutar viendo cómo camina. Resulta que toda la biomecánica de la gallina cambia, su cuerpo y su cabeza se extienden hacia delante para compensar el desequilibrio que supone el palo, regulando su centro de gravedad para que coincida sobre las patas. Pero la diferencia más radical es, curiosamente, mucho más sutil.

Cuando las gallinas caminan, apenas mueven el fémur, el primer hueso de las piernas. Lo mantienen fijo y dan zancadas con el resto de la pierna. Sin embargo, el palo puso fin a esa costumbre. Las nuevas y “mejoradas” gallinas extendían toda la pierna hacia delante, exactamente como se supone que hacían sus antepasados. Puede parecer una tontería y de hecho esta investigación gano un premio Ig Nobel (creado como una parodia de los premios Nobel), pero en realidad nos habla de lo fácil que es que algo cambie su comportamiento a partir de unos mínimas diferencias en su físico.

El dinopollo y las mediáticas declaraciones de su mayor defensor, Jack Horner, están muy lejos de convertirse en una realidad, pero nos estamos acercando y para la biología ya no parece algo tan descabellado. Es más, puede que el mayor problema al que se tenga que enfrentar el dinopollo no esté en los laboratorios, sino en la bioética. ¿Hay motivos para crear un ser así? El conocimiento que nos daría en temas de manipulación genética podría ser aplicado al tratamiento de enfermedades en humanos, sería una gran forma de visibilizar la veracidad de la teoría de la evolución y nos ayudaría a conocer mejor a las aves y a sus míticos antepasados, los dinosaurios. La pregunta es ¿debemos hacerlo o existe otro camino? Las cosas, no siempre son lo que parecen.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • El dinopollo todavía es pura especulación, aunque basada en principios genéticos bien conocidos y relativamente plausibles.
  • Ningún embrión de pollo modificado para desarrollar morro o dientes ha llegado a convertirse en un adulto, precisamente por motivos bioéticos y sospechas de que tendrían una menor calidad de vida.

REFERENCIAS: