El mayor estudio sobre el efecto placebo arroja algo de luz sobre una de las grandes incógnitas de la neurociencia

El placebo es mucho más que “sugestión” y este nuevo estudio aclara algunos puntos.

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Cada disciplina científica tiene en su haber una recua de términos verdaderamente inabarcables y sospechosamente hiperespecíficos. La medicina es, posiblemente, una de las que más terminología abarca. Para hacernos una idea, se considera que necesitamos aprender unas 12.000 palabras para hablar un idioma con la fluidez de un nativo. Si consultamos el número de entradas de los diccionarios médicos veremos que tienen más de 120.000 términos, el equivalente a dominar 10 idiomas. Pues bien, a veces alguna de estas palabras se pone de moda y se cuela en el vocabulario popular, y eso mismo ha sucedido con el término “placebo”.

Sabiendo la cantidad de terminología médica que hay, se puede intuir que responderán a definiciones muy estrictas y precisas, por lo que su popularización “de oídas” suele conllevar una deformación más o menos severa de su significado. Técnicamente, el placebo sería una sustancia que, sin poseer necesariamente propiedades químicas relevantes, tiene un efecto que se justifica en las expectativas del paciente. Un placebo no cura, sino que trata síntomas como el dolor, las náuseas, etc. Y en realidad este detalle es lo que trae de cabeza a los investigadores, porque hablar de “sugestión” y “expectativas” no aclara demasiado cómo actúa neurobiológicamente un placebo.

Lo que sí sabemos

Claro que, hay que decir que conocemos poco a cerca del mecanismo no significa que lo desconozcamos todo. Sabemos por ejemplo que todo puede producir efecto placebo y no solo las pastillas de azúcar (por así decirlo). Un ibuprofeno alivia el dolor de cabeza porque inhibe la producción de unas moléculas llamadas COX-1 y COX-2, pero también porque esperamos que nos alivie.

Sabemos también que hay características genéticas que parecen correlacionarse con el grado de intensidad del efecto placebo, una asociación que ya ha sido bautizada como “placeboma”. De hecho, en el aspecto práctico se ha podido llegar a concretar que el efecto placebo depende enormemente de la presentación: el precio y la complejidad del tratamiento, el tamaño y el color de las pastillas, etc.

Con tal nivel de detalle en cuanto a sus efectos, parece sorprendente que desconozcamos tanto sobre la forma en la que actúan. El problema, como de costumbre, suele estar en el ámbito pecuniario.

Cuestión de tamaño

En ciencias de la salud, donde se estudian sistemas tremendamente complejos sobre los que actúan infinidad de causas. Para poder estudiar estos sistemas tenemos que asegurarnos de que lo que estamos midiendo se deba realmente a lo que queremos estudiar y, para eso, una de las técnicas es dividir a nuestros sujetos de estudio en dos grupos idénticos en los que la única diferencia consiste en que uno recibirá el tratamiento y en el otro solo simularemos administrarlo (daremos un placebo). Evidentemente, si lo que se pretende estudiar es el efecto de un placebo, se vuelve muy complejo diseñar qué vamos a administrar en el grupo de control.

No obstante, los problemas no se quedan aquí. Otro de los trucos para controlar la complejidad de causas y efectos de estos sistemas consiste en trabajar con grandes números de sujetos de estudio, para así diluir sus diferencias particulares y poder aislar las causas y consecuencias que interesa estudiar. La necesidad de trabajar con grandes números es tal que hay investigaciones que analizan conjuntamente el resultado de varios estudios para conseguir muestras mayores, son los llamados metaanálisis.

Hacer un metaanálisis sobre cómo afecta el placebo es relativamente sencillo y barato. Más allá del diseño experimental, la toma de datos puede requerir tan solo una encuesta para que el paciente evalúe cómo se siente antes y después de la administración (detalles aparte). Sin embargo, si pretendemos entender los mecanismos cerebrales implicados necesitaremos ver qué estructuras del cerebro se activan, cuándo y cómo lo hacen. Las encuestas ya no nos sirven y deberán ser complementadas con costosísimas pruebas como las resonancias magnéticas funcionales, que permiten ver casi en directo cómo se activan y desactivan las distintas áreas del cerebro.

Teniendo esto en cuenta, no es raro encontrar en ciencias de la salud metaanálisis de miles de pacientes, pero una vez se necesitan técnicas sofisticadas como estas, el coste por individuo estudiado aumenta y los investigadores se ven obligados a estrechar su muestra. Y esta ha sido, precisamente, la clave de uno de los últimos estudios publicados sobre el funcionamiento del efecto placebo.

600

Recientemente, ha sido publicado en Nature un metaanálisis sobre los mecanismos cerebrales que puede haber tras el efecto placebo y, afortunadamente, han conseguido reunir 603 pacientes de 20 estudios diferentes, todos ellos con sus correspondientes imágenes de resonancia magnética funcional. Es (de lejos) el mayor estudio jamás tratando de buscar el mecanismo del efecto placebo.

Concretamente, el estudio se centró en la capacidad analgésica del placebo. A través de las imágenes de resonancia magnética funcional pudo determinarse que una serie de estructuras normalmente implicadas en la percepción del dolor disminuían su actividad, en especial algunas regiones de la ínsula, una estructura de la superficie cerebral que se encuentra replegada en segundo plano tras nuestras sienes.

Otras zonas más profundas del cerebro (como el tálamo, el cíngulo o la habénula) parecían deprimir su actividad a la par que la ínsula, afectando incluso a estructuras relacionadas con la motricidad, como es el caso del área motora suplementaria. Esto último parece apoyar la idea de que el efecto placebo es mucho más complejo que la simple analgesia y que, para entenderlo, posiblemente haya que comprender la red de procesos implicados en su mecanismo de acción.

Alejándose incluso más de las áreas tradicionalmente asociadas con el procesamiento del dolor, el estudio también pudo registrar un aumento de la actividad en varias regiones en la frontera entre el lóbulo frontal (tras nuestra frente) y parietal (por encima y por detrás del frontal). La conclusión reafirma la idea que ya se tenía acerca de la complejidad del efecto placebo. Ahora tenemos más motivos para pensar que, efectivamente, es todo un conjunto de mecanismos, algunos relacionados con el procesamiento del dolor y otros completamente ajenos. Del mismo modo, incluso entre aquellas estructuras implicadas en el dolor parece haber detalles relevantes. De forma simplificada, podríamos decir que la experiencia del dolor va mucho más allá de la información de sentir o no sentir dolor. Sabemos bien, por ejemplo, que podemos ser conscientes de que nos duele algo sin experimentar la parte desagradable del dolor y viceversa. Esa es la maraña de conceptos y procesos interrelacionados en la que hemos de atravesar para encontrar respuestas, y este estudio es, sin duda, un gran paso en la dirección correcta.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • A pesar de que durante este artículo se ha presentado la búsqueda de los fundamentos del efecto placebo centrándose en los mecanismos cerebrales implicados, en ningún caso se plantea que sean por sí solos suficientes para explicar el efecto en su totalidad. Como se indica en el cuerpo del artículo, el ser humano está sometido a un enjambre de estímulos, tanto de su entorno como desde su interior y el efecto placebo también ha de ser estudiado y explicado (no solo descrito) mediante disciplinas como la psicología o la bioquímica.
  • Si somos estrictos, el mecanismo último del efecto placebo sigue ignoto, y aunque este estudio se acerca a él, lo hace a través de procesos indirectos que, si bien no nos permiten entender en profundidad las “reglas” que hay tras el efecto placebo, nos acerca a comprenderlas.

REFERENCIAS (MLA):