Amenaza

Luces y sombras del gran apagón: Todo lo que tienes que saber

Rubén Lijó, Ingeniero Eléctrico, explica por qué el gran apagón, si bien es posible, no es demasiado probable

Vela brillando en la oscuridad
Vela (Pixabay)PixabayCreative Commons

Miedo. Es lo que vende, porque es lo que nosotros decidimos comprar. Lo apocalíptico está de moda, tanto en las ficciones que alimentan a Hollywood como en aquellas de las que se nutren los medios. El famoso clickbait es fácil cuando decidimos apelar a nuestro instinto de supervivencia. Creer que podemos estar en riesgo es aterrador y, no importa lo poco probable que sea ese peligro, son muchos quienes solo necesitan que sea remotamente posible.

La pandemia nos debería haber enseñado a ser cautos y no tomar cualquier cosa como si fuera una exageración, pero, a su vez, era de esperar que hubiera despertado en nosotros el pensamiento crítico, una duda metódica que nos alejara de bulos y noticias falsas.

Asteroides, tormentas solares y otras catástrofes naturales que nos amenazan desde la tinta de los periódicos, las ondas de la radio y los píxeles del televisor, pero que, en el mundo real, nunca cumplen sus amenazas. Ahora le ha tocado el turno a un nuevo apocalipsis: el gran apagón. Y la pregunta está en aire ¿acaso hemos de preocuparnos? ¿O es tan solo una película más?

Se habla de él por doquier. Un supuesto apagón de proporciones nacionales o incluso internacionales que podría dejarnos sin luz durante semanas. Eso dicen en las noticias más extremas. Y, por supuesto, no podemos resistirnos a enumerar todo lo que ello implicaría.

Más allá de privarnos de Netflix y Whatsapp, un apagón de estas características haría imposibles una gran cantidad de trabajos, colapsaría la banca electrónica, se terminarían apagando los dispositivos que mantienen con vida a algunos pacientes, etc. En resumen, se paralizaría todo y, sumidos en la oscuridad, las ciudades podrían volverse más peligrosas tras caer el Sol. ¿Qué pérdidas económicas y cuántas vidas podría costarnos estar una o dos semanas sin electricidad? Bajo estas amenazas, es normal preocuparse, pero la realidad es mucho menos aterradora.

El origen del miedo

Para comprender realmente el problema, debemos rastrear las noticias hasta su origen. Si lo hacemos correctamente, nos daremos de bruces con un nombre Klaudia Tanner, la ministra de defensa de Austria. Y ahí se pierde el rastro, no parece haber nada antes de ella, solo su palabra.

La noticia nació el 6 de octubre, al comenzar Tanner una campaña a través del Canal de YouTube de las Fuerzas Armadas. No había argumentos, tan solo la amenaza de un gran apagón, pendiendo sobre la cabeza de sus ciudadanos. ¿Por qué han mostrado repentinamente tanto interés en este “peligro”? ¿Acaso hay información nueva y crucial que no tuviéramos antes?

En palabras del ingeniero eléctrico Rubén Lijó, especialista en sistemas eléctricos de potencia y divulgador en Sígueme la Corriente, “no ha cambiado nada, simplemente han decidido prepararse para un evento altamente improbable y los medios de comunicación han cebado la bola del miedo”.

Y aquí es importante desglosar los motivos que hay tras la elección de la palabra “improbable”, porque no sería la primera vez que lo improbable decide hacer una excepción y presentarse poniendo a nuestra civilización “patas arriba”. Hay eventos improbables porque simplemente ocurren poco, como que toque la lotería.

Sin embargo, si jugamos el tiempo suficiente (sean los miles de años que sean) se vuelve muy probable que termine pasando. Frente a esto, hay otros hechos también improbables pero que rozan lo imposible, ya no porque sean tremendamente poco frecuentes, sino porque a eso se suma que contamos con buenísimas formas de prevenirlos. Y eso es lo que ocurre en esta ocasión, pero para comprenderlo, conviene entender cómo funciona nuestra red eléctrica y, sobre todo, por qué deja de funcionar.

La clave de todo

La palabra más importante en este punto del artículo es “frecuencia” y para que nuestra red eléctrica funcione, esta ha de ser 50 hercios (60 para países de influencia estadounidense). Esto significa que, esa corriente que recorre la red, si la representáramos como una onda con subidas y bajadas (como las olas del mar), ondularía unas 50 veces por segundo, esto es, 50 crestas y 50 valles pasarían ante nosotros en ese tiempo.

El problema, llega cuando se pierde el equilibrio entre la energía que consumismos y la que producimos. “Para que la frecuencia sea constante, la suma de todos los consumos de electricidad debe ser (en cada instante) igual a todo lo que se genera en ese momento”, nos indica Lijó. En esos casos, añade, “cualquier perturbación de suficiente magnitud que ocasione una variación de frecuencia tan grande e incontrolable que no se pueda mitigar podría producir el colapso del sistema eléctrico”.

Cuando hablamos de estos desequilibrios entre generación y consumo hablamos, en realidad, de cortocircuitos, paradas por mantenimiento, pérdidas de generación por el motivo que sea, etc. Eventos que, en realidad, son bastante frecuentes, pero no solemos percibir.

Para Rubén Lijó, estas son buenas noticias, porque demuestra que estamos preparados para controlar estos imponderables gracias a que “los sistemas eléctricos están planificados con cierto mallado, que proporciona caminos redundantes para el flujo de la energía y, además, los sistemas de protección y control garantizan que, en caso de haber una avería, ésta se pueda aislar correctamente y no se propague por la red.” Por eso, cuando hay un apagón, no tiene lugar un efecto dominó de proporciones nacionales, sino que suele ser local.

Es más, Lijó insiste: “disponemos de un mix energético que no depende únicamente de uno o dos puntos de generación, sino que se compone de multitud de centrales dispuestas en regiones diferentes y basadas en una amplia diversidad de tecnologías”. Dicho de otro modo, si una falla, otra puede intentar suplirla. Y, por si estas medidas fueran pocas, hemos de tener en cuenta que contamos con interconexiones entre nuestra red y las de los países vecinos.

La ventaja de esta colaboración internacional, en palabras de Lijó, es que “generamos una red más grande y robusta que nunca implicaría un perjuicio, porque en caso de recibir perturbaciones del país vecino, bastaría con desconectar los enlaces o disponer de sistemas de compensación en la frontera que ayuden a compensar esas fluctuaciones”. Y, sin embargo, la realidad es que haber, hay apagones, aunque de mucha menor escala al que pronostica la ministra de defensa austríaca. ¿Cuál es la diferencia, entonces? Mayormente, la infraestructura y la geografía.

¿Dónde podemos esperar más apagones?

Es posible que, leyendo todo esto hayas pensado en eventos como los apagones de Venezuela, Argentina o Uruguay que tuvieron lugar en 2019. Si bien no fueron apagones nacionales, afectaron a buena parte del suministro de cada uno de esos países. En este caso, el problema fue de la infraestructura.

Como hemos comentado, las redes eléctricas más frágiles, con menor mallado, menos interconexiones y menor diversidad de tecnologías de generación tendrán más probabilidad de sufrir fluctuaciones severas en la frecuencia a causa de perturbaciones”, recuerda Lijó, “estos casos se debieron a una falta de inversión en mantenimiento y crecimiento de su red de transporte eléctrico, que ocasionó fragilidad ante las perturbaciones concretas que sufrieron”. Por suerte, esa no es la situación de España.

En todo caso, deberíamos preocuparnos de un aspecto diferente: la geografía. “Los sistemas eléctricos insulares son pequeños y están aislados” apunta Lijó, “esto ocasiona que sus redes no tengan un correcto mallado, no tienen interconexiones con otras zonas que les den soporte, y además dependen de uno o dos puntos de generación muy localizados.

Y, sin embargo, cabe destacar que “aun teniendo todos los ingredientes para ser más frágiles, es muy poco frecuente que ocurran cortes de suministro en las islas”. No podemos perder de vista que “la red eléctrica europea es, además, la más robusta del mundo actualmente por cómo ha sido planificada, lo que se invierte en su mantenimiento y modernización, y por las numerosas interconexiones entre sus distintos países”.

De hecho, Red Eléctrica de España se muestra rotunda confirmando que no se espera ningún gran apagón. A tenor de lo cual, Lijó insiste en que “tenemos una capacidad de generación muy superior a las necesidades, con una cobertura de más del doble de cualquier pico de demanda que se haya producido en la historia de nuestro país; y si algún punto de la red europea sufriese un apagón que se propagara hasta España, Red Eléctrica tiene la capacidad de restaurar el servicio en cuestión de pocas horas”.

La conclusión

Rubén Lijó es rotundo con sus conclusiones: “La probabilidad nunca podrá ser nula, pero no hay motivo para pensar que vaya a haber una perturbación lo suficientemente importante como para producir una desviación de frecuencia tan elevada e imposible de frenar en la frontera que, además, sea capaz de inactivar los sistemas de protección.”

Con todo esto, hay dos puntos de la amenaza apocalíptica que se caen por su propio peso. Por un lado, la duración, que como vemos no se espera que dure ni siquiera una semana. Por otro lado, la extensión, que estaría acotada a áreas concretas, y no a un país entero. “Un ejemplo de la robustez de nuestra red lo tenemos en Filomena”, apunta Lijó. “Con ella demostramos que la red eléctrica española no vio en ningún momento amenazada su operación y en todo momento fuimos capaces de garantizar el suministro eléctrico”.

De hecho, esta naturaleza de la red eléctrica europea, y concretamente de la española, ayudan también a comprender las diferencias entre el gran apagón vaticinado en todo el mundo y los que se están viviendo en China. El gigante asiático ha experimentado un aumento de su demanda eléctrica, en parte por el desbocado crecimiento industrial que ha tenido durante décadas y en parte por el aumento de producción reactivo al crecimiento de la demanda que estamos viviendo ahora que empezamos a salir de la pandemia.

Como hemos visto, un aumento exagerado de la demanda, si no se acompaña con un aumento igual de la producción, puede llevar a que se altere la frecuencia de la red eléctrica y, por lo tanto, a que se desencadene un apagón. “A esto se suma la escasez de carbón, del que su sistema eléctrico es altamente dependiente”, no pueden aumentar lo suficiente la producción para hacer frente al crecimiento de la demanda. A lo cual, Lijó añade que “la escasez también ha hecho que los precios se disparen muchísimo y la política china de mantener bajo el precio de la energía, hace que la consecuencia directa sean los cortes de suministro”.

En una sola frase, Rubén Lijó nos resume todo el problema, y es que “las cosas por el simple hecho de funcionar tienen el riesgo de dejar de funcionar”. Es un riesgo menor que siempre ha estado ahí y para el que llevamos tiempo preparándonos. Por supuesto, conviene conocerlo, por remoto que sea. Hay que seguir invirtiendo en la red eléctrica, y no solo en mantenimiento. Sin embargo, no parece que el gran apagón sea, ni de lejos, el mayor peligro al que nos enfrentamos ahora mismo como especie.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Al margen de esto, se ha despertado una preocupación algo más realista por las existencias de gas. El suministro podría estar en riesgo por culpa de los inconstantes precios. No obstante, no agotaremos nuestras reservas de un día para otro, ni siquiera en las peores condiciones imaginables para el mercado. Contamos con tiempo para planificar cómo gestionar el problema, ya que contamos con suficientes reservas como para asegurar un mes entero de generación. Otro posible problema sería la llegada de una tormenta solar, pero no se espera ninguna suficientemente intensa. Sin embargo, tampoco conocemos con certeza el impacto que tendría en nosotros, porque la famosa tormenta solar del evento Carrington de 1859 ocurrió en un momento donde, por un lado, éramos mucho menos dependientes de la tecnología eléctrica, pero por otro lado, la red estaba menos preparada para afrontar estos problemas.

REFERENCIAS (MLA):

  • Glover, J. Duncan et al. Power System Analysis And Design. Thomson, 2008.