Sociedad

Cerebro

¿Podemos vivir sin cerebro? Sorprendentemente sí

Hay animales que viven perfectamente sin cerebro y personas que, aunque parezca mentira, también

Radiografía de un cráneo en proyección sagital (de lado)
Radiografía de un cráneo en proyección sagital (de lado) Hellerhoff Creative Commons

No siempre lo tuvimos tan claro, pero en el presente, sabemos bien que el cerebro es el órgano con el que pensamos, memorizamos y sentimos. Sabemos que, de su relación con nuestro cuerpo y con el entorno, emerge lo que históricamente hemos llamado mente. En definitiva, entendemos su importancia y, precisamente por eso, usamos insultos como “descerebrado” o decimos cosas como “no tiene nada en la sesera” o, “se le ha secado el cerebro”. Sin embargo, por importante e interesante que sea el cerebro, no podemos dejar que nos confunda, porque es posible vivir sin él. No todos los animales necesitan un cerebro y, ya puestos, tal vez tú tampoco.

Antes que nada, conviene aclarar qué es un cerebro, porque si descuidamos las definiciones nos encontraremos con comentarios desafortunados, como ese tan recurrente que identifica nuestro intestino como un segundo cerebro solo por tener una gran cantidad de neuronas y liberar sustancias capaces de activarlas. Para que nos entendamos: un cerebro es un grupo de células nerviosas (neuronas) muy interconectadas entre sí, de tal modo que puedan procesar información y no solo transmitirla de un lado para otro. Sería la diferencia entre tener muchos cables en paralelo, o un circuito como el de la placa base de un ordenador. Y ahora sí, hablemos de seres descerebrados.

Cuatro cables bien puestos

Si queremos un ejemplo de formas de vida sin cerebro lo más sencillo es hablar de plantas, hongos, algas, bacterias, etc. No obstante, hay ejemplos mucho más interesantes, porque, aunque no hubiéramos caído en esas formas de vida, todos sabemos (o al menos intuimos) que cerebro, lo que es un cerebro propiamente dicho, no tienen. Simplemente responden a estímulos de forma directa, como si fueran reflejos.

Sin embargo, como íbamos diciendo: hay ejemplos más interesantes, como es, por ejemplo, el caso de las medusas. Estas, en lugar de tener una agrupación de células nerviosas muy interconectadas entre sí, las tienen distribuidas formando un anillo en torno a su umbrela, que así se llama el “capirote” gelatinoso que contraen y distienden para desplazarse. Con eso son capaces de sincronizar la contracción de sus células para generar una ráfaga con la que propulsarse, como si coordinaran una ola en un estadio lleno de gente. Es más, si somos estrictos con la definición de cerebro, encontraremos que algunos textos excluyen las estructuras nerviosas de los insectos (y artrópodos en general) y, en lugar de cerebros, debido al tamaño y complejidad de estos, los presentan como ganglios. Los insectos carecerían de cerebro como tal y, sin embargo, sus tejidos nerviosos son capaces incluso de aprender procesos básicos.

Un brillante descerebrado

Ahora bien, hemos prometido hablar de personas funcionales que carecen de cerebro y eso haremos, pero antes, es necesario aclarar que, en este caso, no nos referimos a una ausencia total de cerebro, sino a una reducción notable del mismo. Y, por si acaso, antes de que decrezca el interés, adelantaremos que el protagonista de esta historia, era un estudiante brillante de matemáticas con un cerebro de apenas un milímetro de espesor: un descerebrado en más neutro de los sentidos.

El cerebro es una de las varias estructuras nerviosas que hay en nuestro cráneo y, en su interior, hay cavidades que producen el líquido cefalorraquídeo, en el que flotan el cerebro, el cerebelo, el tronco del encéfalo y la médula espinal, protegiéndolos. Sin embargo, a veces la producción de líquido crece o su circulación se interrumpe, aumentando el tamaño de esas cavidades (ventrículos cerebrales) e inflando al cerebro como si fuera un globo. En los bebés, cuyos huesos del cráneo todavía no están unidos, esto produce un aumento del tamaño de la cabeza, pero en casos más entrados en años, como el estudiante del que hablábamos, el aumento craneal era mínimo y hubo que hacerle una resonancia magnética para comprobar que su cerebro había adelgazado bajo la presión interna de los ventrículos, haciendo que estos lo aprisionaran contra las paredes del cráneo hasta dejarlo como una hoja de poco más de un milímetro.

Todavía no sabemos bien cómo es posible que fuera, no solo funcional, sino brillante en algunos aspectos de su vida. No obstante, se sospecha que puede tener que ver con dos aspectos. Por un lado, que el cerebro es algo redundante, por lo que suele almacenar la información varias veces por separado para evitar problemas y que, por lo tanto, puede tolerar pérdidas importantes, como estas, si se dan en las condiciones adecuadas. Por otro lado, la plasticidad del cerebro, esto es: su capacidad para “recablearse” y redistribuir funciones perdidas en estructuras que sí conserva habría permitido al joven estudiante compensar toda la masa cerebral perdida. En cualquier caso, nos hace pensar sobre cómo de importante es realmente el cerebro y su extraña naturaleza.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Cuando hablamos de las plantas, por ejemplo, hemos de entender que sí tiene una cierta capacidad de adaptación, pero parece instintiva, sin posibilidad de aprendizaje. Si hay luz, las plantas crecen hacia ella. Esos tropismos (cuando se acercan o alejan en función de si son positivos o negativos), o las nastias (movimientos pasajeros como los de abrir las flores a la luz o cerrar las hojas al contacto) resumen bastante bien cómo sobreviven las plantas sin necesidad de un cerebro que construya reacciones específicas para cada escenario en el que se encuentre.

REFERENCIAS (MLA):