¿Por qué los chinos se fiaron de un alunicero español para desvalijar el castillo de Fontainebleau?

Juan María Gordillo, más conocido en la marginalidad como «El Niño Juan» debido a su tamaño, no a su juventud, es un entendido sin paliativos en su campo

España es un país que nunca se ha sabido valorar con suficiente equidad y justicia. Aquí no tenemos un Silicon Valley ni necesitamos la tecnología 5G para abrirnos paso hacia el futuro y crear empleos. Esta es una nación prometedora, con jóvenes que valen mucho, hecha de grandes emprendedores, aunque no suficientemente estimados, que ha sabido crear negocios lucrativos y abrir paso a una industria propia, casi imposible de imitar por foráneos. El mejor trabajo es aquel que nadie puede imitar y de la piel de toro han salido profesiones que solo nosotros podemos desarrollar con la necesaria eficiencia y profesionalidad, como es el oficio de trilero, toquero (del timo del tocomocho), carterista, pastelelo (vender joyas falsas) o alunicero. Carreras que jamás se han admirado ni contemplado como merecen y que nos han dado renombre internacional. De hecho, este talento patrio ha hecho que organizaciones profesionales de gran renombre acudan al personal especializado en estos servicios para resolver asuntos que no son pequeños ni tampoco baladíes. Al revés, dichos técnicos despiertan la envidia en el resto de Europa y nos ponen en el punto de mira de todos los demás que, sin duda, pensarán: «Qué bárbaros, son unos linces estos chicos». La mafia china, que es una de las instituciones ilegales más relevantes y añejas del planeta, ha recurrido nada menos que a la habilidad de uno de los expertos con mayor reconocimiento en el arte de empotrar coches contra los escaparates, para lo que se requiere decisión, manos fuertes y sangre fría, exactamente igual que los despellejadores de conejos.

Juan María Gordillo, más conocido en la marginalidad como «El Niño Juan» debido a su tamaño, no a su juventud, es un entendido sin paliativos en su campo. Alguien que ha sabido labrarse un camino como hacen los hombres de verdad: a pecho descubierto y por sí mismos, como los pioneros norteamericanos. Hay que congratularse, y no mortificarse, de que los chinos, que son gente con enorme solera en dar gato por liebre y la falsificación, no hayan logrado imitar el «modus operandi» de este perito (como sí hacen con los bolsos y los móviles), y hayan recurrido a él para dar un palo en toda regla en el castillo de Fontainebleau, Francia, que acumula tesoros orientales que se remontan a la época de Eugenia de Montijo, mujer de Napoleón III. Juan María Gordillo Plaza, natural de orcasitas y con 33 tacos sobre las espaldas que no deben ser moco de pavo, había patentado su habilidad y se especializó en «golpes por encargo». A la vista de los hechos, este trabajador de lo ilícito y lo prohibido había iniciado el sendero de los triunfadores, tipo el Lobo de Wall Street. Pero cuando se disponía a dar el pelotazo y convertirse en una leyenda y alzarse como el Steve Jobs del agarre, todo se fue al garete. Justo después de la última reunión con sus «Ocean’s Eleven» para el asalto, le esperaba, como en la canción de Sabina, «mucha, mucha policía».