Gamberros contra chicos buenos

La Academia tendrá que decidir si se decanta por las películas convencionales o por las políticamente incorrectas

¿Se podrá volver a rodar una película sobre el Hombre Murciélago como se ha hecho hasta hoy sin contar con la existencia de esta película?Niko TaverniseAP | AP

Los Oscar de estos últimos años presentan una batalla que va más allá de la ambición lógica de sumar estatuillas. Entre los filmes que han sido nominados existe una raya clara que divide, o clasifica, como se prefiera, a los filmes en dos tipos muy diferentes. A un lado están aquellas producciones que, sin que esto merme su calidad, presentan más ideas que se mantienen dentro de lo políticamente correcto y no aportan propuestas que pillen al espectador con la guardia baja. Entre ellas figurarían cintas como «1917», de Sam Mendes, que, más allá del virtuosismo que implica su plano secuencia, no da una visión especialmente rompedora de la guerra (como en su momento supusieron «Senderos de gloria», de Stanley Kubrick, «Platton», de Oliver Stone, o «Salvar al soldado Ryan», de Steven Spielberg). En esa línea hay una serie de títulos, algunos de ellos excelentes como «El irlandés», de Martin Scorsese, que relata el asesinato de Jimmy Hoffa, y el remake de «Mujercitas», de Greta Gerwig. Pero también están ahí la «Historia de un matrimonio», de Noah Baumbach, «Le Mans 66», de James Mangold, o «El escándalo», con un repertorio de grandes actrices (Nicole Kidman y Charlize Theron) para contar el escándalo sexual de Fox News.

Al otro lado de esa raya están los más gamberros de clase, los transgresores que cada año nos animan con sus atrevimientos, esos rebeldes que no respetan las convenciones y hacen y cuentan lo que quieren pasándose todo por la bisectriz. La primera, evidentemente, es el intrigante y original enfoque que se ha imprimido a a una de las revelaciones, «Joker», la némesis de Batman –¿se podrá volver a rodar una película sobre el Hombre Murciélago como se ha hecho hasta hoy sin contar con la existencia de esta película?–.

Después de la resaca

Todd Philips, que venía de varios «resacones» seguidos muy sonados, ha rubricado un trabajo imprevisto que, en partes, recuerda a «V de Vendetta». Pero sus presupuestos han escandalizado a más de uno. Es una película tan ambigua en determinados momentos que unos la han tildado de populista y demagógica, y otros de conservadora. Cuando las opiniones están tan polarizadas es que hay debate de fondo. Es una reflexión, a través de otra época, de la nuestra. Ahí están los recortes presupuestarios, las desigualdades sociales, el desprecio de los ricos hacia los pobres, la necesidad o no de rebelarse contra los poderes y acabar con el sistema. Y lo hace a través de un payaso, de un loco que ríe cuando quiere llorar (aunque existen diversos tipos de risa). El metraje apunta una pregunta inquietante: «¿Hay que matar a los millonarios?».

Los adinerados no salen bien parados de este título. Igual que los hippies tampoco quedan demasiado bien en «Érase una vez... Hollywood», de Quentin Tarantino. Más allá del ajuste de cuentas del realizador con el asesinato de Sharon Tate (ya lo había hecho en «Malditos bastardos» y «Django», así que en este aspecto no hay nada nuevo bajo el sol), el director ha rodado una «buddy movie» en los tiempos del #MeToo. Ahí están dos colegas festejando su amistad durante dos horas y algo de metraje. Entre medias, fuman (sin cortarse un pelo), beben, se ríen de las hippies y se cargan a unos cuantos de ellos (a uno empotrándole una lata de comida de perros en la cara). En una división distinta milita «Jojo Rabbit», una historia de nazis donde el amigo imaginario de un niño es Hitler. Aunque el tema ya no ha traído detrás el escándalo y los debates encarnizados de aquel drama de Roberto Benigni, «La vida es bella», que se llevó la estatuilla para las producciones en lengua extranjera.

Humor, terror y violencia

Pero la que ha dado la campanada es «Parásitos», de Bong Joon-ho. El coreano, que ya había sorprendido con sus anteriores títulos –«Memorias de un asesino», «Snowpiercer» y «Okja», una crítica a la industria alimentaria bastante impactante–, ha conseguido su mejor obra: humor, terror, violencia. Ha metido en la coctelera ingredientes variados y le ha salido un combinado perfecto (a otros, el tiro les habría sido mal). Y todo para hablar de lo que es una familia, de las diferencias de clase y las desigualdades sociales (una de sus repetidas preocupaciones en sus anteriores trabajos), la influencia de la cultura norteamericana en Asia, la amoralidad cada vez más extendida en la población, las necesidades de los desfavorecidos y algunos asuntos más que se podrían sumar a los anteriores. Es uno de esos momentos en que la Academia tendrá que decidir no solo entre las mejores películas, sino, también, por qué se decantará esta vez: por los chicos buenos que sacan notas en clase o por los que se atreven a cuestionar al profesor. El duelo está servido.