La sangre fresca de Ana Mendieta

La galería madrileña Nogueras Blanchard expone, tras más de veinte años sin exhibirse en España, un conjunto de piezas de la artista, muerta en extrañas circunstancias en 1985 y cuya obra hoy posee una inusitada vigencia y actualidad

La vida de Ana Mendieta no fue un camino fácil. No debió haber muerto tan precozmente, tan de repente. Un sinsentido, una interrogación enorme que abarca desde mediados de los ochenta hasta hoy. ¿Cómo falleció? ¿Qué pasó realmente aquel día de septiembre de 1985 en el apartamento que ocupaba con su esposo, el también artista Carl André, en Nueva York? ¿Por qué su cuerpo cayó al vacío desde un piso 34?

Dicen que el sonido fue seco. Sordo. Él llamó a la Policía. La habitación del matrimonio, que se había casado hacía un par de meses, estaba bastante revuelta. El esposo, que le sacaba bastantes años, tenía arañazos en la cara y en el antebrazo. Les había presentado tiempo atrás, no mucho, Nancy Spero. Bebían sin mirar el vaso. Esa noche los vecinos contaron que se oyeron gritos en el piso. Las voces altas que apuntaban una pelea. Las súplicas de una voz femenina que negó tres veces, como Pedro. Y una caída terrible y fatal.

André estuvo en prisión. No le juzgó un jurado popular. Y salió de la cárcel con un veredicto de inocencia por falta de pruebas, pero con una marca imposible de borrar de por vida. Han pasado más de treinta años y los fantasmas sigue deambulando. No llevan cadenas pero se les escucha.

Tras la anterior exposición de Mendieta en Madrid, hace más de veinte años, la galería Nogueras Blanchard le dedica su espacio y la coloca, aunque nunca se nos haya ido, en el punto de mira. Wilfredo Prieto es el comisario. Descubrió el arte de la cubana, que pronto marchó a Estados Unidos (fue uno de los miles de niños que salieron de la isla rumbo a Norteamérica dentro de la «Operación Peter Pan» para aterrizar en Iowa y sentir, tan lejos de su hermana, de su familia, de su sangre, las miradas de odio por su color tostado de piel), cuando se adentró en su obra de la Cueva de Jaruco, en Cuba. El suyo es un rescate y un redescubrimiento.

La galería le ha servido «como un espacio de experimentación». Su relación con la obra de ella viene de largo, desde 1997, y devolverla a la vida es «un pretexto para regresar a su trabajo. Es una exposición muy íntima, a escala muy privada», comenta. Dice que su obra ha sido malinterpretada «por esa tendencia que existe a etiquetar un tipo de trabajo y el de Mendieta trasciende tanto su época como determinados movimientos. Su obra está basada en la experiencia personal. Es hoy tremendamente actual, tanto que excede el contexto histórico en que fue creada».

Lejos del «mainstream»

Explica Prieto que en los 80, cuando el arte miraba sin remilgos a los centros que nacían como setas en esa imparable explosión de arte contemporáneo que se produjo «ella se decantó por la búsqueda inversa y se apartó del ‘‘mainstream’’ occidental», tan ruidoso. «Todos debemos volver a ella», deja escapar invitándonos a visitar la galería. Mendieta es sinónimo de trabajo delicado e insinuado, y también de sangre, que se deslizó por su cuerpo en varias performances únicas, como «Death of a chiken» (1972) en que se colocó a una gallina cerca del pubis mientras el ave se desangraba, o esa otra, tremenda, sobre la violación de una compañera de universidad, «Rape Scene» (1973), en la que el líquido rojo se precipitaba también por su cuerpo hasta formar un charco incómodo.

¿Pudo su muerte agigantar su leyenda? El comisario gira entonces los ojos a los medios, al ruido mediático, a los titulares con morbo que tantas veces salpican las páginas de los periódicos: «Era una creadora muy madura. Lo que ha sucedido con ella no ha sido justo. No se ha hecho justicia al universo simbólico de su obra».

No quiere ni oír hablar de su final porque su obra vive y está viva: «Es de una vigencia tremenda. Siento como una necesidad de volver a ella. La suya fue una mirada introspectiva». Fue por libre y no frecuentó movimiento alguno, aunque se tratara de asociar su amor por la naturaleza con el «land art» al que sí estuvo adscrito su esposo, el fiero escultor Carl André, nacido en 1935 y aún vivo, ese hombre que para siempre llevará el estigma de la duda de si tiró a Mendieta por el balcón y al que no hay exposición que no se le proteste y se cuestione con gritos y pancartas.

Lápiz negro y rojo
La mayoría de las obras que ahora se muestran son dibujos que antes no se habían visto. Son caligrafías a veces etéreas, en lápiz o en color rojo. Hay una hoja bellísima. Y postales enmarcadas en una vitrina enviadas a su familia (precisamente una de ellas es la que da nombre a la exposición, «Tropic Ana». Aquel día de su muerte absurda Mendieta se hizo añicos pero su obra, que podía haber sido inmensa y sobre la que se cernían precipitaciones sociales, pulsiones políticas, asuntos medioambientales y reivindicaciones feministas, sigue intacta. Respetada y celebrada.