Juana la Loca, 46 años entre cuatro paredes

La madre de Carlos V y reina de Castilla permaneció encerrada en un palacio de Tordesillas debido a su salud mental y apenas tuvo visitas durante ese tiempo

Juana la Loca sobrevive entre la fantasía popular y la literatura. El romanticismo nos ha legado una imagen de reina cuerda enloquecida por el amor de su marido, Felipe el Hermoso, que no es demasiado fiel ni exacta, pero que todavía pervive en la memoria colectiva. Desde entonces su figura sobrevive arraigada entre la historia y el folclore. Lo que no niega la leyenda, pero corroboran las crónicas de la época, es su reclusión en un palacio de Tordesillas, anejo al convento de Santa Clara, entre 1509 y 1555. En estos tiempos de confinamiento por la propagación del coronavirus quizá consuela algo tener en cuenta que ella estuvo sin salir de aquellos aposentos, en algunos casos privados de luz y, desde luego, sin las comodidades con las que contamos todos hoy, durante 46 años. Aunque disponía de la ayuda y el auxilio de sus damas de compañía y el servicio que correspondía a cualquier soberana, la permanencia en esa «jaula de oro» resultó dura, desoladora y amarga. Tenía prohibido salir a la calle y su encierro estuvo presidido por la estrecha vigilancia de sus «carceleros», los hombres designados para cuidarla. Los desequilibrios que padecía Juana de Castilla contaban con antecedentes. Su abuela, que arrastraba males semejantes a los de ella, también sufrió por esta misma razón un largo cautiverio en el castillo de Arévalo entre 1454 y 1496, que tampoco es poco tiempo. Los que defienden la imagen de una conjura para apartarla del poder por su condición femenina deben tener en cuenta algunos detalles. Su madre había sido Isabel la Católica y su hijo, Carlos V, depositaria en reiteradas ocasiones de su poder y su confianza en las mujeres de su familia durante sus traslados o ausencias. El motivo que condujo a Juana de Castilla no provenía de las reticencias a que una mujer heredara el trono ni tampoco a una conjura de Fernando el Católico o Carlos I de España, aunque los beneficiase a ambos. La razón que suscitó ese enclaustramiento provenía de los desvaríos que brotaban regularmente en su conducta a lo largo de su vida y que causaron la alarma en su familia y allegados. Pero si es probable que hubiera una carga genética que condicionaría su comportamiento, también es verdad que Juana no tuvo la mejor de las vidas. Es como si el destino hubiera cuadrado en ella los peores presagios para que su existencia resultara lo más dura y dramática posible.

un marido desafortunado

Uno de los factores que alentarían los trastornos que posteriormente se harían más visibles fue el alejamiento familiar. En 1496, con dieciséis años de edad, partió hacia Flandes. Un viaje desafortunado que la introdujo en una corte extranjera, donde, más que bien recibida y acogida, se sentiría más sola y aumentaría en ella la nostalgia y la tristeza, que jamás han sido buenas ayudas de cámara para sobrellevar males de raíz psicológica. Su desconocimiento del idioma, junto a unos consortes que no le facilitaron su integración en ese ambiente de oropeles y banquetes borgoñones de los Países Bajos, tan lejanos de los espartanos hábitos castellanos, incrementarían su aislamiento. El propósito de su desplazamiento era contraer matrimonio con un joven heredero, Felipe el Hermoso. Un apelativo ceñido exclusivamente a lo físico, porque todo lo demás que había en él era bastante feo, si atendemos al relato de sus semblanzas. Un hombre infiel, de comportamiento interesado, carácter caprichoso, actitud voluble y, por lo que puede deducirse, regalado de sí mismo. Lo cierto es que no cuesta demasiado imaginárselo delante de un espejo sonriéndose a sí mismo. Semejante ángel resultó ser un maltratador de los pies a la cabeza. Un «torturador psicológico», como lo define el historiador Alfredo Alvar en «Isabel la Católica, una reina vencedora, una mujer derrotada». Su comienzo auguraba la senda por la que avanzaría su matrimonio: cuando Juana llegó a su destino no le esperaba su consorte. Andaba por el Tirol, en sus cosas. Tuvo que aguardar un mes para conocerlo. Una peculiar manera de halagar a una mujer. Sus apasionamientos iniciales han dado pie a crear una novelería rosa alrededor de la pareja. Pero no son más que cuentos. Si seguimos la pauta del historiador Manuel Fernández Álvarez aquel hipotético ardor no era más que la desesperación de una mujer que se aferra a su esposo para refugiarse del entorno. Lo que sucede es que su marido, aparte de ser una buena pieza, tenía cierta propensión a visitar lechos ajenos, lo que alentó disputas y peleas entre ellos. Para Felipe, su mujer comenzó a ser «Juana la terrible». Los celos, el abandono, los engaños mellaron la salud mental de quien solo era una joven de 18 años. Un fraile, Tomás de Matienzo, dará relación exacta de la salud de la muchacha cuando acudió a Bruselas, una ciudad que le dispensó un recibimiento no distante, sino frío, lo que hace pensar que existen costumbres que no varían demasiado en la política. Él sería quien consignaría un signo inquietante en Juana y que ella mantendría a lo largo de su vida: una escandalosa indiferencia hacia los asuntos religiosos, que en aquellos siglos suponía rozar la blasfemia. En una carta, Tomás de Matienzo afirmaría: «Díxome que antes lo tenía (el ánimo) tan flaco y tan abatido que nunca vez se le acodaba cuán lexos estaba de V. A que no se hartase de llorar en verse apartada de V. A. para siempre».

Engendrar herederos

Sus depresiones alternaron con la capacidad de Juana de traer descendencia, que eso sí estaba valorado en la época: la de engendrar herederos. Los primeros capítulos claros de la dependencia sentimental de Juana se revelaron durante el viaje de ella y Felipe el Hermoso en España. Una visita que acabó abruptamente, cuando él, con la sutiliza que le caracterizaba, decidió volver a Bruselas sin importarle dejar atrás a su esposa, que no podía acometer el camino debido a su avanzado embarazo. Una ausencia que la sumió en la desesperación. «Gime y no hace más que llorar», reza un texto. Otro señala: «Es una mujer simple aunque sea hija de una mujer tan grande». Y uno más: «Duerme mal, come poco y a veces nada, está muy triste y bien flaca. Algunas veces no quiere hablar, de manera que así en esto como en algunas obras que muestra estar transportada, su enfermedad va muy delante». Hay quien declara: «Solicita solo por su marido, vive sumida en la desesperación, con el ceño fruncido, meditabunda día y noche, sin proferir palabra». Con estos antecedentes a nadie le cuesta comprender aquel espectáculo que dio la reina Juana, entre insólito y luctuoso, y que dejaría anodada a Castilla, cuando Felipe el Hermoso falleció. Que su locura era cierta lo demuestra que ella no se alegrara por desembarazarse de semejante bribón. El correveidile que dio, con el féretro a cuestas, es posiblemente lo más real de su leyenda. Su padre, Fernando el Católico, después de mostrar cierta comprensión, decidió que lo mejor era encerrarla en Tordesillas. Y allí fue ella, con el cuerpo del marido a cuestas. Se aposentó en un edificio de aires palaciegos a la sombra del convento de Santa Clara y cerca del ataúd de su cónyuge. Los relatos aseguran que «dormía en el suelo, no se lavaba ni se cambiaba de ropa». Se conoce que vestía de negro y se recluyó sobre sí misma. El único consuelo era su hija Catalina, a su lado y que, para evitar que se la llevaran, ordenó que durmiera en una estancia aneja a la suya. Como estaba desprovista de ventanas, uno de los encargados de la custodia decidió que lo más humano era abrir un vano en la pared para que entrara la luz y, al menos, pudiera admirar el paisaje y el Duero. Los desplantes del marido, el alejamiento de su madre y la escasa atención de su padre sembraron en ella una apatía hacia los asuntos políticos, un mal vestir y una indisciplina que deterioraba su imagen regia. Eso es lo que se trató de proteger al encerrarla.

Dos intentos fallidos de salir de su reclusión

El encierro de Juana la Loca fue largo, monótono y aburrido como un partido de criquet. Por allí no pasaba nadie. Solo contaba con su hija, Catalina, hasta que se marchó para desposar con Juan III de Portugal en 1525; las visitas de su padre, que fueron tres, en 1509, 1510, 1513; Germana de Foix y su hijo, Carlos I, que acudió en varias ocasiones, al menos más de tres. Juana tuvo dos oportunidades de librarse de su encierro. Las dos fallidas. La primera cuando estuvo a punto de volver a contraer nupcias con Enrique VII de Inglaterra, que, a grandes rasgos era la antítesis de Felipe el Hermoso (falleció antes de que se acordara la boda) y con los Comuneros de Castilla, que la reivindicaron, pero como fueron derrotados... Su vida estuvo presidida por los hombres que la vigilaban. Algunos dicen que la maltrataron físicamente. Pero el marqués de Denia parece que comprendió la situación y trató de introducir hábitos para reducir su locura y procurar a la reina un mayor bienestar.