El único testículo del Führer

Un documento desclasificado informa de la monorquidia del líder nazi, que fue objeto de burlas entre los soldados británicos

Adolf Hitler rodeado de varios soldados, durante la I Guerra mundial
Adolf Hitler rodeado de varios soldados, durante la I Guerra mundialLa RazónBundesarchiv

A Hitler se le volatilizó un testículo en la sangrienta batalla de Somme, librada entre tropas franco-británicas y alemanas durante la Primera Guerra Mundial, entre julio y noviembre de 1916. Una reveladora conversación transcrita de un documento desclasificado entre el médico militar que le atendió, Johan Jambor, y el sacerdote Franciszek Pawlar desvelaba la monorquidia de aquel cabo de veintisiete años que tantos quebraderos de cabeza daría luego a la Humanidad entera: «Su abdomen y sus piernas estaban cubiertas de sangre. Hitler estaba herido en el vientre y había perdido un testículo. Su primera pregunta fue si iba a quedar incapacitado para tener hijos». Años después, durante la Segunda Guerra Mundial la tragedia de Hitler era ya objeto de chanzas entre los británicos, que entonaban crueles canciones con esta letra: “Hitler has only one ball; his mother cut if off when he was small” (Hitler tiene un solo testículo; el otro se lo cortó su madre cuando él era pequeño).

Pero no fue su madre, sino la terrible metralla que impactó en su cuerpo durante la Primera Guerra Mundial la que segó aquel órgano tan delicado que probablemente le impidió tener hijos con la fotógrafa Eva Anna Paula Braun o cualquiera de sus amantes en los años venideros. Hablando de Hitler, siempre me ha impresionado otro desconocido testimonio, en este caso de Heinz Linge (1913-1980), el ayuda de cámara de Adolf Hitler (1889-1945). La última persona que vio al Führer con vida y la primera que le halló muerto. Tras el suicidio de Hitler, Linge fue hecho prisionero por los soviéticos y permaneció casi once años en un campo de concentración, hasta su liberación en octubre de 1955. Solo entonces pudo relatar con todo lujo de detalles la muerte del dictador alemán y sus secretos más íntimos. El reloj de pulsera de Linge marcaba las 15.50 horas del 30 de abril de 1945, cuando la bocanada de humo acre de un disparo de pistola le indicó que su jefe había puesto fin a su vida.

El criado se apresuró a entrar en la sala de los mapas, en el fortín subterráneo, a diez metros de profundidad de las ruinas de la Cancillería de Berlín. Allí, sentado en un sofá, y erguido casi por completo, reconoció el cadáver de Hitler. Observó un pequeño orificio del tamaño de un marco de plata alemán en la sien derecha, por el que brotaba un hilillo de sangre sobre la mejilla. Lucía impoluto el uniforme que horas antes el propio Linge le había preparado con esmero. En el suelo distinguió una pistola Walther, del calibre 7,65; un metro más allá, halló otra del calibre 6,35. Hay otro suceso desconocido en la Historia que llama la atención. Es uno de esos inconcebibles gestos de humanidad en un monstruo de la talla de Adolf Hitler. Quizá el único en toda su vida, aunque no se trató en realidad de un acto altruista del Führer sino de la más pura propaganda bélica y de una forma de emular también a otro megalómano como él: Napoleón Bonaparte.

Atraer a los franceses

La madrugada del 22 de julio de 1832, el hijo de Napoleón motejado «El Aguilucho» expiró en brazos de su madre, a quien dedicó sus últimas palabras en alemán: «¡Ich gehe unter, Mutter, Mutter!» (¡Mamá, mamá, me siento morir!). Dos ancianos, además de su madre, lloraron su muerte más que nadie: su abuelo, el emperador de Austria, y su abuela Letizia Bonaparte, que malvivía en Roma, enferma, enlutada y casi ciega. Un siglo después del traslado de los restos de su Napoleón a París, siguieron así el mismo camino los de su hijo «El Aguilucho».

Previamente, Hitler había prometido ante la misma tumba de Napoleón, en el Templo de Los Inválidos, que inhumaría los restos de su hijo en París con el mismo protocolo que un Jefe de Estado. Y así fue: el féretro con los despojos del duque de Reichstadt llegó el 15 de diciembre de 1940 a la estación de Austerlitz, procedente de Viena. Acto seguido, se colocó el catafalco sobre una cureña de cañón para trasladarlo a la luz de las antorchas hasta la capilla de Los Inválidos, donde fue depositado justo al lado del féretro de su padre. El almirante Darlan representó al mariscal Pétain durante la ceremonia celebrada con honores de Jefe de Estado ante la llamativa ausencia de su promotor Hitler. No se trató de un acto humanitario sino de una maniobra urdida para atraerse las simpatías de los franceses, sensibles a la memoria del emperador.

Marlene Dietrich y el demonio

Marlene Dietrich aborreció con toda su alma a Adolf Hitler y al régimen nazi de terror que él representaba. Como ella era la estrella cinematográfica más refulgente de Alemania la visitaron en tres ocasiones enviados especiales del Führer para ofrecerle el trono de reina absoluta de la industria del celuloide en su país. Llegaron a insinuarle que el mismísimo Hitler en persona pondría el corazón a sus pies. La insinuación provino en una de aquellas visitas nada menos que de Joachim von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores del Tercer Reich desde febrero de 1938 hasta abril de 1945. Tras el exitoso estreno de «El ángel azul», ella había salido rumbo a Hollywood en compañía de Von Sternberg. No era extraño así que hasta un demonio como Hitler suspirase por ella.