Bonet Correa, un maestro sabio de la Historia del Arte

El académico de Bellas Artes de San Fernando fallece a los 94 años. Estaba escribiendo un libro y dirigía un proyecto de investigación sobre el vocabulario artístico

Un hombre sabio. El calificativo le cuadraba como un guante. Generoso también. Jamás se negó a contestar a una llamada telefónica intempestiva en la que le inquiríamos por Velázquez o por una obra concreta de Goya, tal era su generosidad. Hasta el último día, ya muy enfermo, siguió trabajando en sus textos. No falló a las citas a las que se había comprometido.

Antonio Bonet Correa, nacido en La Coruña en 1925, fue un ejemplo de profesor. De esos maestros que se enorgullecían de haber formado a generaciones de estudiantes que hoy tenían un nombre dentro del arte. Quien le conocía ha sentido su pérdida, el vacío inmenso que ahora deja. «Soy una mezcla por familia de tierras gallegas, donde nací, levantinas, francesas. Viví mi infancia y adolescencia en una España autárquica, muy local, después conocí otras ciudades. Me siento de un español total y muy querido», decía hace unos años, cuando recibió la Medalla del Círculo de Bellas Artes.

Hablaba entonces sobre sus años de profesor en La Sorbona, que recordaba con una mezcla de añoranza y cierto desencanto por lo ido: «Aprendí a la vieja manera francesa. Los alumnos estudiaban una o dos asignaturas por año, era una universidad utópica. Después, ya en España, viví cómo se valoraban el esfuerzo, la excelencia, el conocimiento. Hoy reina el desencanto, el profesorado está desengañado».

Guía y mentor

Se quejaba de que en la universidad hoy «imperan la banalidad y el populismo, lo contrario de la universidad. Enseñemos a pensar y a ser libres, a tener sentido crítico, conceptos que no imperan en una sociedad en la que priman las princesas del pueblo», un buen tirón de orejas para todo buen entendedor. Se crió en un ambiente de raíz literaria, en una familia cultivada, un gusto por el saber que supo transmitir a sus tres hijos. Apostaba por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, una joya olvidada, lo mismo que su museo, a la que había que acercarse con más frecuencia para desterrar la idea de que se trataba de una institución decimonónica y vetusta: «La conocen más los turistas que los propios madrileños», decía. Y no le faltaba razón.

Desde la que fue su casa durante tantos años mostraban su dolor por la pérdida a través de las redes sociales: «Hemos perdido al queridísimo maestro Antonio Bonet Correa. Para muchas generaciones de historiadores del arte ha sido un mentor luminoso y entregado, el máximo referente en numerosos campos del conocimiento, el último de los grandes maestros de su generación. Para quienes hemos tenido la fortuna de conocerle, Antonio ha sido nuestra guía, un hombre sabio, con la humildad propia de los grandes de verdad. La Academia está desolada por la pérdida de nuestro queridísimo compañero y amigo».

Allí ingresó con un discurso sobre «Los cafés literarios en España». José María Luzón, ex director del Museo del Prado y académico de San Fernando, apenas le conocía: «Solo hace 55 años, muy poco tiempo», asegura con una sonrisa. La llegada de un profesor brillante a la Universidad de Sevilla, formado en La Sorbona se destacaba. «Era completamente diferente al resto y se convirtió en una luz para mucha gente. No hay más que ver la estela que ha ido dejando», recuerda.

Repite Luzón la palabra «brillante» en varias ocasiones. «Trabajó hasta el último minuto, pues estaba escribiendo un libro. Todos sus males se le pasaban cuando se sentaba a escribir. Se le pasaba el día y no se quejaba», comenta. Y destaca que estaba inmerso en un programa de investigación sobre el vocabulario artístico, que iba a presentar este verano, pero que la pandemia probablemente retrase para más adelante. Ahora será, a buen seguro, un merecido homenaje.

Proverbial elegancia
Carlos Zurita/Duque de Soria. Presidente de la Fundación Amigos del Museo del Prado
Antonio Bonet Correa ejerció un papel primordial en el desarrollo de la historia del arte y en la protección y difusión del patrimonio artístico español. Dedicó su vida al arte universal, al Arte con mayúsculas, sin discriminaciones cronológicas ni geográficas a la vez que estudió y amó como pocos la riqueza artística de nuestro país. Guardaba un lugar especial en su corazón para el Museo del Prado, de cuyo Real Patronato formaba parte. Igualmente mantuvo una estrecha relación con la Fundación Amigos del Museo del Prado, de la que era patrono honorífico, y con la que compartía sus objetivos de apoyo y de difusión de sus colecciones. Con su fallecimiento el museo pierde un fiel amigo y un incansable defensor. Nos quedan su ejemplo de compromiso con el arte y la belleza, sus innumerables escritos, la pléyade de sus discípulos y el recuerdo de su proverbial elegancia.