Coronavirus

Miguel Ángel y Rafael ya no están solos: reabren los Museos Vaticanos

Lo harán con un número de visitas muy reducido. De las 27.000 diarias se pasará a 5.000 o 6.000 por jornada, en el mejor de los casos. Urge captar al turista nacional

El público podrá volver a ver de nuevo el esplendor de la Capilla Sixtina
El público podrá volver a ver de nuevo el esplendor de la Capilla Sixtina

Una pequeña grúa recorre la sala en la que se exponen los tapices de Rafael. Lleva unas ruedas de tracción a oruga, como las de los vehículos blindados, y emite un sonido chirriante que rebota en las paredes de la Pinacoteca vaticana. El aparato contrasta con la sobriedad del lugar. El silencio reinante en los siete kilómetros de pasillos vacíos de los museos se rompe por un momento. Sin el incordio de ningún turista buscando su hueco para sacarse un “selfie”, no es tiempo para la contemplación, sino para el trabajo. Definitivamente, todo es muy raro este año.

Por primera vez en siglos, estos tapices, que fueron concebidos para decorar la Capilla Sixtina, volvieron a su lugar original durante una semana. Justo los días en los que se detectó en Italia el primer caso local de coronavirus. Las telas rafaelescas regresaron a la Pinacoteca, como estaba previsto, pero nadie podía imaginar entonces que el mundo estaba al borde de una pandemia y que ese sería el inicio de la paralización absoluta. Incluida, claro, de los Museos Vaticanos, que cerraron sus puertas unos días más tarde. Hoy, casi tres meses después, vuelven a abrir al público. Si quieren más extrañezas, Rafael murió hace exactamente cinco siglos, con sólo 37 años, posiblemente aquejado por la peste. Falleció el mismo día de su cumpleaños. Coincidencias.

Todo esto para contar que los Museos Vaticanos han tenido poco tiempo para celebrar el 500 aniversario de la muerte de uno de los artistas más queridos por los papas. Y cuando se hizo trajo un mal augurio. Pero ahora todo tiene un aire de novedad, de cierto titubeo por cómo será eso que llaman la nueva normalidad. En un lugar como el Vaticano, donde digamos que gustan las tradiciones. En los museos comparan estos días con el momento de su apertura al público, en 1932, con Pío XI en el trono de San Pedro. Era la época en la que la Santa Sede se abría al mundo.

El gran Canova

El Papa había firmado poco antes los Pactos de Letrán junto a Benito Mussolini. El Vaticano se convertía así oficialmente en un Estado soberano. El más pequeño del mundo, sí, pero un país al fin y al cabo, que debía comunicarse con lo que había fuera. Se construyó la estación de tren que todavía hoy deja al viajero a unos pasos de los muros exteriores y se permitió el acceso a todo aquel que pagara una entrada para contemplar lo que hasta ese momento había sido coto privado para papas y cardenales.

Un siglo antes Pío VII le había encargado al escultor Antonio Canova la organización del museo. Canova era uno de los artistas más prolíficos del neoclasicismo italiano, pero también un gran diplomático. Gracias a él, los papas recuperaron buena parte del patrimonio expoliado por Napoleón durante su paso por Italia. Ya se sabe que en el Vaticano se aprecia tanto el gusto artístico como las artimañas en la negociación. Sin Canova no estarían aquí los tapices de Rafael -con o sin grúas-, ni tampoco el Apolo del Belvedere o el Laocoonte y sus hijos. Son algunas de las joyas más conocidas de los museos, aunque siglos de mecenazgo y poder pontificio dan para mucho más. Justo delante de Rafael nos encontramos el San Jerónimo de Leonardo Da Vinci, una obra inacabada, la única que se puede apreciar en Roma del genio florentino. Pero es que en esa misma salita están Bellini y Correggio. Unos pasos más atrás, Giotto. Y unos pocos adelante, Veronese, Bernini y Caravaggio.

La Iglesia del Barroco tampoco le hacía ascos al pintor maldito, al violento, acusado de asesinato, que retrataba los rostros con los que compartía un trago en las tabernas y les ponía cuerpos bíblicos. “El Santo Entierro” de los Museos Vaticanos es un ejemplo más. Caravaggio podía ser un canalla, si bien contaba con un trazo único y la protección del cardenal Del Monte.

Reducción drástica de visitas

Todavía no hemos salido de la Pinacoteca, pero es que una visita a estos museos siempre se alarga más de lo que uno piensa. Probablemente lo sepan, ya hayan estado aquí y todo esto resulte repetitivo. Quizá no hayamos dicho lo más importante: que además de los operarios y un reducido grupo de periodistas invitados para la preapertura, apenas hay nadie en las salas. Y por mucho que conozcan los Museos Vaticanos, una experiencia así vale la pena. No es que vayan a permanecer desiertos a partir de este lunes, aunque de los cerca de 27.000 visitantes que pasan por aquí cada día, se espera en el mejor de los casos a unos 5.000 o 6.000 a la jornada. El Vaticano ha esperado para reabrir a la decisión del Gobierno italiano por la que permitirá la movilidad entre regiones a partir del próximo miércoles. También ese día Italia abrirá sus fronteras, sin que los ciudadanos de países de la UE tengan que pasar cuarentena. Sin embargo, parece improbable que por el momento haya demasiados extranjeros, de modo que los museos intentan captar a un turista local interesado por el arte. Para ello, ampliará el horario viernes y sábados hasta las 10 de la noche e incluso se podrá terminar la visita esos días disfrutando de un aperitivo en el imponente patio de la Pigna. Las entradas se organizarán por oleadas cada 15 minutos y será obligatorio reservar previamente por Internet.

Una de las pocas personas que camina por los pasillos junto a los periodistas es la directora de los museos, Barbara Jatta, que evidencia el entusiasmo por la reapertura junto a la inquietud del momento. Se trata de explorar un nuevo modelo que nadie sabe cómo saldrá. Jatta reconoce que cuando fue nombrada, en 2016, era “partidaria de reducir el aforo de los museos, pero de tantos visitantes como había a tan pocos hay una gran diferencia”. Las intenciones de la directora pronto se dieron de bruces con la realidad, porque a diferencia de otras grandes pinacotecas, los Museos Vaticanos no dependen de una fundación o de financiación estatal. Al revés, los ingresos que obtienen por la venta de entradas no sólo son fundamentales para su conservación, sino para las cuentas del Estado del Vaticano. Se calcula que este atractivo turístico aporta unos 30 millones de euros anuales al presupuesto de la Santa Sede, que este año podría registrar un déficit de entre 68 y 146 millones. Así, los Museos Vaticanos afrontan el reto de convertirse en más sostenibles gracias a la desaparición del turismo masivo, mientras la economía aprieta, con una cuarta parte de visitantes previstos. Cosas de participar en el capitalismo global.

El torso del Belvedere

Mucho antes de todo eso, estas preocupaciones no existían. Miguel Ángel se podía permitir el lujo de pasear sin que nadie lo molestara por la Galería de los mapas, la de los tapices, cruzar la Sala Redonda y pasarse horas contemplando el Torso del Belvedere. Cuentan los escritos que era su obra más amada y que la abrazaba para sentir la torsión perfecta de un cuerpo musculoso de la Grecia clásica. La pieza fue encontrada en Campo de Fiori durante el papado de Julio II, quien le había encargado pintar la bóveda de la Capilla Sixtina a Miguel Ángel. La escultura, esculpida por un tal Apolonio de Atenas, siempre fue un misterio para los artistas del Renacimiento. No estaba claro si representaba a Hércules, el cíclope Polifemo o al héroe griego Áyax. Lo que sí es evidente es que se convirtió en modelo para Miguel Ángel. Si aceptan un consejo, vayan a verla y cuando entren en la Sixtina, observen los frescos, porque estarán viendo un calco. Cada cual tenía su inspiración, Miguel Ángel en los mármoles clásicos y Caravaggio en los tugurios.

Pero si Buonarotti contemplaba a sus mitos, jamás hubiera permitido que vigilaran su trabajo, celoso como era, mientras terminaba de pintar la escena del Juicio Final. Según la leyenda, Rafael entró en la Sixtina para estudiar la bóveda y aunque reconoció la excelencia de su rival, Miguel Ángel nunca se lo perdonó. Ahora esta capilla, la sala más famosa de los museos, deja una extraña sensación. Sin vigilantes ni turistas a los que haya que recordar cada 10 segundos que no pueden hacer fotos ni vídeos. Se acabó el consuelo de los tours virtuales. Por fin se puede visitar la Sixtina al desnudo. A la espera de la reanudación del tráfico aéreo, posiblemente el momento será efímero. Sólo los grandes jerarcas de la Iglesia pudieron disfrutarlo así durante siglos.

Un menú cultural de primer orden
Los Museos Vaticanos se adelantan en un día al resto de grandes pinacotecas italianas. El martes volverán a abrir la Galería de los Uffizi de Florencia o las Escuderías del Quirinale de Roma, que acogen una gran exposición con motivo del 500 aniversario de la muerte de Rafael. Ese día es festivo en Italia, ya que se conmemora el Día de la República. Los museos tenían autorización del Gobierno para volver a acoger visitantes desde el pasado 18 de mayo, pero la mayoría han preferido esperar a que hubiese mayor libertad de movimientos. Ya a partir del miércoles, estarán permitidos los desplazamientos entre regiones y se abrirán las fronteras exteriores. También este lunes reabre el Coliseo, mientras que la Torre de Pisa o las ruinas de Pompeya ya lo han hecho en los últimos días. El ministro de Cultura, Dario Franceschini, ha impulsado distintas iniciativas durante la cuarentena para que el arte fuera una de las válvulas de escape para los italianos en este periodo.