Heroísmo y muerte en las trincheras de Flandes

“Los tercios”, de Jordi Bru y Àlex Claramunt, plantea un espectacular recorrido gráfico por la historia de estos célebres soldados, del cual les adelantamos un fragmento

El elenco de heridas que podía recibir, a lo largo de su carrera, un soldado de los tercios, resultaba extraordinariamente variado: disparos de mosquete, arcabuz y pistola, picazos, estocadas, cuchilladas, flechazos, golpes contundentes de maza, heridas de metralla, quemaduras… Así ocurrió en uno de los acontecimientos más célebres del sitio de Breda, la defensa del reducto de Terheiden que ahora aparece detallado en “Los tercios” (Jordi Bru y Àlex Claramunt, Desperta Ferro Antigua y Medieval, 144 páginas, 24,95 euros). Fundidos en una feroz melé en la que se acuchillan sin misericordia, observamos a los soldados de la Monarquía Hispánica y de las Provincias Unidas, unos bajo las banderas con las aspas de Borgoña y otros bajo las enseñas azules, blancas y naranjas de la casa de Orange. No falta quien se valga de su mosquete o arcabuz como maza para asestar un contundente culatazo al enemigo. Los distintos tipos de tropas se han entremezclado sin orden ni concierto y combaten a la desesperada.

Las crónicas describen un furor considerable en el asalto al reducto de Terheiden, que se produjo en los compases finales del sitio de Breda, el 15 de mayo de 1625. Por entonces, nueve meses desde el inicio del asedio, los defensores holandeses estaban contra las cuerdas, de manera que Federico Enrique de Orange, decidió lanzar un arriesgado asalto contra un punto concreto de la línea de fortines hispánicos que aislaban Breda. Se trataba del de Terheiden, uno de los más expuestos, ubicado en la ruta de los diques de Zevenbergen y Geertruidenberg. Fueron 6000 mercenarios ingleses, franceses y alemanes los que llevaron a cabo el asalto, encabezados por los veteranos del coronel Horace de Vere, que cayeron por sorpresa sobre las trincheras avanzadas del reducto, guarnecido por soldados del tercio italiano del marqués de Campolattaro al mando del sargento mayor Carlo Roma.

El cronista jesuita Hermann Hugo, autor de una obra acerca del asedio publicada apenas dos años después en Amberes, describe con viveza la embestida: “Los ingleses, dando con grande ánimo sobre el reducto, en que había un alférez con pocos italianos, los echaron de él con las granadas que arrojaron, y subiendo en la muralla, degollaron a algunos y luego, poniendo la arcabucería detrás del reducto, y en las cortaduras del dique, para defender a los que pasaban más adelante, ganaron con la misma felicidad y osadía la media luna que cubría la puerta del fuerte”. Carlo Roma envió al capitán Camilo Fenice con su compañía a frenar el asalto enemigo, pero era imposible contener a la marea que se abalanzaba sobre el fortín, de modo que, pese al furor con que se defendían, los italianos comenzaron a retroceder.

Cuando la victoria inglesa parecía segura, Carlo Roma, reagrupó a sus hombres y lanzó inesperado y furioso contraataque que rechazó a los asaltantes y causó estragos en sus exhaustas filas. Según Charles Faye, señor d’Espesses, embajador de Luis XIII de Francia ante los Estados Generales de las Provincias Unidas y testigo de la brutal contienda, los soldados ingleses tenían rotas, a causa de la intensidad del combate, no solo las puntas de las picas, sino hasta las bandoleras.

Dagas y pistolas

Como es lógico, se echaba mano en tales casos de dagas, pistolas e incluso herramientas de zapa. Federico Enrique, que ya creía posible introducir en Breda el acuciante socorro, observó consternado como sus mejores combatientes huían en tromba, perseguidos por los italianos. Entonces fue consciente de que era imposible salvar la ciudad. Los italianos sufrieron entre doce y quince muertos, entre ellos el capitán Camilo Fenice, mientras que entre 200 y 500 enemigos quedaron tendidos en las trincheras o los pantanos de la vecindad, muertos o moribundos.

Hugo describe el sombrío panorama resultante de la escabechina: “El dique, lleno de muertos; la tierra y arenas mezcladas en sangre; las piernas, cabezas, manos y pies, despedazados; y destrozados los cuerpos, que hacían por todas partes el espectáculo horrible”. Tras producirse graves tumultos en Breda al intentar soldados ingleses y franceses tomar el edificio donde se almacenaban los escasísimos alimentos, el gobernador, Justino de Nassau, rindió la plaza el 5 de junio.

El sitio de Breda

El combate por el fuerte de Terheiden fue uno de los pocos choques de gran envergadura que se produjo durante el sitio de Breda (1624-1625), en el que Ambrosio Spínola optó por rendir la ciudad por hambre. Para ello, era imprescindible aislar completamente la plaza con un anillo de fortines que impidiese el acceso a ella de tropas y convoyes de suministros enemigos. Esta fue la tónica en todos los asedios de aquellos años. En el caso de Breda, el gran desafío para el Ejército de Flandes fue abastecer de provisiones a sus tropas durante diez meses en territorio enemigo. La victoria, que halló un amplio eco en las artes, marcó el apogeo de la carrera del genovés Ambrosio Spínola, vástago de una de las dinastías más importantes de la nobleza bancaria y mercantil de la república de Génova que, a pesar de sus antecedentes familiares, y cuando contaba ya con treinta años y un futuro brillante puso toda su fortuna al servicio de la Corona española. Uno de sus inesperados alumnos fue el futuro rey de Polonia Ladislao IV Vasa, que visitó las obras de asedio ante Breda. Los grandes avances técnicos y organizativos que vio en el campamento español lo condujeron a modernizar su ejército para ser capaz de medirse con cualquier adversario, y en particular sus archienemigos suecos.