Nacho Duato: “El que diga que esto ha sido como una guerra no tiene ni idea”

Siempre a la carrera y de un país a otro, el coreógrafo y ex bailarín reconoce que estos meses le han ayudado a frenar y a no hacer demasiados planes de futuro. Solo pintar, leer y bailar en casa. El 7 de septiembre recogerá el Premio Max de Honor por una trayectoria encima y detrás de los escenarios

Los premios honoríficos suelen dar algo de vértigo para el que los recibe. Significan el reconocimiento, la gloria, a toda una carrera, pero, a su vez, lanzan la señal de que los mejores tiempos pasaron. Puede que esto también ocurra en el Nacho Duato bailarín, que no en el coreógrafo. Sea como sea, hoy protagoniza el anuncio del Max de Honor (que deberá recoger en Málaga el 7 de septiembre) por una trayectoria indudable. «Prematuro», dice el director artístico del Ballet Mikhailovsky de San Petersburgo. Y es que, a sabiendas de que sus tiempos de bailarín ya pasaron, la impresión que da es la de un tío muy en forma, muy por encima de la media; un tipo al que le queda mucho por dar a la danza. Se podría poner unas mallas y no quedar en ridículo, aunque se niega: «Ya solo bailo en mi terraza de Valencia», comenta mientras recuerda la última vez que se subió a un escenario y «casi me sacan en camilla». Hace casi una década de aquello. Hoy es un artista que ha encontrado la paz en el encierro. Siempre solitario, reconoce que el confinamiento le ha obligado a frenar, pero que su vida en este tiempo «no importa» porque ha sido muy fácil, «todo lo contrario a los que de verdad han sufrido». Habla con calma, piensa cada palabra y, mientras, lleva su mirada al Palacio Real, que se ve a través de la ventana del Teatro Real.

–Lo último que le escuché de este lugar es que era un «cementerio de elefantes».

–Me gustan mucho los cementerios.

–Allí, en San Petersburgo, tiene uno muy interesante.

–Es precioso, están Tchaikovsky, Petipa... Pero te aseguro que el teatro no es un cementerio, es como una nave con las velas desplegadas y no para ni un momento. Este, desgraciadamente, no.

–¿Cómo ha llevado este tiempo sin escenarios?

–Muy bien, en casa. Pintando, escuchando música y tranquilo. No ha sido difícil para mí. Sí para para la gente que ha muerto y los que tenían familiares en hospitales y no podían verlos. ¿Nosotros? Que tenemos casa, que hemos llamado a Glovo cuando hemos querido, con televisión e iPad, WhatsApp... No ha sido difícil. Escuché a alguien que dijo que esto había sido como la guerra... Hijo mío, no sabes lo que es una guerra. Yo he estado en un país en guerra y he escuchado a mi abuelo hablar de la guerra. Si no aguantas esto es que ya...

–Supongo que, siempre a la carrera de aquí a allá, hasta le habrá servido para desconectar.

–Egoístamente, me ha venido bien. Me tomo todo con más calma porque vas de aeropuerto en aeropuerto y de estreno en estreno. Venía de Lyon, me fui a la Ópera de Viena, rueda de Prensa en Barcelona... Y, de pronto, paré. Pero te hace reflexionar. Al principio te lo tomas con un poco de miedo porque no sabes de qué va la cosa y cuando entiendes algo más simplemente queda esperar. De todas formas, me han llamado de muchos sitios en este tiempo para que me pusiera por Skype y contará cómo estaba viviendo el encierro, pero yo lo he llevado muy bien. Que le pregunten cómo lo llevan a una familia que tenía que vivir con 300 euros al mes. Que salga yo a decir una cosa u otra no vale nada. No me puedo quejar, aunque no tenga teatros ni «royalties», puedo soportarlo. Pierdes dinero y no pasa nada, ya lo ganarás.

–¿Le ha cambiado?

–Francamente, nada notable. Me preguntan que qué planes tengo y no quiero pensar en nada porque hasta que no salga la vacuna no se sabe qué va a pasar. De todas formas, veo que vamos a salir mejor. Siempre después de una guerra, una discusión, una pandemia pasan cosas buenas. La tormenta y la calma. ¿Qué va a pasar? Que volveremos a bailar y las cosas seguirán igual.

–¿Hasta cuándo vamos a preguntarnos por el encierro?

–Va a tardar tiempo porque ha dejado muchas secuelas psicológicas. Pero si pasó la «gripe española», que fue mucho peor, pasará esta.

–¿Cómo se toma un premio como este Max de Honor a toda una carrera?

–Viendo a la gente que se lo han dado antes me parecía prematuro. Es una profesión en la que no terminas nunca de completar la carrera, es un paso adelante y dos atrás. Pero lo recibo con humildad. Me alegra.

–¿Dónde lo colocará esta vez?

–En la estantería del cuarto de la plancha. No sé por qué la gente se extraña de que los ponga ahí.

–Será que no los tenemos...

–(Risas) No los voy a tener en el salón, me parecería una horterada. Y mi despacho está en Rusia. ¿Me los llevo en la maleta?

–Deje, deje, que luego facturar es un lío...

–Además, eso. Yo los pongo entre toallas y esas cosas.

–Los que no se «olvida» en los hoteles...

–Sí, los feos, sí. Lo importante del premio es que lo lleves en el corazón y lo agradezcas, el objeto en sí da lo mismo. Y no soy el único que lo hace, pero sí el único que lo dice. Ni la gente tiene todos en el salón, ni saben dónde están... También es verdad que se recogen con mucho cariño.

–¿En qué momento se dejó de valorar la danza (si es que la hemos valorado alguna vez)?

–En ningún momento.

–¿Y tiene esperanzas de que cambie?

–Muy pocas. En este teatro en el que estamos, La Compañía Nacional, que ya tiene repertorio clásico, solo va a bailar tres días en un año. Es un escándalo.

–Si sirve de algo, en Madrid se han retomado los escenarios con la danza del Canal.

–Hay público para que haya más oferta, pero también para que este teatro tenga 30 espectáculos al año solo de la Compañía Nacional, pero no hay voluntad. Yo ya estoy harto de hablar. Es la única capital europea que no tiene una compañía estable en un teatro nacional. Si eso no es vergonzoso... pero les da lo mismo. Les entra por un oído y les sale por el otro.

–¿Se puede confiar en un Gobierno progresista para estos asuntos?

–Da lo mismo. Casi que los conservadores han ido más al ballet porque los llevaban sus papás en los viajes a París. Ya me pusieron verde porque dije que la derecha me ha apoyado más y me ha despedido la izquierda, aunque sea de izquierdas totalmente, pero así es cómo ha sido. No digo que apoyen más, desde luego que no, pero a mí me ha pasado así.

–¿Y cómo sienta cuando le dan la patada lo suyos?

–Es que no fue una patada como tal. Me despidieron mal. Hay que saber hacer las cosas bien. Si yo ya me quería ir por mi cuenta. Me despidieron muy mal. Se destruyó algo que se estuvo forjando durante veinte años y, en lugar querer mantener y seguir adelante, pues decidieron cortar por las raíces y lo destruyeron. Mi trabajo no se va a poder ver igual y a mí me fastidiaron mucho porque me separaron de mis bailarines, que son los que me inspiran. Desde que dejé la Compañía Nacional no he hecho un buen ballet contemporáneo; clásico, sí...

Detiene sus palabras Nacho Duato mientras mira por la ventana. Piensa. Y vuelve a abrir la boca: «Te puedes creer que el césped de abajo es de plástico. No puede ser». La anécdota pone encima de la mesa la perfección del bailarín. Esa que le ha llevado de coser calceta a los escenarios de todo el mundo. «Soy muy detallista, no se puede poner frente al Palacio Real un césped artificial. Y que me pongan todas las excusas del mundo, pero es algo que piensan todos y lo digo yo... Esa es la putada».

–¿No le da por volver a bailar?

–Tengo 63 tacos...

–Seguro que está más en forma que la mayoría.

–Eso puede ser. Pero me pones unas mallas y no puedo. Bailé hasta los 55 en San Petersburgo porque me hicieron bailar a la fuerza. «El público te quiere ver», decían, y casi salgo en camilla. Ya no quiero bailar más.

–Bueno, pero en su casa unos pasos no están de más.

–Eso sí lo hago en mi terraza de Valencia. Pongo música o el Canal Clásico, que siempre está puesto en casa, y cuando suena una aria que me gusta me pongo a bailar. Me muevo.

–¿Qué tal la vida en Rusia?

–Ya hace mucho que no voy. Pero me gusta porque me gusta mi trabajo y el teatro. Me aprecian y me respetan mucho, aunque es un país muy difícil: misógino, homófobo, atrasado... Sin embargo, culturalmente es una delicia. El público de danza es muy entregado y culto.

–¿Le reconocen más allí o aquí en España?

–Allí mucho más. Me reconocen por mi trabajo y aquí como «celebrity», por la imagen popular. Supongo que vendrá de las revistas y de las cosas de la televisión.

–¿Por qué aceptó entrar en la televisión hace un año?

–Vi que era un programa [«Prodigios»] serio, que podía aportar a la gente joven y se les podía educar sobre danza, ópera y música en general y que, a pesar de que no es tan serio como una charla en una universidad, el nivel estaba muy bien. Me sorprendieron los niños y la aceptación del público. La televisión es una ventana que puedes utilizar de muchas maneras: decir tonterías o cosas sensatas, que es lo que yo intento y parece que funciona. Hay que ser sentado donde se debe ser sensato y hacer tonterías donde se puedan hacer. Yo trato de hablar lo menos posible y pasar un mensaje al televidente y al niño.