El silencio de los grandes: adiós a Joaquín Marco

De una discreción que haría enrojecer hoy a la cultura oficial, si es que existiese, ocupó un papel central, siempre en las sombras, o como decía en su último artículo, buscando los libros olvidados

El escritor Juaquín Marco, en su casa de Barcelona
El escritor Juaquín Marco, en su casa de BarcelonaMª Ángeles TorresLa Razón

El último artículo de Joaquín Marco se publicó el pasado viernes, hace hoy una semana. Días antes, recibimos el siguiente correo: «Hoy no voy a poder enviar el artículo. Ya les avisaré cuando pueda volver a enviarlos» (el tratamiento se debe a que fue redactado por su hijo). Sin embargo, lo escribió, como solía hacer sin faltar a su cita semanal en estas páginas hace 22 años. Las palabras tienen un poder medicinal, es aliento cálido y en ellas hay vida. Así que escribió uno de los artículos más sencillos y emocionantes de cuantos haya leído de él. Se titula «Los libros olvidados, Anna» y empezaba así: «Mi descubrimiento de los libros a una edad temprana no fue en el Madrid del Rastro y mucho menos en las muchas librerías que había en Barcelona en los años 50, sino en las aceras del Mercado de San Antonio, en las mañanas dominicales». Los libros se disponían en mesas o en el suelo y se almacenaban en unas cajas con ruedas que a la vez servían de biblioteca portátil y almacén. Olía a libros olvidados a la espera de que alguien se fijara en uno de ellos y los rescatara, como seres desamparados. Siempre quedará la honra de los libros que acaban en un montón de saldo.

A partir de ahí, en este último texto, traza el recorrido de un aprendizaje que le ha ocupado toda la vida y, pese a haber sido uno de los críticos más rigurosos e influyentes, nunca despreció eso que él llamaba «libros con historias». En este último artículo realizaba esta confesión: «Al libro llegué, pues, de manera desordenada, casi azarosa, y tal vez a la par que a la gestación de una manera de ser, igualmente desordenada pero devota del libro con historia». El libro que cuenta una historia, qué tiene algo que decir, el que engarza la gran literatura con los grandes públicos estuvo en el origen de una de sus aventuras editoriales más importantes y, como siempre, discretas.

En 1969, los hermanos Salvat le encargan el proyecto editorial para participar en el concurso ideado por el entonces Ministerio de Información y Turismo, con Manuel Fraga al frente, de sacar una colección de cien títulos «con pretensiones culturalistas», uno por semana, para vender en quioscos, que no superaran las 200 páginas para poderse mantener un precio módico, depreciadas en los anaqueles y fundamental en los lectores humildes. Es la famosa colección RTVE, de pastas naranjas y que vendieron una media de 300.000 ejemplares por libro. El primero de ellos fue «La tía Tula», de Unamuno, que alcanzó el millón. Marco recuerda este capítulo de la edición española que no suele tenerse en cuenta, incluso para lo que luego vino después, en «La llegada de los bárbaros. La recepción de la literatura hispanoamericana en España, 1960-1981» (en coedición con Jordi Gracia). Allí estaba ya Carmen Balcells, todapoderosa, que tenía para entonces los derechos de buena parte de los autores hispanoramericanos, lo que facilitó las cosas y la edición de Miguel Ángel Asturas, Uslar Petri, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Donoso, Onetti o Cortázar.

Un año antes, en 1968, Marco se embarca en un proyecto que está en las antípodas, la de un género minoritario: funda la colección de poesía Ocnos –en honor a la obra de Luis Cernuda– con el objetivo de difundir poetas iberoamericanos y extranjeros. Gracias a José Agustín Goytisolo, su gran amigo, que «ejercía de cónsul in pectore de los poetas hispanoamericanos, se incrementó la relación hispananoamericana», de ahí que se trajera de unos de sus viajes americanos los derechos de una antología de Borges y otra de Lezama Lima, dos autores inéditos antes en España, incluso en el antifranquismo, que tenía otros cánoces. Ocnos se estrena, a partir de 1969, con «El argumento de la obra», de Jorge Guillén, «Posible imagen», de Lezama Lima, y «Poemas 1936-1939», de Pedro (todavía) Gimferrer. El prestigio de la colección era innegable, pero los editores recelaban –de hecho, la colección pasó por varios sellos: Llibres de la Sinera, luego Barral Editores, y finalmente en Lumen: el fondo al cierre se lo quedó Abelardo Linares de la sevillana Renacimiento–, hasta que él, que no recibía ni un duro por su trabajo dijo que al menos le dejaran el «pie editorial», y así editó «Así se fundó Carnaby Street», de Leopoldo María Panero, contra viento y marea.

Estuvo presente en debates literarios hoy inexistentes, como su defensa de «La muchacha de las bragas de oro», una de las novelas más maltratadas de Juan Marsé, o la proyección de la literatura catalana más allá de su ámbito lingüístico, todo un clásico que sigue paralizado bajo el «karma» nacionalista. En el prólogo de la presentación de la novelística catalana y, en concreto, la de Xavier Benguerel, escribe: «Poco o muy poco han hecho las editoriales catalanas por traducir o por llevar autores del mérito peninsular a la lengua hermana. Tan poco se se ha hecho que muchos creen –al margen de la literatura– que en catalán sólo algunos poetas, quienes utilizan el vehículo vernáculo para expresar una poesía provinciana e intimista». Y en esa seguimos. Él, como tantos grandes de la cultura, sepultados por el ombliguismo literario y editorial, sin saber que sin ellos nada hubiese sido posible.

Joaquín Marco, de una discreción que haría enrojecer hoy a la cultura oficial, si es que existiese, ocupó un papel central, siempre en las sombras, o como decía en su último artículo, buscando los libros olvidados.