Ariel Winograd ante «El robo del siglo»

Como clausura del Festival de Málaga, el director proyectó su adaptación al cine del atraco «que todo el mundo recuerda en Argentina», explica

Guillermo Francella en «El robo del siglo»
Guillermo Francella en «El robo del siglo»LR La Razón

Hay sucesos que se quedan para siempre en el ADN de cada país. Hechos que, por su espectacularidad y singularidad en un momento dado, se convierten en épica para el imaginario común. No hay nación que se libre de ello: si en España tenemos aquel furgón asaltado por El Dioni en el verano del 89 como el sumun del pillaje, en Argentina también alimentaron el disfrute colectivo con el «robo del siglo», que se bautizó a un asalto al Banco Río que mantuvo cierto espíritu «robinhoodesco» y que se adelantó en el tiempo a series como «La casa de papel». «En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es solo plata y no amores», se despedían los asaltantes de la Policía.

De entonces, coge el nombre y la trama «El robo del siglo» con el que, ya fuera de concurso, Ariel Winograd cerró, ayer, el XXIII Festival de Málaga. La cinta aborda la historia de un grupo de ladrones que, en 2006, asaltaron la sucursal de un banco en Argentina de una forma muy particular. Todo comienza cuando Araujo (Diego Peretti) le dice a Vitette (Guillermo Francella), un número uno en pequeñas sustracciones, «te propongo algo, un solo robo bien grande».

Lo demás se lo pueden imaginar si han visto cualquier cinta de atracos. Lo que hace especial al trabajo de Winograd es esa pátina de realidad que tuvo entregado a un país. «Fue un robo que todos recordamos», explicaba un director que se ha apoyado en el libro de Rodolfo Palacios, «Sin armas ni rencores» (Planeta): «Cuando lo leí, vi que tenía mucho humor y me lo fui llevando a un punto de vista para poder jugar entre el thriller y el suspense, pero tratando de ser lo más realista posible al contar los personajes», explicaba. Para lograr ese realismo, la producción ha contado con dos testigos de excepción como asesores: Araujo, uno de los ladrones, y Miguel Siloe, el negociador del atraco. «Era necesario tener los dos puntos de vista para rodar una película real», defendió Winograd.