El «streaming» lanza a la industria, los músicos sufren

En el año de la pandemia, la industria logra mejorar su facturación gracias a las plataformas. Mientras, los músicos ven complicarse su superviviencia sin conciertos. «Hay que cambiar el modelo», reclaman voces del sector

El consumo de música a través de las plataformas digitales de «streaming» ha salvado del retroceso al sector en España durante el primer semestre de 2020. La industria musical española ha aumentado un 3,99% sus cifras globales de ventas pese al impacto de la pandemia en el mercado físico, que pierde casi el 45% de sus ingresos como consecuencia del cierre de tiendas durante el confinamiento. Los ingresos, según las cifras recopiladas por la entidad (que representa a cerca del 95% de la industria fonográfica española), alcanzaron entre el 1 de enero y el 30 de junio los 145,1 millones de euros, frente a los 139,5 millones registrados en el mismo periodo de 2019. Sin embargo, los músicos viven su peor situación económica en años, incluso peor que en tiempos de la reciente crisis económica.

Los buenos resultados de la industria, que ha aumentado sus beneficios, no se han trasladado a la realidad de los músicos, que, sin conciertos, luchan por sobrevivir. El modelo de las plataformas de «streaming» funciona con la masa, a escala. Millones de usuarios generan un beneficio jugoso a quien controle millones de escuchas. Pero los grupos minoritarios, y este es un tema viejo como desde el lanzamiento de estas compañías, reciben migajas de los servicios de «streaming». Artistas independientes publican su catálogo a cambio de una propina y la mayor parte de los músicos profesionales viven en el filo de la precariedad. Ni las plataformas pagan por igual a todos sus artistas (existe una fuerte arbitrariedad en función de su fama y dimensión social) ni todos los artistas tienen el mismo contrato con sus discográficas o distribuidoras sobre derechos digitales. En cualquier caso, lo percibido por la abrumadora mayoría de los creadores es la consecuencia de multiplicar su cifra de reproducciones por un decimal minúsculo (0,00437 dólares en Estados Unidos) siempre y cuando se alcance el mínimo establecido, que a veces supera los 200 o 300.000 escuchas.

El 90% de los ingresos

El auge de la escucha on line, según Promusicae, «está lejos de haber tocado techo», en palabras de Antonio Guisasola, presidente de Promusicae, que añade que «en tiempos de pandemia y reclusión doméstica, las compañías discográficas han sido prácticamente la única fuente de ingresos para muchos artistas, ante la caída generalizada de su actividad y con la imposibilidad de organizar conciertos en directo». El sistema genera beneficios, no cabe duda. De hecho, en los últimos años, el incremento en el sector digital se situado por encima del 20% anual hasta este año y ya supone casi el 88% de los ingresos. Sin embargo, esos ingresos no llegan a los creadores que no sean masivos. Las superestrellas sí pueden vivir del mercado digital; mientras, el 64 por ciento de los músicos británicos se ha planteado dejar la profesión a raíz de la pandemia. «El sistema está muy mal desde el principio, lo que pasa es que los músicos hemos tirado para adelante con un modelo que nos permitía sobrevivir tocando en directo y nos parecía hasta justo. Pero en realidad hay que darle a los discos el valor que se merecen. Hay que empezar por ahí para ganarse un respeto. La industria discográfica británica no está en riesgo porque tiene una base sólida de venta de discos y de acuerdos con las plataformas. Pero ese marco es el que hay que cambiar. El 90 por ciento de la facturación de mi empresa ha desaparecido», dice Luis Fernández, en su doble condición de músico en Los Punsetes y de responsable del sello Sonido Muchacho.

«Llevamos mucho tocando y nos ha costado gran esfuerzo mantener y ser autosuficientes, y lo hacemos desde casa, con un sello independiente de un pueblo de Galicia. El negocio era muy dependiente del directo y si esto se mantiene así, va a ser muy complicado tener un proyecto, lo que pasa es que preferimos no pensarlo. Apostamos por la música y tratamos de mantener la calma. No tenemos ingresos y es complicado, pero en nuestros orígenes están las salas de 20 personas y sabemos lo que es hacer música así», dice Carlangas, de Novedades Carminha, que dice tener «tanta confianza en mi manager que no puedo decirte cifras del ''streaming''. No tengo datos como para darte un titular, pero es muy complicado vivir de ello, es un negocio muy secundario. Esto nos hace pensar que hay que explotar otras vías. Habrá quen revisar todo eso», explica el músico. Una de las alternativas que más fuerza va cogiendo estaba ahí hace años. La plataforma Bandcamp no está concebida como un modelo masivo, de escala, sino de nicho. Sirve de canal para que los grupos vendan su «merchandising» y pongan el precio que consideren a su música. En la filosofía de la empresa (que ha renunciado en varias ocasiones a su parte de ingresos por cedérselos a los artistas este año) no está la búsqueda del máximo beneficio. Sin embargo, muchos artistas no quieren «desaparecer» del mapa abandonando las grandes plataformas, piensan en la «visibilidad» de aparecer en los gigantes de la distribución musical. Otros, con contratos con grandes compañías tampoco pueden hacerlo.

El vídeo y el “value gap”

Un caso similar es el consumo de música a través de «streaming» de vídeo (YouTube, Vevo), que también crece el 14,9% (de 14,1 millones en el primer semestre de 2019 a los 16,3 millones actuales). Según la industria española, a pesar del incremento en el número de visualizaciones durante el confinamiento los ingresos cayeron en el primer semestre. Promusicae critica que los ingresos del streaming de vídeo «queden lejos de unos ingresos proporcionales al enorme volumen de visualizaciones que registran estas plataformas». «Hacer un videoclip modesto, al alcance de nuestras posibilidades, te cuesta mil euros. Y no vas a recuperar nada por ello. Lo haces porque es tu apuesta, inviertes en el grupo, pero la rentabilidad es cero», dice Luis Fernández. A ese desfase entre el enorme consumo de música en las plataformas de video y la (escasa) remuneración a los artistas se le conoce como «value gap», y España tiene pendiente la trasposición de la directiva europea que establezca unos baremos de remuneración justos.

En lo que respetca al mercado digital, el resto de formatos ha pasado a ser casi residual. Productos digitales, como las descargas permanentes de álbumes y canciones o los productos para móvil, siguen registrando caídas (del 11 y del 20%, respectivamente) y se sitúan en valores anecdóticos. «Yo no me doy el pésame. Estamos en un momento difícil y es duro para todos, no solo para nosotros. Tampoco es muy diferente la dictadura del clic en España y en el resto del mundo. Pero yo creo que pronto se va a plantear un cambio de modelo», augura Luis Fernández.