«Las criadas», de Genet, más humanas y pandémicas

Luis Luque y Paco Bezerra rescatan en las Naves del Español (Matadero) la pieza cumbre del escritor con un montaje que «humaniza», explican, a las dos hermanas

Si las dos criadas de Jean Genet son unos monstruos, no es por ningún otro motivo que no esté relacionado con la realidad, con «nosotros mismos cuando soñamos», afirma el «padre» de Claire (Ana Torrent) y Solange (Alicia Borrachero). Ellas, hermanas, son «Las criadas» de una Señora (Jorge Calvo) de la alta burguesía francesa. Todas las noches inician una ceremonia perversa, un ritual donde la realidad y la ficción se mezclan en un peligroso juego de cambio de identidades.

Si Claire es la Señora, Solange es Claire; y si Solange es la Señora, Claire es Solange. Alternan sus papeles constantemente. Ninguna existe por sí sola porque ambas son dos rostros de un mismo personaje. Su ama es la cima de la pirámide para ellas, la luz donde se refleja el deseo de ser otra. Por eso las hermanas se visten, juegan y se convierten en una simulación de ese ser divino que es la Señora. La inquina y la rabia de ser conscientes de su destino de criadas las llevará, de un modo inevitable, a un desenlace fatal.

Es un juego que ya recogió Víctor García en 1969 con ese emblemático montaje en el que Nuria Espert y Julieta Serrano se metieron en la piel de las criadas para realizar una especie de misa negra o invocación a Satán. Aquel 9 de octubre, en el que se estrenó la pieza, significó el cambio del Fígaro de Madrid de cine a teatro, pero también supondría el inicio de un éxito que se extendería durante meses en la cartelera –además, hubo una reposición con el mismo reparto a mediados de los 80–.

Ahora, con este hito en la cabeza de los teatreros más longevos, «Las criadas» regresa de la mano de Luis Luque –director– y Paco Bezerra –traductor y responsable de la versión– en un nuevo montaje que han trabajado desde «las tripas, el corazón y buscando el entendimiento», explica el director de unas criadas «pandémicas y más humanas, aunque también más doloridas porque todos lo estamos después de estos meses». Si las protagonistas de la obra tienen miedo a su destino, Luque hace una traslación a la realidad actual en la que todos hemos sentido «la tristeza por no ver el final de esta situación, ni la calle. Eso también les pasa a ellas».

Fueron los vacíos que hay detrás de estos dos personajes los que hicieron que el director apostara todo a dicha pieza del novelista y dramaturgo francés porque, como él mismo explica, «hay algo en Genet que te atrapa. Este autor es un enigma, y no quería obviarlo. Es una obra icónica y capital, y era la única que quería hacer», afirma Luque del «único» texto con el que se quedó tras incorporarse el año pasado al Teatro Español como director adjunto de Natalia Menéndez.

De esta forma, la Sala Max Aub de las Naves del Español (Matadero) se transforma en esa habitación blanca en la que viven las dos hermanas. Una especie de vestidor que lleva al gabinete de su reina. Y un lugar al que Luque denomina «infierno blanco» y donde Calvo hará de Señora. No es casualidad que sea un hombre el que interprete este papel, sino un símbolo para entender el «universo Genet», «también, así, apuntala el conflicto de la identidad que subyace en toda la obra», puntualiza el director, que, a su vez, lanza una provocación al público: «¿Esta señora es así o es un reflejo odioso de sus criadas?».

Es solo una de las preguntas que se lanzarán a la platea sobre temas acerca de los conflictos de la clase social, de la identidad, de lo que somos y en realidad de lo queremos ser... En definitiva, las grandes pasiones humanas trasladadas a los personajes, junto a sus anhelos, sufrimientos, envidias... «Los rasgos que nos hacen empatizar con ellos y que nos hacen de espejo de nuestras propias pasiones», continúa el director: «Si me preguntaran cuál es la cuestión más importante en esta obra diría que la vida si sentir amor no es vida. Sí, la vida sin amor no es vida, solo es caos y locura».

Pero, más allá del texto, su traductor, Bezerra, saca a escena otro de los debates que pululan por la puritana sociedad de hoy: «Ahora que se encuentra tan en boga la disyuntiva de si hay que separar, o no, la obra del artista», apunta dependiendo de lo ejemplar, o no, que fue éste, «cabría destacar la pregunta: ¿desde cuándo la vida de un creador ha tenido la obligación de ser modélica?», cuestiona. Porque Genet, antes que dramaturgo, fue ladrón, adicto a las drogas, chapero, convicto, hijo no deseado de madre prostituta y padre desconocido.

«Fui a través del robo hacia una liberación, hacia la luz», dijo. «Y es que sucedió que, justo en la cárcel, al encontrarse rodeado de vidas miserables y sin futuro, Genet experimentó el trascendental deseo de la creación artística escribiendo la pieza que están a punto de presenciar, “Las criadas”: un infierno obsesivamente aséptico», cierra Bezerra.