Mario Casas: “Muchas veces transmitimos lo que somos realmente a través del sexo”

En línea con esa vertiente compleja y perfilada de “El practicante”, el actor muestra ahora su cara más asfixiante y extrema en “No matarás”, el nuevo “thriller” de David Victori

El quinto mandamiento del decálogo de la Iglesia católica advierte taxativo: “No matarás”. Acabar para siempre con la vida de alguien puede contravenir peligrosamente el manual ético de las buenas praxis, pero encajar de forma oportuna en esencia y formato con el nombre de un thriller asfixiante de las características del que estrena este viernes el cineasta catalán David Victori. Sirviéndose de la sordidez lumínica de las calles de la Barcelona más underground, la cinta protagonizada por Mario Casas ofrece un relato estremecedor en el que conviven violencias soterradas, huidas a contrarreloj y ambientes nocturnos poco deseables. En mitad de un desértico panorama de incertidumbre cinematográfica, el ascenso imparable del popular actor de “Palmeras en la nieve” recala una vez más en la complejidad de un perfil psicológico laberíntico y extremo que entronca directamente con el tono mostrado en proyectos recientes como “El practicante”, “Hogar” o “Adiós”. La madurez interpretativa de Mario Casas se consolida de forma progresiva y desde LA RAZÓN hablamos con él para analizar las claves de su evolución, desentrañar los desafíos que plantea la noche, lamentarnos por el carácter incierto de la industria y descubrir cuántos peligros caben en un coche.

–Tanto el papel que interpreta en la cinta de “El practicante”, como el que recrea en esta última propuesta de Victori, dicen mucho del viraje a la complejidad psicológica que está llevando a cabo dentro de su faceta como actor. ¿Es una deriva natural o buscada?

– Absolutamente natural. Al final se trata de dos películas que han llegado a las salas de forma muy seguida y casualmente en ambas interpreto a personajes que, como dices, son muy complejos. Pero en líneas generales me guío mucho por el instinto. Mi proceso de elección siempre se basa en impulsos, en intuiciones. Cuando me llega un guión y pienso “esto lo quiero hacer sí o sí”, me lanzo sin pensarlo.

–La mayor parte de la trama transcurre por la noche, ¿por qué es más peligrosa que el día?

–(Risas) La oscuridad yo creo. Durante estas horas y sobretodo si vives en grandes ciudades, como en este caso Barcelona, la gente desaparece con más facilidad. Los vampiros que duermen por el día salen. Todas esas criaturas y comportamientos que nos imaginamos gracias al cine, pienso que están en la noche. Reconozco que la cinta adquiere más crudeza habiéndose grabado casi entera de noche, a pesar de que yo sea mucho más de día. La noche no me gusta mucho. Fue complicado grabar durante un mes y medio de ocho de la tarde a seis de la mañana. Mantenernos con fuerza y concentrados siendo además una película tan física y emocionalmente dura, costó. Nos volvió a todos un poco locos.

–Cuando empezó en el mundo de la interpretación, ¿tenía miedo de encasillarse pronto en papeles en los que predominaba el físico? ¿De quedarse anclado en el prototipo carpetero de cara bonita?

–La verdad es que no. Tengo 34 años y todavía hay gente que sigue diciendo que soy el de “Tres metros sobre el cielo” aunque hayan pasado ya diez de aquello. Pero no me arrepiento de nada. Ha sido mi viaje. Tuve mi época de “Tengo ganas de ti”, “El barco”, “Los hombres de Paco”... pero sin embargo en mis últimos años he hecho mucho thriller. A lo mejor también me pueden decir ahora que me estoy encasillando en eso. No doy mucha importancia a los que creen que puedo estar anclado siempre en un mismo tipo de papel. Volvería a hacer “Tres metros sobre el cielo” o “Palmeras en la nieve” con los ojos cerrados, porque al final a mí lo que me gusta realmente es contar historias. De toda clase. Además grandes historias de amor como esas son capaces de llevar a mucha gente a las salas.

–Pese a la vorágine de trabajo que está viviendo, el mundo está cambiando y muy rápido. ¿Cómo está afrontando personalmente toda esta situación?

–Todo es tan raro. Cada día surgen datos nuevos, contradicciones. Me encanta la forma que tenemos los seres humanos de relacionarnos pero hasta la esencia de eso está cambiando. La base de la comunicación ya estaba enfriada antes de la llegada del virus por la aparición de las redes sociales, pero ahora más. Nos ponen mascarillas, nos separan, no nos dejan entrar en sitios, no puedes abrazarte, no puedes besarte...Esto es lo que más me preocupa. No sé hacia donde vamos.

–Laboralmente imagino que también cuesta vislumbrar esa luz...

–Totalmente. Cuando después del parón por culpa del covid volví a grabar “El inocente”, una serie que estaba haciendo en Barcelona para Netflix, tuve la sensación de estar regresando a una película de ciencia ficción. Los actores no se podían acercar, nos tomaban la temperatura, todos cubiertos... Me pregunto qué va a pasar con el cine. Qué va a pasar con esas películas que no pertenecen a las grandes majors y que no pueden hacerse cargo de los seguros. Al final es la sociedad la que tiene que luchar y me parece muy valiente que a pesar de los riesgos que conlleva en estos momentos afrontar un estreno es salas, haya directores dispuestos a asumirlos. Hay que seguir estrenando. Hay que seguir con la vida que teníamos.

–¿De qué tiene miedo en estos momentos?

–Muchas veces de quien tengo miedo es de mí mismo. De cómo puedo reaccionar ante según qué situaciones, de si voy a conseguir una serie de cosas, si seré capaz de dar todo lo que tengo.

–¿Cuál ha sido el episodio más extremo al que se ha enfrentado moralmente?

–Viví uno que no supuso una contradicción moral, pero sí me hizo sentir muy al límite. En una ocasión me intentaron robar el coche. Era muy violento lo que estaba pasando. Yo estaba dentro y el miedo se apoderó de mi cuerpo. Sabía que si me bajaba del coche algo muy malo iba a pasar. Terminé arrancando de manera automática y me fui. Pero es la situación más extrema a la que me he enfrentado nunca.

–Hay una violencia seca, muy cruda en el ambiente de “No matarás” que se traslada incluso al sexo. ¿Hasta qué punto cree que en las relaciones sexuales reproducimos traumas, inseguridades y aspectos dolorosos de forma inconsciente? ¿O todo lo que está dentro de este ámbito forma parte de la fantasía, del juego?

–Yo creo que en el sexo al final cabe todo. Es algo muy animal. Igual que en otros ámbitos, como el profesional, que comentábamos antes, el instinto juega un papel importante, aquí también. Muchas veces transmitimos lo que somos realmente a través del sexo. A veces desde una perspectiva más pasional, otras más dulce. Pero el sexo es el lugar en el que te dejas llevar de verdad para muchas cosas. Y sin embargo es curioso pero en los rodajes cada vez lo paso peor, me dan mucho más reparo ahora que hace unos años.

–¿Cuántas vidas le quedan todavía a Mario Casas?

–Uff, muchísimas. Espero y deseo encontrarme con grandes directores que me permitan construirlas.

El privilegio del ahora

En “No matarás”, la sangre salpica a Mario Casas de forma accidental. El intérprete se mancha las manos con el tiempo suficiente para limpiarse los dedos, pero a la hora de interrogarse sobre una extrapolación del dilema que se le plantea a su personaje, el actor parece tener claro el camino elegido: “Nunca actuaría como Dani. Antes llamo a la policía”, confiesa convencido. La figura del “acting coach”, reconoce Casas, está sirviéndole mucho en sus últimos trabajos para enfrentarse a la exigencia de los perfiles escogidos: “Cuando empezamos a ensayar una de las cosas que más hacemos, especialmente al principio, es hablar mucho. Desde hace un tiempo siempre tengo a mi lado un “acting coach”. En el caso de Dani, empezamos a levantar el personaje en una sala a través de improvisaciones y ejercicios que pensábamos que me podían ayudar. Hacíamos pasacalles, yo ya vestido como el personaje y recreábamos cosas muy diferentes durante muchas horas por la calle. En esta película grabamos muchos planos secuencia de unos 50 minutos. Algo que conlleva estar completamente metido en el personaje, en el ahora, volar. Y eso es un privilegio”.

La evolución meteórica del chico que se subió a una moto

Han pasado unos cuantos años desde que Mario Casas debutara en el cine interpretando a un joven sin sueños pero con muchas ganas de tenerlos en la cinta dirigida por Antonio Banderas, “El Camino de los ingleses”. Haciendo acopio de una cara particularmente aniñada, unos ojos involuntariamente rasgados y un moldeado capilar que rozaba lo empalagoso, el actor irrumpía en el séptimo arte con una inocencia iniciática que poco a poco fue transformándose en un atractivo poder de seducción carne de fandom para las adolescentes que rabiaban con las portadas de la “Super Pop”. En 2010 terminó de consolidarse su faceta oficial como emblema testosterónico de una generación gracias al fenómeno originado a raíz de su intervención en la cinta “Tres metros sobre el cielo”, adaptación de la novela superventas de Federico Moccia. Pero Casas ha ido creciendo, endureciendo sus facciones, perfilando sus maneras, adentrándose en personajes intrincados y desligándose a golpe de interpretaciones destacables y variadas en filmes como “La mula”, “Bajo la piel del lobo”, “El fotógrafo de Mauthausen” (proyecto para el que tuvo que adelgazar 12 kilos) o la visceral “Adiós” de Paco Cabezas, de ese físico prototípico que le encasillaba en demasía.