La redención del barón Thyssen por el pasado nazi de su familia

El Museo Thyssen exhibe las obras del expresionismo alemán que él compró para expiar la sombra filonazi de su tío

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El péndulo de la historia también es familiar, generacional. El hijo se revuelve contra el padre y los nietos, si no se han extraviado antes, regresan por lo general a los regazos ideológicos que sostenían los abuelos. El barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza compró en mayo de 1961 la acuarela de una joven pareja que Emil Nolde pintó entre 1931 y 1935. Con la adquisición de esta pieza iniciaba una importante colección de arte expresionista alemán. Un paso que, en el fondo, significaba mucho más de lo que aparentaba. Esta compra suponía la ruptura con los criterios y la predilección por la pintura antigua que había mantenido su progenitor a lo largo de su vida, una especie de rebeldía emancipadora y también de reivindicación de la propia personalidad que marcaría su futuro como coleccionista. Pero, además, suponía una manera clara y expeditiva de separarse de la peligrosa sombra de su tío Fritz, que simpatizó con el Tercer Reich. «Fue un momento importante, porque se apartaba del conservadurismo que había mantenido su padre y, también del pasado nazi de su familia. De esta manera le dio un rumbo diferente a la colección», explica Paloma Alarcó, comisaria de la exposición dedicada a este movimiento artístico que desde hoy alberga el Museo Thyssen. Un conjunto de más de ochenta obras procedentes de la pinacoteca madrileña, la colección Carmen Thyssen-Bornemisza y de los hijos que repasa los diferentes estilos y artistas que aglutinó, haciendo hincapié en sus temas predilectos, sus principales influencias y sus reivindicaciones políticas y sociales.

La muestra, que abre la conmemoración del centenario del nacimiento del barón que se pretende celebrar a lo largo de 2021, recoge trabajos de Emil Nolde, Edvard Munch, Van Gogh o Gauguin, pero, sobre todo, se podrán admirar excelentes cuadros de Heckel, Franz Marc, Schmidt-Rottluff, Otto Mueller, Kandisnky, Paul Klee o Feininger. «Era una manera de expiar su pasado –prosigue Paloma Alarcó–. El mero hecho de que todos estos artistas hubieran sido reprimidos por el régimen de Hitler y que su arte fuera declarado como degenerado, fue uno de los principales motivos que le condujo a coleccionarlos. Digamos que a partir de este momento toma el testigo en su familia. Y lo hace, además, en un momento que ayuda a revalorizar a estos creadores hacia el público y, también, en el mercado». Uno de los óleos presentes en las salas es una prueba fehaciente. «Metrópolis», un óleo de 1917 que realizó George Grosz, un artista poliédrico, de polémica personalidad, con unos principios claros que asoman en sus lienzos y los impregna de lecturas, arrastra una prueba indeleble de lo que eran las pretensiones nazis: en su bastidor aparece escrito: «Arte degenerado».

Una obra incómoda

Para los seguidores de Hitler, este óleo, que muestra el caos inherente a las grandes urbes modernas, con sus ajetreos, prisas, insolidaridades y pobreza, debió resultar incómodo, Paloma Alarcó explica que «solo el hecho de que su familia se hubiera identificado tanto con el partido nacionalsocialista hacía más simbólico este rescate por parte del barón. Era la manera que se le ocurrió de decir al mundo que él era distinto a sus antecesores». El resultado es espectacular. Un somero repaso a los lienzos que compró a lo largo de cuatro décadas, sobre todo en las dos primeras décadas, cuando adquiría a un ritmo de veinte telas al año, arroja una visión completa y muy rica de lo que fue el expresionismo alemán.

Este conjunto de artistas, de genética rebelde, tempestuosa, que renegaba del naturalismo y el impresionismo, apostaba por romper líneas, vivificar colores, quebrar las siluetas y encontró una belleza ultramoderna en lo inacabado, pero también sufrió las convulsiones del siglo XX. Sus biografías estuvieron alejadas de la visión del artista maldito o el creador encerrado en su taller. Vivieron la Primera Guerra Mundial (donde fallecieron algunos de ellos) y la Segunda Guerra Mundial. Afrontaron el Crack del 29 y el ascenso del nazismo que los condujo al exilio, la marginación y el vilipendio público de sus creaciones. «Cocina alpina», uno de los cuadros que abre la muestra, fue realizado por Kirchner en 1918, cuando todavía trataba de asimilar los traumas de la Gran Guerra.