“Pedro Páramo”: Realismo mágico... y la irrealidad de adaptarlo ★★✩✩✩

Pablo Derqui durante la representación de "Pedro Páramo" dirigida por Mario GasDavid Ruano Teatro Español

Autor: Juan Rulfo (versión de Pau Miró). Director: Mario Gas. Intérpretes: Vicky Peña y Pablo Derqui. Naves del Español en Matadero, Madrid. Hasta el 8 de noviembre.

No hay duda, se ha puesto de moda subir a los escenarios grandes títulos de la narrativa latinoamericana del último siglo. Primero fue “El coronel no tiene quien le escriba”, de García Márquez; luego, “La fiesta del chivo”, de Vargas Llosa; y ahora le toca el turno a “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo. Ahora bien, los resultados siguen sin ser muy satisfactorios. Se demuestra, por más que nos empeñemos, que el lenguaje, las técnicas y los secretos de la novela no siempre coinciden con los del teatro; a veces son, incluso, radicalmente distintos. Hacer por tanto un trasvase de un género a otro adecuándolo a las características específicas de este conllevaría, en algunos casos, no ya una adaptación al uso, sino más bien una reescritura completa de principio a fin, algo que tampoco creo que tuviera demasiado sentido.

Ni siquiera un equipo artístico de primerísimo nivel, como el que firma este espectáculo, puede salir airoso montando un texto como este que, francamente, lo permite tan mal. Porque la prosa de Rulfo, rebosante de magnetismo sobre el papel, suena sobre el escenario prolija y fatigosa; y la original hibridación y fragmentación de la trama, que se entiende y asume no sin dificultad al leer la novela, genera solo confusión cuando se está viendo representada. Como consecuencia de lo primero, la función se hace plana y aburrida. Y, como consecuencia de lo segundo, las voces narrativas se confunden, los planos temporales y espaciales se diluyen -sin que el espectador tenga claves para discernirlos cuando corresponde-, los personajes se amontonan y la sucesión de las escenas, en suma, termina desorientando al espectador a la hora de seguir con interés el curso de la acción. Solo cabe, pues, disfrutar hasta que caiga el telón del estupendo y complicado trabajo de Vicky Peña y Pablo Derqui, y del bonito y fantasmal espacio en el que Mario Gas ha sabido mover a los dos actores en un imposible intento de dar a la historia la cohesión y el ritmo escénicos que su propia naturaleza narrativa le está negando.

Lo mejor

Hay grandes profesionales y la producción está cuidada en todos los detalles artísticos.

Lo peor

El innecesario empeño de adaptar textos que poco pueden aportar teatralmente.