Crítica de “Otra ronda”: beberse la vida ★★☆☆☆

En "Otra ronda", Mads Mikkelsen lidera a un grupo de profesores que deciden experimentar con el alcohol
En "Otra ronda", Mads Mikkelsen lidera a un grupo de profesores que deciden experimentar con el alcoholLA RAZONLA RAZON

Título: Otra ronda (Druk). Dirección: Thomas Vinterberg. Guion: Thomas Vinterberg y Tobias Lindholm. Intérpretes: Madd Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang, Lars Ranthe. Dinamarca-Suecia-Holanda, 2020, 117 min. Género: Drama.

“Otra ronda” es la versión Disney de “Los idiotas”. Como si no hubiera entendido que Lars Von Trier dio por finiquitada su utopía antiburguesa en 1999, equiparando la hipocresía de las clases acomodadas (léase el cine de autor) con la de los presuntos revolucionarios (léase los creadores del Dogma, él incluido) que pretenden aniquilarlas, Thomas Vinterberg parte de una premisa similar a la del ‘enfant terrible’ danés -la transgresión como pacto comunitario para despertar de una vida anestésica- con el fin de llegar a una conclusión opuesta. La idea inicial de “Otra ronda” es moderadamente atractiva, sobre todo si estamos dispuestos a obviar que el gran descubrimiento que hacen los protagonistas -esto es, que un par de copas de vino pueden convertirnos en personas más desinhibidas y aventureras- tampoco es para tirar cohetes. ¿Qué ocurriría si cuatro colegas, aburridos profesores de instituto, se someten a un experimento social, que consiste en ir a trabajar con el justo grado de alcoholemia en sangre para sacar lo mejor de sus alumnos y de sí mismos? Lo previsible, al menos en manos de un cineasta tan moralista como Vinterberg, es que vayan subiendo la dosis hasta que la cosa se salga de madre, y aparezca la mano acusadora de la autodestrucción. Nuestro héroe, al que Madd Mikkelsen aporta una dignidad algo melancólica, se dará cuenta de que el exceso de alcohol no solucionará sus problemas de pareja, pero no todos sus colegas, oprimidos por la soledad o por el matrimonio, son de la misma opinión. Si “Otra ronda” logra evitar convertirse en una versión extendida de un anuncio de la Dirección General de Tráfico es porque apunta, a ráfagas, una cierta reflexión sobre la crisis de la masculinidad y porque termina con un baile catártico que ofrece una lectura ambigua al didactismo calvinista y de brocha gorda de Vinterberg. ¿Acaso ese fin de fiesta no augura más días de vino y rosas, o es la simple celebración de una claudicación vital? Seguro que Lars Von Trier habría respondido bebiéndose hasta la última gota de cerveza rubia.

Lo mejor: La escena final del baile neutraliza los moralismos que empañan su último tercio.

Lo peor: Que Vinterberg tire por la borda un buen punto de partida