Teatro

“Van pasando mujeres”: Ando sola y me río del rebaño ★★☆☆☆

La figura de Alfonsina Storni se recupera en la Sala Mirador
La figura de Alfonsina Storni se recupera en la Sala Mirador. Sala Mirador

Autora: Alfonsina Storni. Directora: Cristina Rota. Intérpretes: Cristina Rota, María Botto y Nur Levi. Sala Mirador, Madrid. Hasta el 30 de mayo.

Después de Walt Whitman, llega el turno ahora de Alfonsina Storni en el Ciclo de Poesía y Música que han puesto en marcha la Sala Mirador y La Rota Producciones. La propia Cristina Rota y sus hijas María Botto y Nur Levi ponen voz, acompañadas al piano por Alejandro Pelayo, a los poemas y textos seleccionados de esta interesantísima escritora argentina vinculada al Modernismo cuyos versos, despreciados por Jorge Luis Borges, fueron sin embargo muy aplaudidos por otros coetáneos ilustres como Amado Nervo o Gabriela Mistral.

En “Van pasando mujeres”, el espectador podrá escuchar una voz poética sumamente moderna y original que dimana de una autora descreída con respecto a la condición humana y ajena a las estructuras sociales que dejaban tan relegadas en su tiempo las inquietudes vitales y artísticas de la mujer. Sin duda, desde el punto de vista conceptual, la esencia de esa voz está bien capturada en los textos escogidos y en la acertada introducción que ha planteado Rota para la función: una hermosa carta del hijo de Storni, acerca de las cualidades humanas y literarias de su madre, que suena en off al tiempo que se suceden, proyectadas, algunas imágenes de la poetisa.

El problema, no obstante, radica en la falta de unidad en los registros y códigos cuando las distintas actrices se disponen a emitir esa voz. De este modo, la escuchamos excesivamente conversacional y explicativa si es Cristina Rota quien lee; muy dramatizada −tal vez demasiado− en los momentos en que recita María Botto; y más calibrada, y mejor acomodada al tempo y al espíritu de introspección que requiere un recital, cuando es Nur Levi quien ejerce de rapsoda. Por otra parte, llama la atención que no estén más aprovechados el piano y la bonita partitura de Alejandro Pelayo.

Lo mejor

El interés de la Sala Mirador por la poesía y por querer entregársela al público en un escenario.

Lo peor

Los problemas de acústica –llamativos en una sala tan pequeña– para escuchar con nitidez el texto.