La Compañía de las Indias Orientales: los abusos y matanzas que dieron lugar a la leyenda negra de los ingleses

El historiador William Dalrymple cuenta la trayectoria de esta empresa, un auténtico “Estado, disfrazado de mercader” que se erigió en dueño de la India

El anagrama de la Compañía de las Indias Orientales junto a la bandera inglesa
El anagrama de la Compañía de las Indias Orientales junto a la bandera inglesa©HubPages©HubPages

Esta es la historia de cómo unos hombres fundaron una empresa, la empresa se convirtió en una compañía, la compañía se dotó de ejército y derrotó a un imperio, después se erigió en dueño de la India por encima de legislaciones, políticos y gobernadores, y acabó constituyéndose en la primera multinacional, en «un Estado disfrazado de mercader», según Edmund Burke. Los ingleses todavía conservan en el horizonte de su mitología, sobre todo en estos ajetreados tiempos del Brexit y de cierta reafirmación nacionalista, la imagen victoriana de una Inglaterra colonial y amable que arribó a las costas asiáticas para dotar a esos pueblos alejados de su metrópolis de una lengua civilizada como la inglesa, un hito de la modernidad como resultó en su día el ferrocarril y, además, tener la gentileza de enseñarles cómo había que hervir las hojas del té y en qué adecuada porcelana había que servir la infusión a los invitados.

En Occidente todavía resulta confortable pensar que existen territorios que han avanzado gracias a la presencia de nuestros antepasados, pero William Dalrymple, que ya deshojó de heroísmo la intervención británica en Afganistán en un libro imprescindible, «El retorno del rey», ha decidido también apear de la mentalidad inglesa esta otra fantasía y mostrar a las bravas, sin concesiones ni paños calientes, qué fue realmente la Compañía de las Indias Orientales, cuáles fueron sus usos, a qué intereses servían y qué existe detrás de su célebre anagrama (no por algo este emporio era sinónimo de maldad para Jack Sparrow y sus célebres piratas del Caribe).

Los ingleses, tan reservados en sus sentimientos como precavidos con su historia, han tenido la cautela de mantener alejado del debate público a la Compañía de las Indias Orientales, que durante años ha sido sinónimo de explotación laboral, corrupción, guerras, abusos, violencia, sobornos políticos y otras lindezas de semejante jaez. Fueron pioneros en el desarrollo de lo que hoy llamamos «lobbying» y la primera empresa que tuvo que ser rescatada por un Estado, una operación arriesgada que puso al borde del abismo al Banco de Inglaterra y al mismo Gobierno. Por algo, en sus orígenes, fue fundada por «muchos ex corsarios caribeños que habían capturado barcos del tesoro españoles bajo el mando de Drake; en el lenguaje moderno, piratas», como asegura el historiador en «La anarquía. La compañía de las Indias Orientales y el expolio de la India» (Desperta Ferro).

Estos bucaneros, con el oro y la plata que habían acumulado del asalto a navíos –especialmente de una carraca portuguesa que portaba un botín valorado en 100.000 libras– y el apoyo que les concedieron pequeños accionistas y burgueses de negocios cotidianos, formaron una sociedad anónima comercial con el ánimo de competir con el empuje marítimo de los holandeses. Nadie podía prever lo que sucedió después: que desde una humilde oficina de Londres se manejaría todo un mundo.

Desde el punto de vista actual, la Compañía de las Indias Orientales sería sinónimo del éxito empresarial. «Después de cien años de historia, tan solo tenía 35 empleados fijos en su oficina central» y a cambio controlaban un territorio geográfico del tamaño de un continente. Pero esto también tiene un envés, como explica el autor: «Este reducido personal ejecutó un golpe corporativo sin parangón en la historia: la conquista militar, sometimiento y saqueo en vastas extensiones de Asia meridional». ¿Cómo pudo Gran Bretaña, una nación con un PIB mundial del 3%, conquistar el imperio mogol, el más grande que existía en ese momento y con un PIB del 37%? «Mientras que en el pasado los británicos habrían sido incapaces de enfrentarse a los mogoles, el XVIII fue el siglo de la revolución militar en Europa. La bayoneta y el mosquete habían reemplazado a la pica, y la infantería de línea y la artillería móvil habían tenido su primera aparición», comenta el historiador en una entrevista.

Y es que la Compañía, a secas, que es como se la conocía, llegó a tener su propio ejército. «En 1803, había entrenado una fuerza privada de cerca de 200.000 hombres –dos veces el tamaño del Ejército británico– y disponía de más potencia de fuego que ningún otro Estado nación de Asia. Un puñado de hombres de negocios de una isla distante situada en el confín de Europa gobernaba dominios» casi inimaginables para ninguna monarquía. «En poco más de cuarenta años, se había enseñoreado de casi todo el subcontinente (indio), cuya población sumaba entre 50 y 60 millones». Pero eso no eximía para que cuando se topaba con potencias extranjeras recurriera a la madre patria para que protegiera sus intereses. En esos momentos alegaba que era una corporación nacional y que el Estado debía socorrerla. ¿Les suena de algo?

De hecho, muchas veces los soldados ingleses tuvieron que entablar batallas solo para proteger sus intereses comerciales. ¿Cómo se consentía eso? Dalrymple lo explica: «La compañía gastó grandes sumas de dinero para obligar al Estado a intervenir en nombre de sus accionistas. Ya en 1624 se dieron casos de “lobbying” y de soborno a parlamentarios, con un nexo de corrupción por el cual parlamentarios accionistas de la Compañía votaron por medidas que llenaron sus propios bolsillos». Así, como insiste Dalrymple: «La Compañía compitió con el Estado británico en varios ámbitos, pero jugaba con una doble baraja. Cuando se vio amenazada por los franceses, le venía bien desempeñar el papel de ser una organización británica que necesitaba protección por parte del gobierno. Pero una vez que se ganó la guerra y se conquistó la tierra, de repente, la Compañía dijo: “Esto es nuestro, no tuyo, manos fuera”».

Su paso por la India dejó un poso de destrucción y saqueo. Lograron colarse en la administración local, establecer innumerables puntos comerciales, pero a la vez cobraban impuestos, desataron hambrunas devastadoras y arruinaron territorios. Los beneficios que obtuvieron son escandalosos y, a pesar de eso, rozaron la bancarrota. «El 15 de julio de 1772, los directores de la Compañía solicitaron al Banco de Inglaterra un préstamo de 400.00 libras». Unas semanas más tarde reconocieron que necesitaban, para cubrir su deuda, un millón. Una cifra estratosférica en ese tiempo.

Edmundo Burke, de nuevo, reconocería que «los problemas financieros» de la Compañía podían «arrastrar al gobierno, como una rueda de molino, a un abismo insondable... esta condenada Compañía, como una víbora, causará la destrucción del país que la acogió en su seno». Se produciría el primer rescate de la historia por parte de un Estado de una empresa privada. Dalrymple asegura que «al igual que con tantas otras corporaciones, como Lehman Brothers, la Compañía parecía ser un gigante en un momento determinado y, al siguiente, encontrarse en una situación de extrema debilidad». Y comenta qué lección deja: «Las multinacionales están cambiando tan rápido que necesitamos nuevas leyes para vigilarlas. Mira lo que pasó con Facebook y el careo entre Alexandria Ocasio-Cortez y Mark Zuckerberg sobre cuáles son exactamente las reglas de la red social sobre censura y hasta qué punto interviene en el proceso político. Estos son temas de enorme relevancia hoy en día y tienen su origen en la primera corporación que se involucró en política, que derrocó Estados, que protagonizó un cambio de régimen en el extranjero y que hizo herramienta común del “lobbying " y del soborno».

La compañía aportó algo esencial: la sociedad anónima, que hoy domina el destino de miles de personas. «A pesar del poder que ejercen hoy las empresas más grandes del mundo, son toros mansos en comparación con la militarizada Compañía de las Indias Orientales. Pero si algo nos enseña la historia en el pulso por el poder entre Estado y las corporaciones es que, aunque el primero pueda tratar de regular el funcionamiento de las segundas, estas utilizarán todos los recursos a su alcance para resistir. Al final, todo se reduce al dinero».

  • «La anarquía» (Desperta Ferro), de William Dalrymple, 560 páginas, 27,95 euros.

EL PODER IMPERIAL Y EL COMERCIAL

«La anarquía. La Compañía de las Indias Orientales y el expolio de la India» no es solo la historia de este emporio. Es también una lúcida reflexión que existe entre el poder imperial y el comercial, y la relación entre las empresas privadas y los Estados, y cómo se influyen recíprocamente. La Compañía no solo fue pionera a la hora de abrir espacios comerciales, también en impulsar maneras y prácticas que después se han perpetuado. Para William Dalrymple, es una manera de examinar «cómo el poder y el dinero pueden corromper y cómo el comercio y la colonización han cambiado a menudo al unísono, pues el imperialismo occidental y el capitalismo corporativo nacieron al mismo tiempo y ambos fueron, en cierto modo, los dientes de dragón que engendraron el mundo moderno». El libro pone de manifiesto cómo la ambición de unos hombres puede repercutir en vidas que se encuentran al otro lado del planeta, como justo sucede hoy. William Dalrymple recuerda: «La Compañía de las Indias Orientales sigue siendo, aún hoy, la advertencia más agorera de la historia acerca del peligro del abuso del poder corporativo y de los medios insidiosos mediante los cuales los intereses de los accionistas se pueden convertir en intereses estatales».