Cine

¿Por qué Cannes ha apostado por una ópera prima española?

«Libertad», el primer largo de Clara Roquet, concurre en la Semana de la Crítica del festival

«Libertad» supone el debut de las dos protagonistas jóvenes de la cinta, María Morera y Nicolle García (dcha.)
«Libertad» supone el debut de las dos protagonistas jóvenes de la cinta, María Morera y Nicolle García (dcha.)Semana de la Crítica de Cannes/EFE

La catalana Clara Roquet se une a la pandilla de cineastas españolas (Belén Funes, Diana Toucedo, Carla Simón, Meritxell Colell, entre otras) que conquistan los festivales internacionales con «Libertad», su ópera prima, seleccionada en la 60ª Semana de la Crítica de Cannes. Sensible retrato de una amistad adolescente entre Nora (María Morera), una chica burguesa, y Libertad (Nicolle García), inmigrante colombiana que llega a España para visitar a su madre, criada de la familia, después de muchos años de vivir separadas, la película se articula, con diáfana modestia, bajo dos ejes vertebrales que organizan los deseos y frustraciones de sus personajes, mayormente femeninos: la conciencia de clase, y los efectos secundarios de los prejuicios que se derivan de ella; y las relaciones maternofiliales, que se reflejan unas a otras revelando rimas y decepciones que traspasan esa conciencia de clase.

Transcurre en esos veranos en los que parece que el tiempo se para con el fin de revolucionar relaciones enquistadas y costumbres aprendidas. Y lo cierto es que Roquet, sin levantar la voz, nos hace sentir ese tiempo ligero y denso a la vez, siendo fiel al punto de vista de una adolescente que abre los ojos a la vida –hay al menos dos ritos de paso, opuestos pero complementarios, en la película– para darse cuenta de lo que pesará la memoria de esos días en un futuro incierto. Roquet nos recibe, desgraciadamente, por videoconferencia: ha contraído el Covid y no ha podido asistir al estreno de su filme en Cannes.

–Da la impresión de que «Libertad» es una especie de contraplano a sus dos cortos, «Les bones nenes» y «El adiós». ¿Cómo se plantea la continuidad entre la película y los otros trabajos anteriores como cineasta?

–«Libertad» surge de «El adiós». En aquel momento yo estudiaba en Columbia, estaba preparando el corto y había escrito un guion, titulado «Todos los veranos» y protagonizado por la familia de Nora, pero yo notaba que le faltaba algo importante. Para «El adiós» me entrevisté con muchas cuidadoras porque necesitaba empaparme de su experiencia, la mía estaba demasiado alejada de ellas. La mayoría eran de Bolivia y de Colombia, y tenían un trauma común: la tristeza que les provocaba haber dejado a sus hijos y a sus familias en sus países de origen para venir a España a cuidar a otras personas. Esta historia me tocó mucho y decidí escribir otro guión con Rosana (la madre) y Libertad como protagonistas. Un profesor de guión me dijo que, en realidad, estaba escribiendo la misma película.

–En un tiempo suspendido, en una casa de veraneo, «Libertad» tiene muy claro, por un lado, la mutua superioridad moral de clases sociales opuestas, que se manifiesta de manera muy distinta en la relación entre Nora y Libertad, y cómo eso se refleja en varias generaciones de mujeres.

–La película habla de si la amistad o el amor pueden vencer las diferencias de clase, y de si es posible que dos chicas que proceden de mundos tan distintos pueden llegar a tener vínculos de amistad reales. En cuanto a la relación entre madres e hijas, me interesaba explorar el tema de la identidad, de la identidad de clase, y de si se produce una herencia o un contagio entre generaciones y clases, y cómo las más jóvenes se rebelan contra ese destino que parece inmutable. Al final, la película se pregunta qué significa ser libre. Si todo tu tiempo está dedicado a servir a los demás, ¿eres realmente libre?

–¿La clase social es una prisión de la que no se puede escapar nadie?

–Cuando uno hace un esfuerzo y sale de su propio privilegio, quiero creer que es capaz de romper con los ciclos de opresión del que, de alguna manera, es víctima, pero que también genera. Quería que Libertad se sintiera superior, en cierto modo, a Nora. Que en esta relación de amor no carnal Nora tuviera que ganarse el respeto de Libertad, aunque luego la vida demuestra que las emociones, en muchas ocasiones, no tienen nada que ver con la clase.

–Es una película de miradas, que tiene muy en cuenta lo que permanece fuera de campo y lo que se visibiliza...

–Uno de los referentes que teníamos al filmar a Rosana era «Hammershoi», donde las personas están a menudo en un rincón, de espaldas, medio escondidas. A veces los personajes de «Libertad», sobre todo Rosana, son como objetos que se funden con la casa. Pero lo cierto es que, de lo que más rodamos, fue a Nora mirando, mirando cualquier cosa. La película explica cómo cambia su mirada.

–¿Cómo le enseñó a mirar a las actrices?

–María Morera es todo lo contrario a su personaje. Es graciosa, sexy, expansiva. Tiene quince años pero es muy rigurosa, fue fácil que contuviera toda esa extroversión. Nicolle García es lo contrario a Libertad. Reservada, le cuesta salir de sí misma. Yo quería una actriz que hubiera compartido experiencias parecidas a las de su personaje para que completara todo lo que yo no sabía sobre ese ambiente, y Nicolle es perfecta.

–Como guionista, ha trabajado con Carlos Marqués-Marcet y Jaime Rosales, y ahora también con Antonio Méndez-Esparta. Ha contribuido usted a lo que podríamos llamar «una mirada de autor». ¿Qué ha aprendido de ellos a la hora de dirigir?

–La importancia de que la película esté atravesada por una sola mirada. Como guionista, eso me hace sentir muy cómoda. Dirigir no era mi prioridad. Por eso, al principio, cuando realicé «Les bones nenes», estaba pendiente de recibir «feed back» de otras personas en las que confiaba. Pero al final todo eso tiene que desembocar en la construcción de una mirada propia.

–¿Cuáles son sus inseguridades como directora?

–¡Dirigir es muy difícil! ¡Me dejó agotada! Ahora estoy escribiendo dos guiones, con Carlos Marqués y Elena Martín. Hay algo en la dirección que está ligado a la idea de autoridad, y a mí nunca me ha gustado mandar. En los cortos no tenía esa sensación porque trabajaba con amigos, compartía más que daba órdenes. Eso es lo que busqué en «Libertad»: que todo el equipo fuera muy afín para que el set de rodaje fuera tranquilo, relajado, sin gritos.