“La pasión de Yerma”: Esa pesadilla recurrente llamada Lorca ★★☆☆☆

María León en "La pasión de Yerma"
María León en "La pasión de Yerma"SedaTeatros del Canal

Autora: Lola Blasco a partir de Yerma, de Federico García Lorca. Directora: Pepa Gamboa. Intérpretes: María León, Jorge Monje, Lucía Espín, Mari Paz Sayago y Diego Garrido. Teatros del Canal, Madrid. Hasta el 18 de julio.

Como no quería caldo la semana pasada, cuando me quejaba en esta sección del permanente bombardeo que hay en la cartelera con Lorca, pues, hala, ya tengo aquí una segunda taza. Sí, ¡otra vez Lorca! La obra en cuestión, dirigida por Pepa Gamboa y protagonizada por María León, se llama “La pasión de Yerma” y está escrita en realidad, o reescrita, por Lola Blasco, pero tanto da; el caso es sacar a colación de algún modo al escritor granadino para hablar de lo que sea, que así se vende mejor.

Lo que me resulta más curioso –y sé que más de uno se va a llevar las manos a la cabeza por esto que voy a decir– es que se eche mano de un autor que, en verdad, no soporta nada bien ese permanente intento de “contemporaneizar” sus obras.

Fuera del contexto poético, repleto de símbolos, en el que se inscriben sus tragedias –un contexto imbuido de tremendismo y, por tanto, también de efectismo, no lo olvidemos–, Lorca es mucho menos Lorca. Lo que prima en él no es el estudio de la compleja psicología humana –la psicología de sus personajes es bastante primaria de hecho–, sino la estilización poética de unos caracteres marginales a los que observa desde su privilegiada atalaya de hombre culto para construir con ellos una mitología particular y deslumbrante. Nos pongamos como nos pongamos, ni las tramas de Lorca son transferibles a cualquier entorno social y humano, ni sus personajes son de una riqueza tan apabullante como para permitir seguir encontrando en ellos nuevos rincones por iluminar. Es más, en el caso concreto de “Yerma”, el tratamiento de la maternidad que hace el escritor puede ser cualquier cosa menos moderno, por más que nos empeñemos a toda costa en que lo sea.

Y así ocurre lo que ocurre cada vez que vemos montajes como este, con ese afán por ofrecer una pretendida, y a la postre inane, “visión contemporánea”: que todo está forzado, que no se sabe por qué Yerma va en camisón y descalza a todas partes mientras los demás la acompañan vestidos como leñadores canadienses, que tampoco se entiende qué hace Víctor en ese constreñido entorno rural con las uñas pintadas, por mucho que se apunte una relación homosexual con Juan; y que a uno, en definitiva, le resultan cansinas y simples las conductas y las motivaciones de todos los que por allí pululan. Sea heterosexual u homosexual –como aquí se insinúa sin que ello aporte nada sustancioso–, Juan se nos antoja invariablemente, en este tipo de espectáculos, como un cenutrio insoportable, y Yerma como una timorata pesadísima a la que todos los espectadores hoy, en pleno siglo XXI, gritarían con gusto: ¡espabila, por Dios; espabila y manda todo a la mierda, con el tarugo de tu marido incluido, que Nora ya lo hizo hace un siglo y medio sin querer ir de moderna!”.

Lo mejor

La divertida y desengrasante composición que hace Mari Paz Sayago del personaje de Dolores.

Lo peor

La escena de María león rompiendo las sábanas es casi ridícula.