Fernández Flórez vivió en primera persona el terror de los días bélicos de Madrid. En la imagen, frente a la Puerta de Alcalá, un grupo de madrileños con una bandera nacional, espera la llegada de las tropas de Franco.Foto: BNCBCN

Fernández Flórez, el justo rescate de la otra memoria de la Guerra Civil

Ediciones 98 recupera “Una isla en el mar rojo”, una de sus mejores obras y la crónica, entre la realidad y la ficción, de lo que vivió en el Madrid de la contienda

La Guerra Civil española se ha convertido prácticamente en un género literario por sí misma. Son muchos los autores que han escrito sobre ella, pero tienen un especial valor aquellos que la vivieron, los que hicieron de su propia experiencia el tema de sus libros. La lista es extensa en los dos bandos, aunque probablemente los del lado republicano son los que han conseguido un especial eco gracias a obras como, por ejemplo, «La llama», la tercera entrega de la magnífica trilogía de Artur Barea «La forja de un rebelde». Eso ha hecho que determinados autores y títulos hayan quedado aparentemente silenciados, como si fueran una injusta moda pasada pese a lo potente de sus prosas, pese a lo valioso de sus palabras, pese a lo necesario de sus testimonios. Y todo por un juicio extraliterario. Alguien que había sido devorado por ese mismo relato, Josep Pla, se lo resumió muy bien a Salvador Dalí, otra víctima de estos ataques que aún perviven: «Usted, señor Dalí, no ha sido nunca atacado en este país por razones pictóricas –a pesar de ser tan desconocido. Ha sido atacado por razones políticas grotescas».

Es lo que ha pasado con novelas como «Madrid de corte a checa», de Agustín de Foxá, un fresco de la ciudad en los días previos y posteriores al golpe de Estado. Francisco Umbral lo calificó como «un panfleto de derechas, pero el panfleto elevado a categoría estética». A otros, como al gallego Álvaro Cunqueiro, se le pidieron cuentas por dedicarle un soneto a José Antonio, algo a lo que respondió diciendo que «¡ah, sí! Uno mío muy malo. Me lo pidieron Rosales y Laín… No tengo que avergonzarme. Es algo que haría también por Lord Byron, porque siempre que un hombre joven muere por sus ideas, se merece un soneto por lo menos». Es entre esta controversia en la que ha acabado oculto Wenceslao Fernández Flórez, pasando por un purgatorio del que parece estar saliendo en los últimos años.

Para muchos, Fernández Flórez ha pasado a ser el autor de una excelente única novela, «El bosque animado». Y no es así. Su obra completa, hoy casi objeto de lujo y caza mayor en librerías de viejo, merece ser rescatada y redescubierta. Ese milagro que hasta ahora parecía un imposible es el que está ahora obrando Ediciones 98 al empezar a rescatar algunos de los mejores ejemplos de la prosa de este autor. Es el caso de «Una isla en el mar rojo», la antesala de la próxima aparición de la obra inédita, en español, «El terror rojo» en este mismo sello y que solamente se había publicado en portugués por voluntad de su autor.

Milicianas en el frente de Madrid durante la Guerra Civil española

Fernández Flórez fue, entre otras muchas cosas, un reportero. Buena prueba de ello son sus excelentes crónicas, tanto en la Prensa gallega como en la madrileña, hasta el punto de ser el sucesor de Azorín al frente de sus crónicas parlamentarias en «Abc». No escondió su personal ideario conservador, algo que plasmó en sus «Acotaciones de un oyente» en dos etapas: una primera entre 1916 y 1921, y otra entre 1931 y 1935. Los primeros momentos de la guerra cogieron al escritor en un Madrid que trata de defenderse del ataque de los sublevados, a la vez que pone en marcha su particular represión con aquellos opuestos al Frente Popular. Es el Madrid en el que, por ejemplo, Buñuel tiene que ir a dar la cara por José Luis Sáenz de Heredia para que no acabe paseado, o donde Pepín Bello trata de buscar refugio mientras empieza a comprobar que muchos de sus amigos han sido asesinados. Es el Madrid de las bombas donde Hemingway se pasea como el que va a la búsqueda de un tigre. Es el Madrid en el que Sánchez Mazas logra esconderse en la embajada de Chile, donde empieza a escribir «Rosa Krüger», la ambiciosa novela que deja inacabada y que lee todas las noches a sus compañeros de encierro.

Fernández Flórez, al igual que Sánchez Mazas, se refugia en una embajada, todo ello para evitar el ser detenido y asesinado por los milicianos, los mismos con los que casi se cruza en la escalera de su casa cuando van a buscarlo. Por unos pocos minutos, logra salvar milagrosamente la vida. Recorriendo Madrid, sin rumbo fijo, al final para ante dos embajadas, la argentina y la holandesa. Posteriormente, gracias a la intermediación de Julián Zugazagoitia, llega a Valencia, y allí embarca con destino al extranjero. El escritor, un hombre de paz, quedará como muchos herido para siempre por el horror vivido, por salvar el pellejo ante la llegada de los fusiles. De eso se nutre esta novela ahora justamente rescatada.