Literatura

Guerra Civil : “La vaquilla” y Gila no estaban tan equivocados

Fernando Ballano publica “Tierra de nadie”, una manera distinta de contar la Guerra Civil desde la confraternización, humanidad y sentido común

Ballano expone las relaciones, al margen del conflicto bélico, que se vivieron durante la Guerra Civil
Ballano expone las relaciones, al margen del conflicto bélico, que se vivieron durante la Guerra Civil FOTO: Arzalia Ediciones Arzalia Ediciones

Pocos conflictos bélicos han provocado más controversia y generado tan ingente cantidad de publicaciones como la Guerra Civil española, novelas, ensayos, películas, canciones, carteles, documentales, todos ahondando en una brecha abierta por la intensa carga ideológica de cada una de las llamadas dos Españas “envenenadas por el odio de clase y por la propaganda, a pesar de una tercera más numerosa, pero tan silenciosa que pasó inadvertida”, como afirma Eslava Galán en el prólogo del el ensayo que publica Fernando Ballano, “Tierra de nadie. Otra manera de contar la Guerra Civil” (ARZALIA Ediciones), que rompe con ese enfoque de división y ofrece una óptica menos conocida y totalmente novedosa de nuestra contienda.

Ballano ha pretendido estudiar la Guerra Civil “desde la perspectiva de los actos de confraternización, humanidad y sentido común, de todo tipo, que se dieron durante el enfrentamiento, muchos de ellos entre las dos líneas del frente, en la denominada tierra de nadie”. Sobre esto, Eslava Galán señala “la importancia que daba Unamuno a la intrahistoria, a los aconteceres cotidianos que no merecen la atención de los periódicos, de todo aquello que está a la sombra de los grandes hitos históricos y, sin embargo, determina la verdadera Historia, con mayúscula”.

Otra fotografía del libro "Tierra de nadie"
Otra fotografía del libro "Tierra de nadie" FOTO: Arzalia Ediciones Arzalia Ediciones

Esa es la esencia de este libro, afirma el autor, “muchas veces lo más importante no es lo que dicen, sino lo que callan, que es lo más relevante, y buscarlo es la principal labor de un historiador o investigador”. Por eso lleva recopilando información desde 2012, “memorias de gente no conocida, de la vida diaria en el frente, que luego he organizarlo por temas”. Parte de que la mitad de los españoles hicieron la guerra en el bando equivocado en un primer capítulo dedicado a la “lealtad geográfica”, de los abundantes casos de familiares directos que quedaron en bandos distintos y no siempre coincidiendo con su ideología, lo que hizo que muchos intentaran cambiar de lado. “Hay casos de militares profesionales separados, unos porque les tocó y otros por ser fervientes partidarios, lo que demuestra que no siempre fue un problema de lucha de clases, sino una cuestión de ideologías, tan exacerbadas que eran las nuevas religiones del siglo XX, dos totalitarismos muy distintos que dominaban y la gente tomó partido por uno u otro. La propaganda simplificó mucho los mensajes, democracia contra fascismo por un lado y patria-religión contra comunismo por otro, pero fue algo más que una decisión maniquea entre dos ideologías totalitarias y fanáticas”, afirma.

Ballano cree que este estudio es necesario porque pone el acento sobre las similitudes en lugar de sobre las diferencias y en lo que hubo de humanidad en medio de la locura y la sinrazón, en lo que ocurría en esa denominada tierra de nadie. Sin embargo –explica-, esta confraternización fue algo que ambos bandos pretendieron impedir y negar, se prohibió hablar con los de enfrente o intercambiar con ellos cualquier cosa bajo la amenaza de graves castigos a los infractores. “A pesar de ello, hubo interacciones de todo tipo. A veces estaban muy cerca y charlaban de una trinchera a otra, otras discutían y se insultaban, se pedían favores o se daba el conocido intercambio de tabaco por papel de fumar, que fue muy común. Muchos descubrían que eran del mismo pueblo y se escribían.

Una de las fotografías que forman parte del libro de Ballano
Una de las fotografías que forman parte del libro de Ballano FOTO: Arzalia Ediciones Arzalia Ediciones

En frentes tranquilos sin operaciones bélicas se retaban entre ellos o quedaban para jugar una partida de cartas e incluso partidos de fútbol -yo he recogido 3 o 4 organizados de testimonios directos, explica-, porque pasaban meses unos enfrente de otros y algo tenían que hacer. Hay casos -prosigue el autor-, que quedaban en esa tierra de nadie entre unas trincheras para recolectar, se invitaban a comer, se retaban a quién comía mejor o hacían recogida de cadáveres juntos. Por otro lado, como fue una guerra de propaganda, llevaban al frente camiones con grandes altavoces lo más cerca que se podía y se emitían consignas e informaciones sesgadas para minar la moral del adversario, pero para hacerlo más atractivo, también emitían música y si no, cantaban ellos a dúo de una trinchera a otra, una tocaba la guitarra y la de enfrente cantaba. Era una forma de humanizar la situación un poco en medio de tanta locura y de la dureza de la guerra”, explica el historiador.

Dentro de esta confraternización, el autor destaca que muchas veces el enemigo estaba dentro del mismo bando. “Comunistas y anarquistas tuvieron una guerra entre ellos, comunistas y socialistas más solapada, pero también, trotskistas y estalinistas, falangistas y requetés en el bando sublevado y, por supuesto, entre los jefes, que a veces se llevaban a matar. En los nacionales había muchas peleas entre generales y en los republicanos dentro de los partidos, pero la principal era el jefe como enemigo, los soldados muchas veces temían más al oficial o al sargento propio que al de enfrente y, en frentes tranquilos donde no había batalla, el problema era el jefe que te podía sancionar”, asegura. Pero también hubo enemigos comunes a ambos bandos, los piojos, las chinches, el frío, el hambre o enfermedades. “Ese fue un tercer ejército que participó en la guerra y que lucho contra los otros dos y, lógicamente fue la tropa, quien más lo sufrió. Hubo más bajas por enfermedades comunes que por munición”, afirma.

Al final resulta que lo de Gila o “La vaquilla” no iba tan descaminado. “Las bromas de los soldados que a falta de balas insultaban, parar la guerra de mutuo acuerdo para dormir la siesta, los partidos de fútbol, el intercambio de tabaco…fueron reales. Muchas veces la realidad supera la ficción -señala Ballano-, Gila sacó muchos chistes de situaciones de la guerra, suyas o de otra gente, y lo que ocurre en la película de Berlanga era más normal de lo que parece, porque la gente tenía que seguir viviendo. El libro de Ballano está lleno de documentos y testimonios reales sobre todo esto. De ellos destaca el que más le gusta: “Un soldado nonagenario del Batallón Alpino de la República, en una entrevista realizada en 2008, entre otras cosas, declaraba algo que para mí resume parte de la guerra y su locura: “Una vez empezaron a dispararnos y uno de nosotros gritó: “¡Pero no dispares más, hombre, que le vas a dar a alguien! ¡Y pararon!””.