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Teatro

“El pato salvaje”: imposiciones morales y otras catástrofes ★★★☆☆

"El pato salvaje", en el Teatro de la Abadía FOTO: LUZ SORIA

Obra: El pato salvaje. Autor: Henrik Ibsen. Versión: Pablo Rosal. Director: Carlos Aladro. Interpretación: Juan Ceacero, Pilar Gómez, Nora Hernández, Ricardo Joven, Javier Lara, Jesús Noguero y Eva Rufo.

Teatro de La Abadía. Desde el 17 de mayo hasta el 19 de junio de 2022.

Después de su cese como director del Teatro de La Abadía, Carlos Aladro regresa a esta sala madrileña para poner en pie una extrañísima aproximación a El pato salvaje que él mismo había programado antes de su destitución. Pablo Rosal firma una versión del texto de Ibsen que soslaya gran parte del sentido metafórico -muy presente en el original a lo largo de toda la trama- que tiene el animal al que hace referencia el título y que escamotea, por tanto, uno de los dos temas fundamentales de la obra: el de la imposibilidad de reparar los daños que ocasionamos a otras personas construyendo para ellas paraísos artificiales. Sí está mejor sostenido el otro gran asunto, que está hoy de plena actualidad, por cierto, y que, digamos, se conecta con el anterior: la contumaz propensión moralista de una parte de la sociedad –representada aquí en el personaje de Gregers Werle- a inmiscuirse en las vidas ajenas para imponer en ellas unos principios propios que consideran incuestionables y necesarios para todo el mundo. Hay una lectura muy inteligente, por otra parte, del personaje del doctor Relling, que tiene mayor presencia en la versión de Rosal y que funciona como gran antihéroe romántico: un tipo descreído, borrachín, cínico y listo, con alma de poeta, que es el único capaz de intuir la tragedia que se avecina. Como no podía ser de otra manera, el actor Jesús Noguero aprovecha la oportunidad y hace un Relling absolutamente memorable; pero además da una lección de lo que significa componer personajes al interpretar también, con la misma hondura y complejidad, a alguien tan diferente al médico dipsómano como es el señor Werle.

Pero lo que yo calificaba como extraño no es tanto la versión como el tono que el director ha querido dar a todo el conflicto. Podría decirse que la atmósfera límpida y realista del drama de Ibsen ha sido deliberadamente sustituida por ese otro clima de vaporosa ociosidad que envuelve las comedias de Chéjov; asimismo, la penetración psicológica del noruego para dar entidad a los personajes ha sido reemplazada por una mirada mordaz que los arrastra a una especie de farsa. Esto se advierte bien en el personaje de Hjalmar Ekdal, al que el actor Juan Ceacero –cabe suponer que por indicaciones de Aladro- ha convertido casi en un clown. La verdad es que desconcierta un poco ese histrionismo en unas situaciones que quizá el director ha querido desbocar para hacer evidente el patetismo de Hjalmar, pero que no dejan de tener un fondo más dramático que puramente cómico.

En cuanto al resto de interpretaciones, hay que destacar a Eva Rufo, que saca todo el partido posible, y más, a un personaje, Gina, que es el motor de toda la trama, pero que tiene en verdad muy poco peso en el curso de la acción; a Javier Lara, que sabe sumir a Gregers en una adecuada ambigüedad para que su conducta resulte a un tiempo bienintencionada y sibilina; y a la joven Nora Hernández, de la que poco sabíamos hasta ahora y que demuestra, en la piel de Hedvig Ekdal, tener un potencial que, seguro, dará muchas alegrías en un futuro muy próximo a todos los espectadores.

Por último, cabe resaltar el dinamismo que ha conseguido imprimir Aladro en la narratividad de la historia, acercándola a unos ritmos más actuales y aprovechando al máximo un espacio en el que luce, además, la escenografía de Eduardo Moreno, que, como ocurre siempre en sus trabajos, aúna muy bien belleza y funcionalidad.

Lo mejor: La propuesta permite ciertos juegos interpretativos que algunos actores aprovechan muy bien.

Lo peor: Esa manía, tan de moda en el teatro actual, de tomar al espectador por tonto y tratar de explicarle lo que está viendo.