Cultura

El terror ruso: de la Cheka al KGB

La imaginación calenturienta de las fuerzas en la sombra soviéticas no tenía límites: ayuno extremo, palizas, martillos, insomnio... Todo valía para torturar a sus víctimas

Algunos miembros de la Cheka, la primera organización de inteligencia política y militar soviética, en 1919
Algunos miembros de la Cheka, la primera organización de inteligencia política y militar soviética, en 1919 FOTO: Wikiwand
La fecha: 1922. El término estridente de Cheka se sustituyó por el de GPU (Dirección Política del Estado), y más tarde por el de GPU Unificada, con las siglas OGPU.
Lugar: Moscú. A la GPU le sucedió la NKVD, policía dependiente del Comisariado del Interior; y en 1954, el KGB, donde Putin fue teniente coronel.
La anécdota. Los verdugos de la GPU empleaban porras de caucho, martillos o saquitos de arena para no dejar señales durante las interminables palizas en las celdas.

Concluida la Guerra Civil, Lenin quiso pasar página volviendo a la rutina cotidiana de una Rusia liberada y victoriosa. La Cheka carecía así de sentido en un país donde ya no sucedía nada extraordinario que requiriese la actuación de esa comisión del terror. Al menos en apariencia. En esta nueva etapa, el bolchevismo pensó en trabar relaciones con el extranjero mientras emergía con fuerza la Nueva Economía Política (NEP) impuesta por Lenin en el X Congreso: supresión de las requisas, libertad de comercio y de la producción artesana, beneficios para la inversión extranjera... En realidad, el término estridente de Cheka fue sustituido en 1922 por el de GPU (Dirección Política del Estado), y luego por el de GPU Unificada, es decir, OGPU. Siglas que merecieron la interpretación irónica del periódico satírico «La Voz del Pueblo»: «Gospodi, Pomilui, Ussopchiie» que, traducidas al castellano, significaban «Señor, dad gracias a los difuntos».

Dotada de un estatuto legal, la recién nacida GPU ampliaría en la práctica las competencias de la antigua Cheka y en modo alguno supondría el fin del terror. Con la nueva GPU surgieron tres formas de calabozos de castigo. El más sencillo era una celda con las ventanas tapiadas, en cuyo interior el prisionero carecía de luz y de camastro. Por si no bastaba con eso, se le sometía al procedimiento de «la estufa» o al de «la nevera».

La estufa se situaba sobre la cueva de los baños y producía una atmósfera asfixiante y abrasadora. La nevera estaba en las mismas cuevas, cuyo suelo inundado de agua helada cubría los pies del detenido. Tampoco tenía éste un lecho en el que recostarse, ni unas letrinas para hacer sus necesidades. Dormir y evacuar, si es que podía, lo hacía sobre el agua pestilente infestada a veces de ratas.

Los agentes de la GPU recurrían a la tortura siempre que era necesario. El suplicio oriental «del insomnio» impedía que la víctima pegase ojo durante días o semanas incluso. Sentado en una silla, el prisionero enloquecía o claudicaba ante el chekista que, relevado por un compañero cada dos horas, le gritaba al oído, le pinchaba con un objeto punzante o le hacía cosquillas para evitar que se durmiese.

Otra forma de tormento era el «del espejo». Se encerraba desnudo al detenido en una habitación fuertemente iluminada, cuyas paredes, techo y suelo estaban recubiertos de espejos superpuestos que escaldaban incluso los ojos cerrados y quebrantaban el ánimo más firme. El «salto del ángel» era otra sádica invención: un largo jirón de toalla se colocaba entre los dientes del detenido, igual que un freno de caballo. Los extremos del harapo se pasaban por detrás de sus hombros y se le ataban a los tobillos. Luego, panza abajo y con la columna doblada hacia atrás, se mantenía al preso sin agua ni alimento durante cuarenta y ocho horas.

La imaginación calenturienta no tenía límites. Otro método consistía en encerrar al detenido con el torso desnudo en un armario infestado de chinches. Al principio éste se defendía, aplastándolas contra las paredes o el techo. Pero luego, debilitado ya, se resignaba a que centenares de sabandijas siguieran chupándole la sangre. Había otros martirios menos sofisticados pero igual de eficaces, como el «del arenque» salado que era dado como único alimento a la víctima. Con el grifo del agua a su alcance custodiado por un guardián armado, era fácil imaginarse la tremenda desesperación que asolaba al sediento infeliz. Y las palizas estaban a la orden del día. Los verdugos empleaban porras de caucho, martillos de madera o saquitos de arena para no dejar señales. Si el prisionero aguantaba las horribles torturas, siempre le aguardaba el mismo final: morir ante un pelotón de fusilamiento.

A la GPU le sucedió la NKVD («Narodniy Komissariat Vnutrennij Del»), policía política dependiente del Comisariado del Interior. Eran las nuevas siglas de la antigua Cheka y de la GPU desde 1934. Simplemente, el terror policial volvía a cambiar de nombre. Igual que sucedió con el KGB, llamado en realidad Comité para la Seguridad del Estado y constituido como el aparato principal de la policía secreta de la URSS desde 1954 hasta 1991.

Vladimir Putin, por cierto, fue agente del KGB destinado en Dresde, la capital de Sajonia en la antigua Alemania Oriental (RDA), entre 1985 y 1990. Había ingresado en 1975 en la policía secreta soviética, donde alcanzó el grado de teniente coronel. Como espía avezado, tuvo oportunidad de conocer sin duda la temible historia de la policía secreta casi como el pasillo de su dacha.

El primer crematorio

En diciembre de 1918, los cadáveres se amontonaban frente a los cementerios de todas las ciudades importantes de Rusia. Con el primaveral deshielo, llegaron las epidemias. El régimen se planteó la incineración para hacer desaparecer los cuerpos y evitar enfermedades. El primer crematorio se inauguró en diciembre de 1920, en Petrogrado, futura San Petersburgo y donde nació Vladimir Putin. Pero apenas podía despachar un centenar de cadáveres mensuales, y se optó por el enterramiento colectivo. Se calcula que en las fosas de Butovo, cerca de Moscú, se hacinaron durante la era estalinista unos cien mil restos, y doscientos mil más en la necrópolis de Bikovna, en Ucrania. La Cheka panrusa de Dzerzhinsky sería terrible, prodigándose las matanzas en los locales de una antigua compañía de seguros de vida –ironías del destino-, en la plaza Lubianka, próxima al Kremlin, donde el primer mandatario de la policía secreta instaló su cuartel del horror.