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Lengua

Del lenguaje inclusivo a su uso partidista: el reto de cuidar la palabra

En "Somos lengua", el corrector y editor Álex Herrero analiza la convivencia de la lengua con el clima social, así como con los avances tecnológicos o con los debates políticos actuales

La palabra "español, la" en el diccionario de la RAE
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La palabra otorga libertad y a la vez sentencia. Es herramienta que vela por el consenso, que es base de la comunicación, así como también sirve bien de bastón y de puñal. La palabra conquista, despista, aterroriza y categoriza. Hay palabras raras, y no por ello en desuso, y otras bellas, las cuales, independientemente de su significado, hasta gusta pronunciar: “lagartija”, “folio”, “estraperlo, “hagioscopio”... Vivimos junto a ella, a veces incluso gracias a ella, o por culpa de ella, por lo que la lengua, compuesta por palabras, “es algo más que un elemento que permite comunicarnos. Es el mayor tesoro inmaterial que tenemos, y para poder entender su magnitud es importante ver de dónde proviene, qué lo hace especial”, explica a este diario Álex Herrero, corrector, editor, divulgador, profesor y autor de “Somos lengua” (Destino). En esta obra, no solo aborda el recorrido histórico del lenguaje humano, “que es fruto de siglos y siglos de historia, identidad, cultura o folclore”, apunta, sino también su convivencia con la tecnología, con los avances sociales, con los debates actuales o con algo tan cotidiano como el insulto, la redundancia o la forma correcta de referirse a los miembros de una familia.

Sin duda, la lengua convive y se relaciona continuamente con la sociedad, la cultura, la economía o la política. Con esto, asegura que “por supuesto, quien manda en nuestra lengua es la sociedad. No tengo ninguna duda. La RAE, la Fundéu, son instituciones que, siguiendo criterios lingüísticos, describen cómo los hablantes usamos la lengua, y buscan la forma de fijar y clasificar nuevos usos y nuevas normas que creamos”. Por ello, es nuestra responsabilidad la de, “si nuestro objetivo es alcanzar una sociedad integradora y plural, cuidar nuestras palabras”. Y en este sentido entra en juego ese debate aparentemente inacabable del lenguaje inclusivo. Herrero opina que “la lengua no es el problema, sí lo es el uso que nosotros hacemos de esta”. Se refiere a que, durante siglos, los hablantes hemos incorporado, “principalmente de forma inconsciente, tópicos, expresiones o términos que no encajan en una sociedad heterogénea del siglo XXI”. Pero apunta que trabajar por un lenguaje inclusivo “no debe centrarse en alterar un sistema gramatical, sino en revisar nuestra 'mochila lingüística', desterrar aquellas palabras y expresiones que puedan ser ofensivas”.

La lengua es, por tanto, inocente. No tiene pretensiones, ni intenciones, sino que es en sí misma el reflejo del desarrollo y la evolución del ser humano a lo largo de la historia. No obstante, dice Herrero que “el uso que se hace de ella no es tan inocente. Me llama la atención que algunos políticos se aferren a antiguos participios de presente -del que carece el español- para evitar formar femeninos de profesiones como 'la presidenta', y que utilicen de forma natural otros que también provienen de ese participio latino, como ocurre con 'la asistenta'”. En este sentido, prueba hasta qué punto las palabras “son herramientas de trabajo para los políticos. Antes de los hechos, van las promesas, a saber, palabras. Con ellas buscan captar votantes y afianzar a los suyos”, explica. Por otro lado, la política también aporta al lenguaje, esta vez ofreciendo nuevas connotaciones -no siempre precisas o acertadas- a muchos términos. Es el caso, ejemplifica Herrero, “de 'ideología', que antes era visto como algo bueno, o de 'libertad', que se ha reivindicado tradicionalmente desde la izquierda. Ahora, parece todo lo contrario. Y qué decir de dulcificar la 'violencia machista' con la expresión 'violencia intrafamiliar', o el peso que están perdiendo palabras como 'golpista', 'ilegítimo' o 'autócrata'. Hay que tener cuidado”.

Engañar y callar

Hoy día debemos ser escrupulosos. No importa a qué ámbito se aplique: debemos serlo tanto con el lenguaje como con su uso, pues especifica Herrera en su libro que la lengua “sirve tanto para engañar como para no ser engañado”. Pero, ¿no resulta cada vez más fácil ser engañados gracias a la desinformación? “Es una cuestión altamente preocupante”, continúa el autor, “debemos entender, como hablantes, que nuestros congéneres pueden usar la lengua con finalidades sumamente dañinas y peligrosas. Toca ser críticos tanto con el significado de las palabras y los términos escogidos como con lo que callan”. En este sentido, y en una época en la que convivimos con la tecnología y con las facilidades comunicativas que otorga internet, asegura que “ni cada generación habla peor, ni estamos empobreciendo el idioma”. Al contrario: Herrero percibe en las posibilidades de internet “una maravilla, pues nos ha permitido acabar con fronteras geográficas y da lugar a que muchas megalenguas entren en contacto unas con otras de manera fascinante”. Por ello, la Inteligencia Artificial, que tanta preocupación suscita, entre otros, en los ámbitos culturales, como se ha visto recientemente en Hollywood o en el aumento de la piratería editorial, no es una amenaza para nuestra lengua. Esta herramienta, dice Herrero, “podría ser una gran aliada lingüística, y carece de todo el contexto histórico que tenemos los hablantes, así como de las vivencias y referencias que salpican nuestro idioma. Por eso, será muy raro que despliegue algún rasgo imaginativo, entienda los dobles sentidos o se ría con los chistes de Jaimito”.

La palabra y la lengua son, por tanto, necesarias, inocentes, delicadas y supervivientes: “Son un ente vivo que superan obstáculos sin nuestra ayuda desde hace muchísimo tiempo”, asegura el profesor. Y, de escoger un gran riesgo al que se enfrenten actualmente, señala “los extranjerismos innecesarios que utilizan cada vez más personas, especialmente anglicismos, y también debemos darnos cuenta de que en determinados contextos informales tendemos a saltarnos las normas ortográficas, gracias a las cuales todos nos entendemos”. En definitiva, cuidar nuestra lengua es primordial, pues es patrimonio y base vital de cada uno de nosotros. El español “es muy valioso, e infectarlo o prescindir de las normas no hace más que empobrecernos como hispanohablantes”, concluye Herrero.