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Pollini, el peso de la edad

Tiempo de lectura 2 min.

13 de febrero de 2019. 00:07h

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Gonzalo Alonso.  13/2/2019

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Obras de Chopin y Debussy. Piano: Maurizio Pollini. Auditorio Nacional. Madrid, 11-II-2019.

La expectación era enorme. No cabía un alfiler en el Auditorio Nacional. No había sido así en los anteriores recitales de la Fundación Scherzo, habitualmente con bastantes claros. ¿Qué razón había para tal lleno? Sin duda, el nombre de Maurizio Pollini. La fama por encima de sus actuales virtudes. De lo que su nombre no fue responsable fue de las enormes colas en el Auditorio, con solo dos puertas abiertas por falta de personal. Hay que solucionarlo ya. Pollini es artista de fina intelectualidad, amante de la introspección, de musicalidad sin tacha, objetivo más que pasional, con una técnica imponente... Uno de los grandes pianistas de los últimos sesenta años. Pero el tiempo pasa y pesa más para unos que para otros. Ha cumplido los 77, bastantes para conservar ágiles las manos, pero otros –Rubinstein, Arrau, etc– alcanzaron esa edad con más cosas que mostrar de las que Pollini puede mostrar hoy. Escuchar a Pollini tocar Chopin es como escuchar a Gruberova cantar Bellini. Chopin llevó el belcanto al teclado y, si Gruberova llevó poder y plasticidad a las melodías cantadas, otro tanto hizo Pollini al piano. Claro que para muchos la «Casta diva» es la de Callas, como para otros los «Nocturnos 1 y 2» son los de Rubinstein. Cuestión simplemente de gustos. Volvió a acceder al escenario con su típico aire ensimismado, casi hermético, pero enseguida se percibió una cierta incomodidad que le obligaba a retocar la altura de la banqueta a cada instante. El abuso del pedal no permitía el canto transparente y cristalino de otras veces. A la «Polonaise Op.44» le faltó fuerza. Cuando empezaba a disfrutar de una frase maravillosa –en el «Scherzo Op.39», por ejemplo– inmediatamente aparecía la precipitación. No había reposo, serenidad, y esa precipitación ya no se resolvía técnicamente con la facilidad de antaño. Como consecuencia el sonido se enturbiaba en unos pasajes rápidos. Lo mejor de la tarde llegó con una preciosa «Berceuse Op.57», porque era la pieza más suave. En la segunda parte, el primer libro de los «preludios» de Debussy. La complejidad armónica de la breve «La muchacha de los cabellos de lino» con su escala pentatónica, el virtuosismo de «Lo que ha visto el viento del oeste», la soledad de los 36 compases de silencio en «Pasos en la nieve», la serenidad de «La catedral sumergida», la intensa y luminosa «Las colinas de Anacapri»... Eso justo es lo que Pollini nos trasladaba en el pasado desde la sencillez y el análisis. Ahora su piano no llegaba a cumplir la petición de Debussy a sus pianistas («¡Dejad hablar al piano!»), porque ha de prestar ya demasiada atención a los dedos. Todo ello dentro de un gran nivel, porque hablamos de uno de los cinco mejores pianistas de las últimas décadas. El público, deslumbrado por el nombre, perdonó todo y lo ovacionó. No será fácil volverle a ver en Madrid.

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