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Severloh: Así actuó "la bestia de Omaha"

Con la ametralladora o con su fusil, tiro a tiro, el cabo de la Widerstandsnest 62 acribilló a decenas de hombres aquel fatídico 6 de junio: a sus pies se extendía un cementerio

  • Los alemanes se refugiaron en construcciones de cemento armado
    Los alemanes se refugiaron en construcciones de cemento armado
Desperta Ferro ediciones.

Tiempo de lectura 8 min.

05 de junio de 2019. 10:17h

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Javier Veramendi.  Desperta Ferro ediciones. 5/6/2019

En algún momento al final de la mañana, durante una breve pausa en los combates, el «Obergefreiter» Heinrich (Hein) Severloh miró hacia la playa. Omaha se extendía ante su posición. Aquí y allá podía ver cómo humeaban las carcasas de los carros de combate Sherman anfibios; y al borde del agua permanecían varadas las lanchas de desembarco que habían traído los vehículos, las armas y los soldados norteamericanos. Justo ante su posición podía ver a muchos de estos, resguardándose tras la larga cresta de cantos rodados que se extendía donde llegaba la marea alta, también había gran cantidad de heridos y cadáveres, entre cincuenta y sesenta. Entonces se dio cuenta de que los había matado él, y le alcanzó la plena gravedad de lo que estaba sucediendo. Aunque nadie sabría que era él, acababa de ganarse el sobrenombre de «La bestia de Omaha». Todo había empezado apenas una hora después de la media noche de aquel 6 de junio de 1944, cuando los suboficiales de guardia despertaron a la guarnición de la posición defensiva 62 (o Widerstandsnest 62, Wn 62), en el límite entre el sector Fox Green, hacia el este, y Easy Red, hacia el oeste, la zona donde Robert Cappa hizo sus famosas fotografías del Día D. Los hombres, que habían dormido vestidos para estar listos y llevaban sus monos de faena pues la misión del día iba a ser ampliar una trinchera, corrieron hacia las posiciones donde les esperaban sus armas. Si bien la Wn 62 iba a ser uno de los puntos defensivos clave frente al desembarco estadounidense en Omaha, la guarnición era escasa: tan solo treinta y un combatientes. De ellos, veintiuno pertenecían al 726.º Regimiento de la 716.ª División de infantería, una unidad estática que llevaba en Normandía desde su creación en 1940 y estaba formada por soldados muy mayores o muy jóvenes que nunca habían entrado en combate. Uno de ellos era el también cabo Franz Gockel. Los otros diez, de los que siete eran observadores de artillería, pertenecían a la 352.ª División, una unidad de primera fila formada con ex combatientes del frente ruso, como Severloh. Aquella madrugada todos pensaron que se trataba de otro ejercicio, o de una falsa alarma, algunos incluso se limitaron a darse la vuelta en el jergón rezongando, pero sus jefes los despejaron con noticias inquietantes. Había tenido lugar un asalto paracaidista 35 kilómetros hacia el oeste, esta vez iba en serio. Así, aún de noche, cada soldado fue a ocupar su posición junto a las armas que debía manejar, en su mayoría ametralladoras, pero también había un cañón de 76,5 mm, dos piezas contracarro de 50 mm y un mortero del mismo calibre, todos ellos protegidos bajo construcciones de cemento armado u ocultos de la vista desde el mar. El primer ataque aliado corrió a cargo de los bombarderos pesados, pero volaban demasiado alto y sus bombas, aunque sacudieron el suelo de un modo aterrador y levantaron gran cantidad de humo y polvo, hicieron poco daño. Apenas terminado este ataque, Gockel se levantó y oteó el mar, que se llenaba de puntitos. Severloh, por su parte, recuerda formas de mayor tamaño, grandes navíos. Lo que habían visto, a 10 kilómetros de distancia mar adentro, era la flota de guerra más grande jamás reunida. Entonces comenzó el bombardeo naval, una inmensa barrera de fuego que se desplazó desde la playa hacia el interior, aplastándolo todo a su paso, levantando la tierra y reventando las posiciones. Gockel recuerda haber rezado fervorosamente, aterrado, junto a su ametralladora, también que las bajas fueron pocas, solo un herido, pero los ataques preparatorios no habían terminado. Volvieron los aviones, esta vez volaban más bajo, pues eran cazabombarderos, dando vueltas hasta encontrar un blanco que mereciera la pena para picar sobre él, soltar las bombas, disparar las armas de a bordo y marcharse de vuelta a la base. Entonces, y solo entonces, llegaron las lanchas de desembarco. A las 6:30 horas de aquel 6 de junio, la playa empezó a llenarse de soldados norteamericanos que se lanzaron al asalto con el apoyo de los cañones de tiro rápido, muy precisos, de los destructores. El Wn 62 respondió. Gockel disparó su ametralladora de forma metódica: ráfagas cortas, cambiar la cinta, cambiar el cañón, apuntar, ráfagas cortas. Hasta que un disparo certero le arrancó el arma de las manos. Entretanto, la pieza de 76,5 mm, oculta en su casamata y orientada hacia el oeste, empezó a destruir las lanchas de asalto que venían para varar sobre la arena, hasta que varios certeros proyectiles de la artillería naval cayeron sobre la tronera, destruyeron la pieza y mataron o hirieron a la dotación artillera. Un arma menos no significaba, sin embargo, la derrota de la posición. En su agujero forrado de hormigón el mortero siguió abriendo fuego sobre la arena, y el cañón contracarro de 50 mm situado en el extremo derecho del perímetro calcinó los tanques enemigos que trataban de salir de la playa. Cuando Severloh vio cómo los soldados norteamericanos saltaban al agua desde su lancha y se hundían hasta el cuello, esperó, tal y como se le había enseñado, a que avanzaran hasta que el agua solo les llegaba a la rodilla. Entonces abrió fuego. Agarrado a su arma, se concentró tanto en su tarea que llegó a sentirse completamente solo, no vio caer los proyectiles de la artillería amiga sobre la playa, ni se fijó en el fuego de los demás ametralladores. Solo tenía vista para los soldados enemigos, que derribaba sobre la arena. Sin embargo, aunque su sector estaba controlado, más al oeste, en torno a las 9:00, los norteamericanos consiguieron progresar tierra adentro hasta acercarse a Colleville. Para entonces, bastante debilitados, los defensores del Wn 62 enviaron un mensajero a por refuerzos y munición, pero no había nada para ellos.

tiro a tiro

Mientras, las lanchas de desembarco seguían llegando, oleada tras oleada, cada vez más cerca gracias a la marea ascendente. La playa se cubrió de hombres y, antes de mediodía, los atacantes consiguieron entrar en la posición. Para entonces, Gockel había aprovechado una pausa en los combates para volver al búnker en que se alojaba a por algo de comida. También cogió sus efectos personales y su identificación, que no solía llevar encima con el mono de faena puesto. Era como si supiera que ya no volvería. En efecto, mientras volvía a su puesto de combate, un tiro le arrancó tres dedos de la mano izquierda. Era la herida perfecta y partió hacia Colleville, desde donde fue evacuado junto con otros heridos. Entretanto, Severloh seguía combatiendo al enemigo, disparando con su ametralladora cuando eran grupos grandes, pero cuando se trataba de soldados individuales no merecía la pena, entonces cogía su fusil y, tiro a tiro, iba incrementando el cementerio que se extendía frente a su puesto. Fue más o menos entonces cuando se dio cuenta de la carnicería que había obrado. A las 13:00 horas Severloh seguía en su puesto. Había sido herido en el ojo y había tenido que renunciar a utilizar su fusil. Ahora solo podía disparar con la ametralladora, para la que apenas le quedaba munición nocturna –con una bala trazadora de cada cinco–, lo que iba a facilitar mucho su localización. En efecto, en apenas diez minutos tres proyectiles cayeron muy cerca de él. Indemne, seguiría combatiendo hasta las 14:00, cuando comenzó la evacuación de lo que quedaba de la posición. Para entonces había disparado unas 12.000 balas, y el cañón de su arma estaba tan caliente que podía quemar la yerba solo con tocarla. De los siete que trataron de escapar, solo dos lo consiguen: Kurt Warnecke y él. Heridos, ambos iban a presentarse en el puesto de mando de su unidad en torno a las 18:00. En la retirada posterior serían rodeados por soldados del 16.º Regimental Combat Team norteamericano, los mismos que tanto han sufrido frente al Wn 62, y tuvieron que rendirse.

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