Fútbol

Real Madrid, 3-Manchester City, 1: Ahí, donde el agua se convierte en vino

En una noche inolvidable, el Madrid, con dos goles de Rodrygo en los minutos 90 y 91, remonta el partido al City. Un penalti de Benzema en la prórroga dio la clasificación a la final de la Champions

Metió el gol Mahrez y no lo vio venir Pep Guardiola. Había sido un partido igualado hasta entonces, pero con el Real Madrid ya lanzado en la segunda mitad porque los minutos corrían en su contra y ese gol del City, en un error defensivo y de colocación, inclinaba la balanza. Creía Guardiola, el Manchester, Reino Unido y casi toda Europa que hacia un lado. Entonces quitó Ancelotti a Kroos, a Casemiro y a Modric, unos cambios revolucionarios, el centro del campo histórico, el que tantas alegrías ha dado al madridismo.

Y no, no lo vio venir Guardiola. No oyó el rumor lejano, no oyó la ola que se estaba formando, porque era lejana, imperceptible, absurda. No, no era lógico

Estaba el partido ya roto, el Madrid buscando sin encontrar y el City donde quería, con espacios para mover el balón. Estaba el partido para coger la pistola y rematar a ese cadáver que se resiste a irse al otro mundo. Para cavar el agujero, meterlo en el ataud, ponerle cien clavos y después quemarlo y después enterrarlo. Porque no hay otra manera y puede que ni así.

No lo vio venir Guardiola cuando Grealish fue lanzado a la portería de Courtois, le superó y tiró cruzado a gol o a gol. ¿Qué otras opciones había?

La sacó Mendy en la raya.

Esa era la señal, ahí estaba la muerte definitiva, se dijo, se sintió cuando se vio correr libre a Grealish.

Ahí lo tenía que haber visto Guardiola, pero no lo vio venir el entrenador del City, pese a que tantos encuentros ha vivido en el Santiago Bernabéu, pese a que, como todos, había visto el partido del PSG en los octavos, pese a que seguro que había visto varias veces el encuentro de la vuelta de los cuartos contra el Chelsea.

No lo vio venir o sí lo vio, pero no dijo nada, porque hay cosas que parece imposible que sucedan.

No dijo Guardiola, quizá porque no lo notó, que algo estaba empezando a temblar, que el Bernabéu estaba más expectante que desilusionado, que se acercaba el minuto noventa y era el final.

Pero no ése final.

Estaba Rodrygo en el campo, el que metió el primer gol al Chelsea, un futbolista que ya es un mito en la memoria del madridismo, estaba ahí para aprovechar el pase de Benzema y marcar en el noventa, el tanto del empate.

Entonces, sí lo vio Guardiola.

Fue como cuando el agua retrocede y la orilla está a lo lejos, de repente tan lejos que parece una pesadilla llegar a ella cuando antes estaba aquí y tú mojándote los pies. Y después, la ola inevitable. No podía entonces inventar tácticas, pedir a sus jugadores cabeza, que siguiesen con lo suyo, que tocasen el balón, que no mirasen, que no es verdad que el agua se convierte en vino, que no podía ser cierto lo del miedo escénico, que esa ola no podía ir a esa velocidad y que se puede parar lo inevitable. Porque no se puede.

Pero no era una ola. No era sólo una ola. Y tampoco era ya un rumor, era un grito que salía de no se sabe dónde, era una fe inconcebible, que tiene años de historia, construida en noches así, míticas, que se repiten porque quien entra en el estadio cree firmemente que bajo las baldosas está la playa. Era un estadio encendido, ronco y de pie y unos futbolistas con los ojos inyectados con la fe de quien cree en lo que los demás no ven.

Era una ola y Rodrygo, que no es ni por asomo el más alto, remató ese centro de Carvajal, que había tocado antes Asensio.

Y hay quien contó después, un segundo después, pero también muchos años después cuando sea una leyenda que se cuente a los nuevos madridistas, que vio en Carvajal una sombra que se parecía a Juanito y que sintió en Rodrygo un impulso que parecía de Santillana.

Y la ola, el mito, la leyenda, el miedo escénico, el alma madridista, lo invadió todo. A los once jugadores del Manchester, a Guardiola, a los antimadridistas, a los que, en definitiva, han perdido la fe.

El partido se fue a la prórroga, los minutos del Madrid, donde los rivales sienten que pesan las piernas y que no pueden nadar, que la ola los tira hacia el fondo y piden aire y hacen penaltis absurdos a futbolistas descomunales como Benzema.

No había ya nada que hacer. En un último intento, en un grito de supervivencia, para no oír las voces de fuera que no dejaban pensar, algunos futbolistas del Manchester quisieron despistar a Benzema antes del tiro.

Marcó. Y un rato después no pudo más, cojo, pero vivo, pero en la final, se marchó para ser sustituido. Y el Real Madrid, la ola inmensa, acabó el partido con Vallejo, Ceballos, Camavinga, Lucas Vázquez, Rodrygo o Asensio. Porque era imparable.

Y si estos días bajan a la calle y ven a gente que se para ante una silla y se arrodilla y se pone a rezar. No pregunten. Es fútbol.

Y fe.