Yolanda Díaz, la vicepresidenta comunista que no quería suceder a Iglesias

La ministra de Trabajo gana enteros en el Gobierno y será postulada por Iglesias para ocupar su cargo como tercer cargo del Gobierno

PLENO DEL SENADO
El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias conversa con la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, antes de la comparecencia del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el pleno del Senado.FERNANDO VILLAREFE

De joven activista del PCE al Gobierno de España como vicepresidenta segunda. Ese es el meteórico viaje que ha realizado Yolanda Díaz en sus cinco décadas de vida. Ahora mismo es la titular de la cartera de Trabajo, pero tras el paso dado por Pablo Iglesias para disputar el Gobierno de la Comunidad de Madrid Isabel Díaz Ayuso esta abogada laboralista coruñesa se situará a la vera del presidente del Gobierno como tercera de a bordo si éste acepta el intercambio, como así será.

Yolanda, íntima amiga de Pablo Iglesias e Irene Montero, nació en Fene, el populoso barrio coruñés de San Valentín, a los pies de la ría de Ferrol y a un paso de los astilleros de Navantia, que impregnaron de condición obrera toda su niñez. Creció siendo la niña pequeña de una familia con históricos sindicalistas de la comarca en sus filas y con lazos con el nacionalismo gallego, que le inculcaron desde sus primeros años la importancia de la lucha de clases. Su propio padre, Suso, militó en el Partico Comunista en plena clandestinidad y se implicó más aún con la llegada de la democracia, llegando a ser secretario general de Comisiones Obreras en Galicia.

En cuanto tuvo oportunidad, Yolanda se afilió al Partido Comunista y, más tarde, se integró en Esquerda Unida, de la que fue coordinadora nacional. Tras licenciarse en Derecho, puso su entusiasmo y profesionalidad en defensa de los trabajadores. Tras una pasantía fundó su propio bufete laboralista en el que trabajó hasta que su ascenso político se lo permitió. Teniente de alcalde del Ayuntamiento de Ferrol fue su primer cargo público y los que la conocen ya auguraban que su recorrido no se estancaría en los pasillos municipales. Dio el salto a la política regional en 2012 como diputada por La Coruña en el Parlamento de Galicia antes de dar el salto a la capital del Estado, cuando logró su acta de diputada en las Cortes.

Pese a que siempre ha reconocido que sus ambiciones políticas son mínimas y que su único afán “es trabajar para mejorar la vida de la gente”, lleva tres legislaturas como diputada y, en esta última, tras el acuerdo de Gobierno entre PSOE y Podemos, como ministra de Trabajo. En este puesto se ha convertido en una de las imágenes recurrentes del Gobierno de Sánchez y ha logrado, en plena pandemia, ser reconocida como una de ministras mejor valoradas, muy por delante de sus dos amigos, Iglesias y Montero.

Ahora, todos recuerdan lo que dijo no hará mucho tiempo, que “no cabe en sus planes suceder a Pablo Iglesias al frente de Podemos”. No lo hará, de momento, pero si accede a la vicepresidencia y el todopoderoso líder morado no logra su objetivo de ganar la presidencia madrileña, todo apunta a que esta gallega “sin ambiciones políticas” será la referencia de su partido en el futuro.

Así lo ha propuesto ya el propio líder morado, en detrimento incluso de su propia esposa y ministra de Igualdad. No quiere Iglesias ruido de sables y sabe que con Montero en la cúspide del partido los enfrentamientos internos están servidos. Por eso apuesta por la cara más amable de la formación, cuya figura se ha revalorizado gracias a la solvente gestión que ha realizado al frente de su Ministerio, saldada con los únicos acuerdos que ha arrancado el Ejecutivo hasta ahora con los agentes sociales .

Precisamente, su capacidad para llegar a acuerdos y convencer al que tiene enfrente es una de las cualidades más reivindicadas por la mayoría de los puestos clave en Podemos, que tienen claro que el anuncio bomba de ayer de Iglesias y el aval otorgado a Díaz tras presentarla como su apuesta como próxima candidata a las elecciones generales post pandemia –y auspiciar su rango de vicepresidenta– pretende echar tierra firme en el terreno pantanoso que supondría el cambio de etapa en Podemos tras un liderazgo de máximo personalismo.

No ha ocultado Iglesias que el futuro del partido debe ser femenino, con carisma, buena imagen mediática y capacidad negociadora, sobre todo por los avatares y los vaivenes en el Gobierno de coalición y por el objetivo de reactivar sus posibilidades electorales tras detectar una pérdida significativa de apoyo popular. Y quién mejor que Díaz, que ha mamado desde la base los principios básicos de la izquierda más izquierda para llevar a cabo el debate de la unidad más allá del PSOE. El tiempo y las urnas pondrán a cada uno en el sitio que le corresponde.