Letras contra depósitos

La falta de formación financiera y de competencia en la banca impide a los ciudadanos sacar más rendimiento a la deuda pública

Sede del Banco de España
Sede del Banco de España

La rentabilidad media de los depósitos bancarios ni siquiera alcanza el 0,5% a día de hoy; en cambio, las letras del Tesoro –título de deuda pública a corto plazo– abonan tipos superiores al 2%. ¿Cómo es posible que dos instrumentos financieros como éstos, muy estrechamente sustituibles entre sí (son altamente líquidos y seguros en el corto plazo), proporcionen rentabilidades tan dispares? La clave nos la proporciona un reciente paper del economista Fernando Cirelli (Bank-Dependent Households and The Unequal Costs of Inflation).

Por un lado, muchos ciudadanos mantienen sus ahorros en depósitos bancarios llueva o truene. En EE UU, por ejemplo, alrededor del 60% del ahorro líquido de los estadounidenses se mantiene, independientemente de la coyuntura, en pasivos bancarios. Por otro, la industria bancaria se caracteriza por su escasa competencia interna, lo que permite que las entidades financieras ejerzan poder de mercado ofreciendo tipos de interés muy bajos a sus clientes.

Dicho de otro modo, una parte importante de la sociedad –que coincide con las rentas medias y bajas– carece de conocimientos financieros suficientes como para comprar letras del Tesoro a pesar de su más elevada rentabilidad y, a su vez, los bancos tampoco compiten entre sí por captar el ahorro de los ciudadanos (dado que prefieren pagar tipos muy bajos, casi nulos, a su base actual de clientes que incrementarla a coste de tener que aumentar la remuneración de todos los depósitos).

La consecuencia, pues, es que los bancos amasan beneficios extraordinarios en un clima de subidas de tipos de interés como el actual (derivado de la necesidad de los bancos centrales de contrarrestar la inflación) mientras que su pasivo se mantiene muy pobremente remunerado, su activo pueden invertirlo a tipos de interés cada vez más altos. Si, en cambio, la sofisticación de los inversores fuera mayor –de modo que no tuvieran ningún reparo en dar el salto a la deuda pública– o la competencia entre bancos fuera más intensa –de modo que éstos rivalizaran por captar clientes– esos beneficios extraordinarios irían a parar al grueso de la población, contrarrestando parte del empobrecimiento generado por la inflación. Pero como no se da ninguna de las dos condiciones, la brecha de tipos de interés entre las letras y los depósitos se mantiene, privando al grueso de la población de una cobertura frente a la inflación.