Opinión

La estéril mesa de diálogo puede esperar
Los problemas internos del nacionalismo catalán no deben condicionar al Gobierno
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Desde diversos sectores gubernamentales, y a modo de globos sonda, se desliza la idea de retrasar la mesa de diálogo con la Generalitat hasta después de la celebración del congreso del PSOE o, en su defecto, celebrar el encuentro sin la presencia del presidente del Gobierno, lo que, de hecho, devaluaría la imagen de bilateralidad que se pretende ofrecer desde ERC. En cualquier caso, la cuestión no tendrá mayor repercusión en la opinión pública española, que, en general, ha dado por amortizado el procés, aunque, sin duda, incrementará la presión que sufre el presidente catalán, Pere Aragonès, por parte de sus socios de gobierno y de los extremistas de las CUP, que consideran que la política pactista de los republicanos sólo sirve para dar aire al Ejecutivo de Sánchez.

Que la estéril mesa de diálogo puede esperar e, incluso, que convendría que no llegara a celebrarse, es algo que parece asumido en el entorno de La Moncloa, que ve la desactivación de la crisis en Cataluña como una baza electoral que se niega a los partidos de la oposición. Es, también, a tenor de los últimos movimientos de Pedro Sánchez y de la nueva línea argumental de su discurso, la forma de aplazar un problema que, o bien, es fuente de agravios comparativos con el resto de las comunidades autónomas o, a poco que se complique el escenario, puede desembocar en la pérdida de un apoyo parlamentario fundamental a la hora de aprobar los próximos Presupuestos Generales del Estado (PGE).

En realidad, la funcionalidad de la mesa de diálogo no va más allá de la propaganda, hasta el punto de que el propio líder de Unidas Podemos en Cataluña, Jaume Asens, ya ha advertido de que su formación no propondrá la celebración de un referéndum de autodeterminación, al menos, a medio plazo, a cambio del «blindaje del autogobierno», que no es más que un brindis al sol, dado que la autonomía catalana ya está blindada por la Constitución.

Por otra parte, y no menos importante, parece claro que los partidos de la coalición gubernamental están obligados a variar su estrategia política, centrándola en las cuestiones que más preocupan al conjunto de los ciudadanos, puesto que, prácticamente, todas las encuestas de opinión mantienen la tendencia de crecimiento del Partido Popular, con la sola incógnita, no menor, de si a Pablo Casado le bastarán los apoyos de VOX para alcanzar la mayoría absoluta parlamentaria o se quedará al borde de la misma.