«Ayo», el «súper héroe papi»

Otra ala rota de un “Águila” que custodia ya la enseña nacional, que tantas veces dibujó, desde el cielo

El jefe del Estado Mayor del Ejército del Aire muestra sus condolencias por Garvalena y anima a "seguir trabajando"
Imagen del comandante Eduardo Fermín Garvalena TWITTER DEL EJÉRCITO DEL AIRE 28/02/2020 TWITTER DEL EJÉRCITO DEL AIRE

Se hizo piloto por vocación. Venía de la familia de los que surcan los cielos. Su padre, el Coronel Eduardo Garvalena, fue piloto de F-18 en la Base de Torrejón, uno de los primeros en llevar el programa de este avión cuando llegó a España. Además, fue director de la Academia General del Aire. Por eso, el comandante Eduardo Fermín Garvalena, «Ayo», como le llamaba su familia y amigos, siempre supo que quería volar en el escuadrón de los pilotos de combate. Se crió en Alcalá de Henares, estudió en el Virgen de Loreto y se preparó para entrar en la Academia General del Aire en el Colegio de Huérfanos de la Armada.

Conoció a su mujer, Paula, cuando era alférez alumno de la Academia General del Aire (AGA) de San Javier, en Murcia. Tras salir de teniente, fue destinado a Albacete y su entonces novia le acompañó. Poco después se casaron. Primero tuvieron un perro, Obélix, y después llegarían sus tres hijas: Candela (9 años), Olivia (6) y Berta (3). Para ellas, «era el súper héroe papi». En cada una de las cosas que hacía en su día a día, «Ayo» tenía siempre en la mente a sus «cuatro princesas» –su mujer y sus hijas–. Era un «padrazo espectacular». Tenía cientos de fotos con sus hijas a las que dejaba que le disfrazaran o le maquillaran la cara como si fuera un muñeco más. «Las adoraba». «Hacía con Paula el equipo perfecto para sacar adelante a las tres niñas», siempre mirando «para adelante». Los que le conocían aseguran que alguna vez les había trasladado lo orgulloso que se sentía de «sacar adelante a toda su familia», la que ahora se ha quedado rota.

En la Base de los Llanos (Albacete), en el 142 Escuadrón del Ala 14, fue un miembro más de «los tigres», y cerró el ciclo de vida del Mirage F-1 dando paso al Eurofighter. Allí hizo grandes compañeros y amigos. Siguió su vida en Albacete hasta que, en previsión de que al ascender a Comandante le cortarían las alas y pasaría a un puesto en tierra, pidió irse voluntario a la Academia de San Javier, para instruir a los alumnos y seguir con su pasión: volar. Su hoja de servicios presentaba más de 2.300 horas de vuelo y había servido en misiones internaciones en Lituania y Yibuti.

Los que le conocían dicen que era una persona «súper alegre», de hecho, no hay ningún vídeo de él en el que no salga riendo. Creaba «muy buen ambiente» en el grupo, a la vez que era un «gran profesional dentro y fuera del avión». Era siempre el primero para ofrecerse a organizar cualquier evento para unir a los pilotos, un buen anfitrión al que le gustaba organizar barbacoas con los compañeros, para hacer equipo. Las hacía en su casa, donde su mujer les recibía a todos con mucho cariño y «paciencia». También la terraza de Albacete fue testigo de grandes momentos. Era muy forofo del Real Madrid, de los que iba al campo de fútbol a animar a su equipo. El comandante Garvalena tenía dos hermanas y un hermano, y una de ellas está casada con un compañero de promoción de «Ayo».

Con el fallecimiento del Comandante Francisco Marín lo pasó «muy mal»; era su mentor, y su entorno asegura que ha sido un «gran palo» lo ocurrido porque, además, ha sido en el mismo kilómetro de La Manga donde perdió la vida el que era su amigo, al que había sustituido como el «punto 5» o «Solo» de la patrulla Águila, lo que significa que era el encargado de llevar el avión hasta sus límites para realizar las acrobacias más arriesgadas. El jueves estaba ensayando de cara a la nueva temporada de exhibiciones de la patrulla cuando, por causas que aún se desconocen, se preticipió al mar.

Otra ala rota de un «Águila» que custodia ya la enseña nacional, que tantas veces dibujó, desde el cielo.