Consuelo Garrido, madre de Miguel Ángel Blanco, símbolo de todas las madres

Los padres de Miguel Ángel Blanco son el monumento a la compasión, el recordatorio de que a España aún le falta mucho para estar a la altura de su ejemplar existencia

La madre de Miguel Ángel Blanco, en la histórica manifestación en repulsa al asesinato de su hijo
La madre de Miguel Ángel Blanco, en la histórica manifestación en repulsa al asesinato de su hijo FOTO: Cipriano Pastrano (nombre del dueño)

Dice Valentín Puig que «el olvido de lo que nos ha precedido nos sumerge en el desconcierto y la catástrofe moral». Ahora que los chicos, en general, no saben prácticamente nada acerca de cualquier asunto relevante, solo por eso podríamos dar por bueno nuestra inmersión lenta e inconsciente en el desconcierto. Ahora que, viviendo lo que estamos viviendo en esta crisis sanitaria, nos damos cuenta de en manos de quienes estamos, podemos certificar el advenimiento de la catástrofe moral.

Cuando en un reportaje televisivo se pregunta a jóvenes estudiantes universitarios si saben quién fue o lo que le ocurrió a Miguel Ángel Blanco, sus respuestas producen un pellizco de desolación.

A esos chicos a los que sus padres o sus profesores apenas les han contado las claves para entender los tiempos del terrorismo ¿qué se les puede pedir?

Porque ¿no será que hay muchos más adultos de los que nos imaginamos que no se enteraron bien de qué pasó? ¿no será que cierta falta de criterio acerca de algo tan terrible como fue la influencia del terrorismo en la vida social y política de nuestro país bloquea su capacidad por pasar el testigo de la experiencia a la siguiente generación?

Jon Juaristi suele decir «nuestros padres nos engañaron» para referirse a ese relato turbio y mitificador que el nacionalismo de la postguerra transmitió a la generación posterior y dando paso a un largo y dramático período. ¿Podríamos adaptar la cita en este caso, para dejarla en «nuestros padres no nos contaron nada»?

Una juventud sin otros referentes que tipos y tipejos que les hablan desde la pantalla del móvil necesita unos adultos mejores.

No pasará mucho tiempo para que, más que los muertos por la epidemia y sus familias, recordemos como una simple anécdota nuestro tiempo «encerrados» en casa. Sacrificio inmenso en un entorno acogedor con calefacción, doscientos canales de televisión y la nevera llena.

La memoria parece funcionar hoy como la penúltima de las múltiples capas de pintura en una casa vieja, completamente tapada con ilusión por una nueva de cualquier otro color, mejor calidad y mucho más brillante. Algo tan efímero como el time line del twitter ¿quién se acuerda del de ayer?

Miguel Ángel Blanco es un símbolo de todas las víctimas, las conocidas, las menos conocidas y de las que no se acuerda nadie. De todas. Porque da lo mismo en qué año se les mató o en qué circunstancias o qué cargo tenían, la mano que portaba la pistola o la bomba que les mató se alimentó exactamente de la misma ideología histérica, totalitaria y carente de humanidad que les hizo traspasar el umbral del respeto a la vida. Eso es lo que les une a todas y eso es lo que será interesante que lleguen a aprender nuestros jóvenes aunque cada día puedan ver subidos en la tribuna del Congreso de los Diputados a unos cuantos «ex» ufanos de su pasado haciéndose pasar por Nelson Mandela.

Consuelo Garrido es un símbolo de todas las madres víctimas. Miguel Ángel Blanco es un símbolo de todos los padres de hijos asesinados. Sus vidas, ese tormento de horas y días que han tenido que pasar hasta morir cuando Dios ha querido, son el monumento a la compasión, el símbolo de la inmensa humanidad de las víctimas, el recordatorio de que a nuestra España de hoy aún le falta mucho para estar a la altura de su ejemplar existencia.

Se han ido los dos, casi en el mismo viaje, junto a su hijo, dejando sola a Mari Mar esperando a que la sociedad en la que tanto padeció su familia y ella misma, encuentre deseable tomar el camino de los justos.