Primer examen post-covid

Sánchez medirá su gestión de la pandemia; Casado se la juega con su apuesta en el País Vasco e Iglesias se enfrenta a la pérdida de poder de Podemos y al efecto lastre del «caso Dina»

Las elecciones autonómicas vascas y gallegas de hoy interesan de arranque más por los efectos de la Covid-19 en la participación que por sus efectos políticos, ya que se da por descontada la continuidad del Gobierno de Alberto Núñez Feijóo en Galicia y de Íñigo Urkullu en la Lendakaritza. Todos los sondeos han apuntalado la mayoría absoluta de Feijóo como consecuencia de la gestión de la pandemia, pero el PP gallego no puede lanzar brindis antes de que se cuenten las urnas porque su gobierno depende de que conserve la única mayoría absoluta que hasta ahora se ha salvado de los costes de la fragmentación política. Y las encuestas auguran una participación más continuista en el País Vasco, y más a la baja en Galicia. El PP gallego espera que la caída no sea superior a los cinco puntos.

Esta campaña electoral ha sido extraordinaria en forma y fondo por el contexto en el que se ha tenido que celebrar, si bien la previsión sigue siendo que no altere la composición de los Gobiernos autonómicos. Habrá, además, una lectura nacional que afectará a la izquierda y a la derecha, aunque las particularidades de los contextos vasco y gallego limiten mucho el alcance de la extrapolación nacional de los resultados. Para el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, son las primeras elecciones de la era Covid, y el primer examen en las urnas de la administración de la pandemia. Para el vicepresidente primero, Pablo Iglesias, son las primeras elecciones en las que se medirá desde el poder y no como agitador de la oposición, y con la carga del «caso Dina». Los pronósticos anticipan una ligera mejoría del PSOE con respecto a la debacle de 2016, pero es un crecimiento a costa de la catástrofe de sus socios «podemitas» y bajo la amenaza de que el BNG les arrebate en Galicia el liderazgo de la oposición. Los pronósticos para las «marcas» de Podemos son muy malos.

En la derecha, a Pablo Casado se le medirá por el resultado del País Vasco, donde los pronósticos tampoco son nada favorables para el PP. Mientras que en Galicia el resultado se apuntará en la mochila de Núñez Feijoo, en el País Vasco cargará para bien o para mal sobre las espaldas de Casado en la interpretación externa y en el análisis interno que harán en las filas populares. La operación política de la coalición con Ciudadanos en el País Vasco dividió al PP, y Génova sacó adelante el acuerdo con la oposición de la dirección regional vasca, que saltó por los aires, y con las dudas sobre la estrategia de otras organizaciones territoriales, para nada convencidas de que la suma de siglas iba a convertirse en una suma de votos al alza por mucho que Madrid considere que son decisiones difíciles que hay que asumir para rematar la operación para llevar a Casado a La Moncloa. En todo caso, estos análisis son flor de un día y con la velocidad de la agenda nacional el mal resultado vasco no tendrá un coste duradero para Casado. Será solo una piedra más dentro del debate sobre la estrategia nacional de oposición ante la crisis económica y social que ha abierto la pandemia. Además, el triunfo en Galicia puede apuntarse como un triunfo de Feijóo, pero perder la Xunta debilitaría mucho más al PP a nivel nacional.

En el bloque de la derecha, Ciudadanos es el partido que menos se juega. En el País Vasco ha camuflado sus siglas con las del PP y sólo puede ganar con la «muleta» de las listas de los populares. Sin representación actualmente en la Cámara autonómica, estas listas conjuntas le brindan la oportunidad de entrar por primera vez en el Parlamento Vasco, incluso aunque se cumpla la previsión demoscópica de que la coalición caiga en escaños. En Galicia la formación naranja tampoco tiene presencia institucional y también sólo puede sumar. Todas sus cartas las ha jugado en Pontevedra para intentar rascar un diputado, que, según los sondeos, se presenta también muy complicado. Vox está en una situación muy parecida a Cs, sin representación institucional en ninguna de las dos Comunidades Autónomas, pero con la diferencia de que en las urnas mide su pulso directo con el PP.

La campaña se cerró anoche con el consenso demoscópico de que estas elecciones son de trámite y que constatarán la mayor abstención de la historia por la fecha, en pleno verano, y por el miedo a la pandemia. La previsión de que no habrá cambio político es otro importante factor desmovilizador a la hora de acudir a las urnas. En las últimas elecciones, la participación en Galicia fue del 54 por ciento y en el País Vasco del 60 por ciento. El precedente de las elecciones municipales francesas, donde la participación cayó más de 20 puntos respecto a las anteriores, ha multiplicado los análisis políticos sobre las consecuencias de que la situación se repita en las elecciones del domingo. Pero en las municipales francesas entró en juego la desafección y el malestar con la gestión del Gobierno galo, factor que no existe en nuestras elecciones porque el PSOE y Podemos, los partidos de la coalición de Moncloa, son actores totalmente secundarios.

En cualquier caso, el PP gallego ha multiplicado los llamamientos a la participación porque tiene una base de voto rural decisiva para que Núñez Feijóo mantenga la mayoría absoluta. Los rebrotes ya han provocado decisiones polémicas como la de prohibir votar a los infectados en el País Vasco, pese a las dudas legales. La Xunta también ha instado a que no acudan a las urnas quienes muestren síntoma y habrá que ver cuál es la respuesta de las juntas electorales. Estas elecciones confirmarán una vez más la tendencia al alza de la hegemonía nacionalista en el País Vasco, con unas encuestas que anticipan que superarán el 60 por ciento. La coalición del PNV con el PSE está ya firmada, pero esto abre el debate sobre hasta qué punto la izquierda está colaborando en alimentar esta mayoría nacionalista en la que Bildu cada vez coge más peso. Este año se esperan también elecciones en Cataluña y la radiografía dejará de nuevo en evidencia la debilidad creciente del constitucionalismo en dos de los llamados «territorios históricos».