Militares contra el coronavirus: “Al servicio de los españoles”

Durante la primera oleada, miles de efectivos lucharon contra la Covid. Con motivo del Día de la Fiesta Nacional, cuatro de ellos cuentan a LA RAZÓN esa dura experiencia

A la sargento 1º Brenda María Basanta todavía se le quiebra la voz cuando recuerda las tres semanas que pasó custodiando los cadáveres que llegaban a la morgue del Palacio de Hielo de Madrid. «Lo recuerdo como si fuese ayer», dice. Pero la voz no llega a quebrársele del todo. Aguanta y saca fuerzas, como esos 21 días que estuvo en lo que define como «una misión muy especial. La misión más importante y más dura de toda mi trayectoria militar». Y pese a ello, esta uniformada de la Unidad Militar de Emergencias (UME) responde tajante cuando se le pregunta si repetiría esa dura tarea: «Sí, lo volvería a hacer».

Es lo que contesta la inmensa mayoría de militares que, durante los 98 días que duró el estado de alarma y la «Operación Balmis», dejaron sus quehaceres habituales para meterse de lleno en una misión totalmente distinta en la que luchaban contra un enemigo invisible: la Covid-19. Ya sea desinfectando una residencia de ancianos, montando un hospital de campaña, trabajando en una UCI improvisada o custodiando cadáveres en la morgue de una pista de hielo, todos insisten una y otra vez: «Nuestra misión era salvar vidas. Estamos al servicio de los españoles, por muy duro que sea».

Durante la primera oleada, los dos Ejércitos, la Armada, la Guardia Real y la Unidad Militar de Emergencias llegaron a desplegar a la vez más de 8.200 efectivos, los cuales llevaron a cabo más de 20.000 intervenciones de todo tipo. Todos ellos serán homenajeados mañana por su labor en esos duros días, pero también por la que continúan realizando en esa nueva misión «Baluarte», en la que cuentan con nuevas capacidades, como la de rastreo.

Con motivo de una atípico Día de la Fiesta Nacional, marcado por la pandemia y las restricciones sanitarias, LA RAZÓN ha hablado con varios de esos militares. Efectivos con perfiles diferentes, cada uno con una tarea concreta, pero con ese objetivo común de «salvar vidas». Son sólo una representación de los más de 120.000 uniformados que forman parte de las Fuerzas Armadas y que, de una u otra forma, han luchado para frenar la expansión del virus en España.

Uno de los primeros que se desplegó, antes incluso del 15 de marzo, fue el teniente Christian Pablo Peirotén, perteneciente al Batallón de Zapadores de la Brigada Paracaidista (BRIPAC) del Ejército de Tierra. Poco antes de que se decretase el estado de alarma, él y sus compañeros apoyaron a Médicos sin Fronteras y al Ayuntamiento de Alcalá de Henares (Madrid) a acondicionar un polideportivo para albergar a 125 pacientes ante la inminente saturación del hospital.

«Pusimos todo nuestro empeño en tenerlo listo en el menor plazo posible, porque el tiempo apremiaba», explica con toda naturalidad, porque, «aunque no es nuestro trabajo diario, con nuestra preparación y formación, en cuanto se dio la orden estábamos preparados para asumir el cometido. Sin horarios y sin escatimar esfuerzos». Algo que, en su opinión, ha contribuido a «acercarnos más a la sociedad y hacernos más visibles, que vieran que las Fuerzas Armadas están listas para afrontar lo que haga falta».

Él estuvo en ese polideportivo, pero también desinfectó residencias de ancianos o colaboró en el hospital que se abrió en Ifema. En los tres meses que permaneció activado, reconoce que vivió momentos duros, pero apunta tajante: «Es para lo que nos preparamos, para estas situaciones, no para situaciones fáciles».

Momentos tan difíciles y «duros» como los que vivió la sargento 1º Basanta, quien de la noche a la mañana pasó de ser administradora táctica del puesto de mando del Cuartel general de la UME a custodiar cadáveres en el Palacio de Hielo, algo que se le quedará marcado para siempre. «Fue el domingo 29 de marzo. Nos avisaron de que íbamos a tener una misión muy especial», recuerda: «La custodia de las entradas y salidas de los féretros. La primera imagen que vi no se me olvidará jamás. Eran cientos de metros de pista de hielo cubiertos de cientos de ataúdes», rememora. Allí estuvimos más de tres semanas en turnos de 24 horas».

Y pese a la dureza de su labor, apunta orgullosa que tenían «la gran responsabilidad de custodiar esos cadáveres y poder acompañarles en los momentos en los que su familia no podía estar con ellos. Teníamos un sentimiento de responsabilidad muy grande». No se le olvida esos cientos de ataúdes sobre la pista, en los que, como dice, había personas que eran «como unos compañeros más que han podido caer en el campo de batalla. Eran unos compañeros que estaba ahí y que necesitaban que estuviéramos nosotros con ellos en los últimos momentos de su ya no vida». «Todos y cada uno de los nombres los llevamos grabados en nuestro corazón», añade con voz temblorosa.

Reconoce que, después de los 20 años que lleva en las Fuerzas Armadas, «nadie se imaginaba lo que nos podíamos llegar a encontrar ni nadie estaba preparado para ello. Pero el afán que teníamos de poder aportar y poder estar ahí lo ha superado todo». Y entre todo lo que se encontraron no olvida «las imágenes o los olores». Ni el silencio que en algunos momentos reinaba en esa morgue en la que antes de la pandemia patinaba la gente sin preocupaciones: «Se respiraba mucha paz. Era un ambiente muy serio, muy respetuoso, muy especial», acierta a decir. «Se fueron con dignidad», señala, porque, entre otros motivos, «veíamos identificados en esos nombres a nuestros familiares».

«Eran unos compañeros o familiares más», insiste, algo que les llevó, el día que se clausuró la morgue, a homenajear a todos ellos cantando a las puertas del Palacio de Hielo «La muerte no es el final». «Lo recordaré como el acto a los caídos mas importante de mi vida. Cuando cantamos sabíamos por quienes lo hacíamos: por los compañeros a los que habíamos estado velando y por todos los fallecidos».

En esa morgue también estuvo un par de semanas su compañero de la UME, el cabo Javier Sánchez Gómez, quien antes de la pandemia ejercía como operador de drones. «Fue muy duro, pero que me mandaran allí fue todo un orgullo», asegura. «No lo piensas, nos dijeron que nos habían asignado esta misión y yo, “p’alante”, si se nos necesita, para eso estamos». Eso sí, no deja de añadir que «fue una misión dura y delicada» de la que tampoco olvidará ni las «imágenes ni los olores. Eso se te queda».

Pero Javier no sólo estuvo en el Palacio de Hielo y durante «Balmis» llevó a cabo otras tareas, que no por menos dramáticas eran más fáciles, como la desinfección de instalaciones y puntos críticos, por ejemplo, una residencia de ancianos en Ciudad Real, de donde él es natural y en la que, casualmente «trabaja mi madre». Fue un momento «especial», recuerda, porque tuvo la oportunidad de verla unos minutos después de mucho tiempo, en la puerta y con distancia de seguridad. «Fue una mezcla de sensaciones. Los dos estábamos ayudando en esos momentos a los más vulnerables».

Eso sí, no sólo se ha quedado con imágenes duras de recuerdo. También se lleva el calor de los ciudadanos. «La gente en general siempre nos lo agradecía. Pasabas con el coche dando el aviso y los vecinos salían y empezaban a aplaudir. Un gesto de cariño y aprecio que te ayuda. Al final, estás trabajando todos los días y a cualquier hora, por lo que llegar a un sitio y que la gente te muestre su cariño ayuda mucho».

El cabo reconoce que, «de primeras, no estábamos preparados para algo así, pero hemos aprendido día a día. Sobre todo, aprendes a valorar más las cosas».

Algo que también confirma el teniente coronel Armando José Munayco, jefe de la Unidad Médica Aérea de Apoyo al Despliegue (UMAAD) de Madrid. Un médico militar especialista en urgencias y emergencias en operaciones curtido en numerosas misiones en el exterior, entre ellas «la más dura de todas», Afganistán. Acostumbrado a lo que denominan «trauma de combate» y heridos de guerra, pasó a tratar a los enfermos en la UCI que su unidad montó en Ifema, donde se integraron en una estructura civil, algo nuevo para él y sus compañeros sanitarios del Ejército del Aire.

Hicieron de todo, desde colaborar en el montaje y desplegar el material hasta ayudar a los intensivistas en la atención a los pacientes. «Todos los días estábamos allí unas 14 horas», explica este sanitario que, además de enlazar el componente militar con el civil, también se encargaba de asistir a los pacientes: «Aunque no soy intensivista, los emergencistas estamos acostumbrados a pacientes críticos, por lo que ayudábamos en las intubaciones, cambios posturales, medicación...».

Eso sí, reconoce que «lo peculiar de esta misión es que ha sido en España y eso nos estimulaba mucho. Estábamos muy estimulados para darlo todo». «Dentro de nuestros planes de contingencia siempre esta la posibilidad de un apoyo nacional por catástrofes de todo tipo, como una pandemia. Entrenamos mucho bajas masivas, aunque siempre tiramos más a bajas de conflicto. Algo como esto no sabíamos lo que era, pero creo que hemos cumplido».

Incluso antes de recibir la orden de desplegarse, el 24 de marzo, ya estaban listos porque tenían claro que iban a ser de ayuda, sobre todo porque «nuestro material era crítico y muy demandado».

En apenas 24 horas, él y su equipo levantaron una UCI por la que pasaron 25 pacientes. Y la decena de uniformados que se desplegó allí no dejó de trabajar en todo el tiempo que estuvo operativa. «Hablan del espíritu de Ifema y suena como muy peliculero, pero realmente estábamos allí muy estimulados, muy a gusto y el trato fue fenomenal», recuerda.

Eso sí, recalca que lo peor es «el drama de ver que no puedes hacer nada por un paciente, todo lo que hay alrededor del fallecimiento de una persona. En una UCI hay muchas señales en los enfermos que indican que no va a mejorar. Nosotros estamos más acostumbrados al trauma de combate, a algo más súbito, pero aquí veías el proceso entero del duelo». Durante su despliegue falleció un paciente en Ifema y otro que fue trasladado después a un hospital.

Una de las tareas más difícil también fue, recuerda, «tener que hablar con los familiares de los pacientes. Todos los días les informábamos», explica. «Te das cuenta de que ese familiar se engancha a ti, que no te quiere soltar porque eres el único vínculo con su pariente. Fue lo más diferente y delicado, pero los familiares lo agradecían mucho». Sobre todo porque la situación de la mayoría de los que estaban allí hospitalizados estaban graves y de los 25 que pasaron por sus camas, 19 estuvieron intubados. «Muchos incluso no se acuerdan de que pasaron por la UCI de Ifema», añade.

El teniente coronel sólo tiene buenas palabras tanto para su equipo como para los sanitarios civiles con los que trabajaban en un mismo equipo: enfermeros, anestesistas, intensivistas, cardiólogos... muchos de los cuales no sabían que eran militares y se sorprendían al ver cómo trabajaban: «Muchos estaban impresionados de lo mucho que rendíamos. Hacíamos hasta 14 horas al día y veían que nuestra dedicación era enorme».

Y entre ese equipo estaba, entre otros, la capitán enfermera Azucena López Alcañiz, también con experiencia en misiones tan duras como la de Afganistán, donde formó parte de la UCI del hospital que las Fuerzas Armadas levantaron en Herat. «Nuestro día a día no suele ser en una UCI, pero la experiencia que nos aportó trabajar con civiles que todos los días están en Cuidados Intensivos fue muy gratificante», asegura. Durante el tiempo que estuvo en Ifema (prácticamente una semana porque tuvo que desplegarse en la Policía Aérea del Báltico) estuvo al cuidado de tres pacientes: «Dos señoras y un señor, que me acuerdo que se llamaba Luis». Todos tuvieron un «trato muy cercano» con los pacientes, «hablábamos con ellos, les peinábamos... por suerte salieron los tres», apunta con una sonrisa.

Esta enfermera, que lleva 25 años en las Fuerzas Armadas con numerosas operaciones en el exterior a sus espaldas, no duda en calificar lo que ha sucedido como «una guerra en la que hay que hacer frente a una amenaza biológica». Y aunque no están acostumbrados a tener que actuar en territorio nacional, «estamos preparados para ser flexibles, rápidos y mantener el temple en situaciones críticas». Y, en este caso, "nos hemos sentido útiles en nuestra propia patria».

Y ahora, «Baluarte»

«Balmis» acabó el 21 de junio, pero las Fuerzas Armadas han continuado prestando apoyos puntuales hasta que la pasada semana se activó la que sería «Balmis II», bautizada como «Operación Baluarte» y que recupera la ágil estructura del estado de alarma. Ya han llevado a cabo desinfecciones, como en Mercamadrid o Mercabarna y cuentan con una nueva herramienta: los rastreadores militares. Ya hay 1.700 por toda España, salvo en Cataluña y el País Vasco, que por el momento rechazan su ayuda.