La rebelión de la “Plaza Roja”

El emblemático bastión vallecano de izquierdas donde tuvo lugar la batalla campal entre defensores y detractores de Vox se tiñe de azul con la victoria histórica del PP. «Somos un barrio obrero, pero estábamos hartos, sobre todo los hosteleros», dicen los vecinos

Un hombre camina con las bolsas de la compra por la "Plaza Roja" de Vallecas
Un hombre camina con las bolsas de la compra por la "Plaza Roja" de VallecasAlberto R. RoldánLa Razón

Una pancarta de Unidas Podemos llamando al voto da la bienvenida a la entrada de la mítica «Plaza Roja» de Vallecas. A pocos metros, los carteles del PSOE decoran el parque por el que ayer por la mañana correteaban los niños mientras los más mayores daban su paseo de rigor.

En el centro de la oficialmente denominada Plaza de la Constitución otra serie de mensajes de campaña como «Paremos al franquismo» o «Por los derechos LGTBI» ilustraban lo que este bastión de izquierdas ha venido defendiendo históricamente.

Sin embargo, parece que una semilla de ideología diametralmente opuesta ha comenzado florecer.

Algunos lo ven como un hecho coyuntural, otros hablan de que algo está cambiando en este nicho de votantes progresistas. Desde que el pasado 7 de abril se abriera una batalla campal durante la presentación de la candidata de Vox en esta popular plaza entre partidarios y detractores del partido de Santiago Abascal, en este enclave parece que algo ha mutado.

Al menos así lo ven tres amigos que se reúnen todos los días en el que denominan «nuestro banco».

Dos mujeres bajo un cartel del PSOE en la emblemática plaza de Vallecas
Dos mujeres bajo un cartel del PSOE en la emblemática plaza de VallecasAlberto R. RoldánLa Razón

«Desde aquí hemos visto a todos, a los de Vox y también ’'al coletas’' que vino el viernes pasado. Pero esto ya no es lo que era. Este siempre fue un barrio de comunistas y por eso se llama así la plaza, pero ahora las cosas son diferentes», dice Kiko, que no suelta su bastón. Él todavía no ha ido a votar porque «la cola que hay es interminable, a ver si a la hora de comer está mejor la cosa». El voto lo tiene ya decidido. Antonio sí que lo ha hecho a primera hora de la mañana: «No hay derecho a que pasara lo que pasó con Vox, esto es la plaza del pueblo y cualquier político puede venir a contar lo que quiera, luego otra cosa es que le votes o no». «Es como los toros, ¿por qué hay que prohibirlos? Al que no le guste que no vaya y punto», añade Kiko.

Valentín, otro de los amigos que lleva la bolsa de la compra y ha hecho una parada técnica para hablar con sus compañeros, nos cuenta que «aunque pueda sonar raro, aquí, en esta ocasión, va a haber mucho voto para Ayuso, sobre todo por parte de los dueños de los bares». Y nos pone un ejemplo para aclarar su argumentación: «Si viene aquí ’'el melenas’' y dice que los bares deberían cerrar a las 20:00 por la pandemia, mientras que Ayuso da un mayor margen para que los hosteleros puedan trabajar, ¿a quién crees tú que votarán? Pues eso. Somos un barrio obrero, pero la gente está hasta las narices de las restricciones y más los de los bares».

«Salir del armario»

Mientras Kiko cuenta que él ha vivido aquí toda su vida, menos los dos años que estuvo haciendo el servicio militar, y que donde ahora nos sentamos había un almacén de maderas, los tres vallecanos confiesan «que cada vez hay más gente que vota a Vox, pero no lo dicen porque si no te arriesgas a que te peguen». Así que, por lo que comentan, la presentación de Monasterio podría haber tenido su efecto, al menos, para sacar de las tinieblas a los simpatizantes del partido verde. «Exacto, y viendo lo que pasó, pues más. No es normal que vengan los radicales esos de izquierdas, los bukaneros, a liarla. Hay que dejar que la gente vote a quien quiera».

Concha no es de su misma opinón o, al menos, no entiende este aparente viraje del bastión rojo hacia partidos de derechas: «Cómo un barrio de trabajadores puede votar a la derecha, es inconcebible. No entiendo cómo se ha podido llegar a este extremo. Aunque, también es cierto que a la gente, cuando le tocan el pan, puede hacer cualquier cosa. Eso sí, a la larga se darán cuenta que es un error», dice esta mujer que atraviesa la plaza con su perro. Ella es y será siempre de izquierdas y ya ha depositado su voto en el colegio electoral que hay en las inmediaciones. «Aun así, reconozco que ya no me fío de ninguno», afirma antes de despedirse amablemente y desear con todas sus fuerzas que este distrito no pierda su tradición «roja».

Mientras, Manolo espera a que baje su mujer para ir al colegio Agustina Díez a depositar su papeleta, lee con atención la lista del PSOE: «Mi voto lo tengo claro, toda la vida les he apoyado a ellos y siempre lo haré. En mi casa ocurre lo mismo con toda la familia. Me da igual lo que hagan los de Vox, aquí somos obreros y de izquierdas», asevera.

Una afirmación que dista con la de Carmen y dos amigos que están haciendo tiempo para ir a votar: «Yo ya estoy harta de que me digan a quién tengo que apoyar. Esta vez voy a hacer lo que me de la gana. ’'El coletas’' me cae muy gordo. Antes tenía más tirón, pero ya no me gusta nada. Hoy, lo que me preocupa es que a mi hija no le den ninguna ayuda y a los extranjeros no paren de darles dinero. ¿Es menos mi hija que ellos? No tiene ningún sentido», afirma esta mujer de mediana edad que, aunque no quiere desvelarnos el sentido de su voto, nos deja caer que « Vox, me parece así, así».

Lo que sí tilda de «cosa horrible, es que se liara la que se lió con ’'el Abascal’'». Entonces, nos señala una fuente que está destrozada: «Eso es lo que queda de lo que ocurrió aquel día. Todo roto y hasta hay zonas de la plaza sin adoquines, porque los utilizaban para tirarlos. Eso no me gusta. Aquí estábamos muy tranquilos», afirma.

El poder de la izquierda

Por su parte, María y Carlos reivindican el «poder rojo» de su barrio. Estos veinteañeros consideran que « a raíz de la llegada de los nuevos partidos de izquierda, lo que se ha hecho ha sido reforzar a esta ideología». Es más, consideran que lo que hizo Vox fue una «provocación»: «Nunca en la vida he visto tanto revuelo. Realmente aquí a la gente no le gusta ese partido, lo que vinieron a hacer aquí fue a reírse de nosotros, nada más», explica María, que ejerce como enfermera. Carlos asiente y comparte el pensamiento de su amiga: «Lo que ocurre es que ahora las cosas se mueven por las redes sociales, ahí el poder de influencia es mucho mayor. Y los jóvenes de aquí siguen siendo de izquierdas», dicen mientras apuran el pitillo para encaminarse al colegio electoral.

Aunque parece que la resaca de lo ocurrido el 7 de abril ha quedado en agua de borrajas, lo cierto es que ha marcado uno de los hitos de esta campaña. «Yo me acerqué a ver lo que pasaba. Vivo al lado y fue tremendo. Se escuchaba desde la ventana», afirma Juan. Este profesor declarado votante y defensor de izquierdas reconoce que quizá «después de lo ocurrido, haya quien ya no se calle u oculte su simpatía hacia partidos de extrema derecha, lo cual me parece muy triste. Ellos hablan de opiniones, pero el racismo y la homofobia no es una opinión, sino un delito. No se puede blanquear ese tipo de discurso», puntualiza.

Un discurso que parece calar. Al menos así lo ha hecho en un joven que mientras aguarda a las puertas del colegio Agustina Díez visualiza un vídeo donde se escucha: «El brazo en alto, como Carrero». ¿Ha desteñido la «Plaza Roja»?