Opinión

El Sáhara empantanado y nosotros en medio

El Gobierno de España navega un incómodo equilibrio con Rabat

Inocencio Arias

Hace varios meses la prensa francesa revelaba alarmada que el presidente Macron, unos catorce ministros y otros altos funcionarios galos estaban siendo espiados telefónicamente por Marruecos que llevaba meses utilizando un sofisticado dispositivo israelí llamado Pegasus. Posteriormente Macron se habría entrevistado largamente con el israelí Bennett pidiendo explicaciones. La noticia tiene verosimilitud. La aproximación de Trump a Marruecos hace más de un año llevó aparejada un acercamiento entre Tel Aviv y Rabat al que ambas capitales esperaban sacar rendimiento. Simultáneamente trascendía que los servicios secretos marroquíes, con la ayuda de Pegasus, venían espiando a unos cinco mil políticos y militares de su gran enemigo, Argelia.

Si ambos datos son ciertos, si Marruecos espía a su enemigo, Argelia y a su mejor amigo europeo, Francia, ¿por qué se abstendrían los servicios marroquíes de pinchar los teléfonos de Sánchez y de sus tropecientos asesores monclovitas? ¿Porque nuestro presidente lleva unas gafas que lo hacen irresistible? ¿Porque la corte marroquí cree en la profunda honestidad de Sánchez? No. Lo prueba, el affaire del Polisario. Bien porque con el aparatito Pegasus los marroquíes escucharon cuando Sánchez autorizaba a González Laya a acoger al enfermo Gali bien porque Rabat tiene un servicio de inteligencia bien extendido por España, la llegada del saharaui fue pronto detectada en Marruecos y llegó la imprevista y vergonzosa represalia marroquí invadiendo Ceuta con menores incluidos.

Y ahí estamos. Nuestras relaciones con Marruecos están pachuchas, ni bajo mínimos como aseguran los ciezos ni en un buen momento como proclaman en Exteriores. La embajadora marroquí no ha vuelto, lo que muestra que no vivimos una luna de miel a pesar de las palabras del rey marroquí hace meses que hicieron sacar pecho prematuramente a Moncloa. Nuestro Gobierno navega un incómodo equilibrio. Rabat está envalentonado con el fastuoso obsequio de Trump al proclamar la marroquinidad del Sáhara (algo que Biden como en tantas otras cosas de política exterior no ha rectificado). Nuestros vecinos se esponjarían si nosotros hiciéramos algo parecido, las pateras se detendrían, no habría nueva invasión de Ceuta o Melilla, abrirían un tiempo las fronteras de esas dos ciudades y hasta la industria española captaría una media docena de jugosas operaciones. Al Gobierno marroquí le tocaba el gordo. El Sáhara es su tema por excelencia.

Madrid, sin embargo, no puede ser muy complaciente. Siendo la antigua potencia administradora, la que cedió poco brillantemente de un plumazo el territorio a Marruecos y Mauritania en momentos en que Franco estaba en coma sería poco gallardo que admitiéramos, aunque sea veladamente, que los saharauis deben integrarse en Marruecos sin pronunciarse. Quebrantaríamos lo repetidamente establecido por la ONU. Tampoco es baladí la repercusión económica. Si una cuarta parte del gas que consumimos es argelino, un paso apoyando las tesis marroquíes sobre el Sáhara –algo que éticamente puede que no le importe a Sánchez, Zapatero, para escándalo del Polisario, ya «torcía» por Rabat– significaría el posible corte del gas. Hoy no es opción: representaría un bombazo para nuestra economía y nuestros hogares.

Ahí se juega una buena parte del partido. Nuestros dos vecinos árabes no tiene relaciones desde hace años, tuvieron una guerra, Argelia cerró su espacio a aeronaves marroquíes, Marruecos azuza los ánimos en la díscola Kabilia argelina, y no es exagerado decir que están arriesgando otro conflicto cruento. Como señala el buen analista I. Cembrero Argelia es el país con mayor presupuesto militar de África, pero Marruecos se está acercando. Este se apoya en Estados Unidos y ahora en Israel, el otro en Rusia. Otro brote de la nueva guerra fría.

Mientras tanto, a los treinta años de crear su costosa fuerza de pacificación del Sáhara (Minurso), la ONU sigue sin resolver el problema que ha hastiado a varios secretarios generales de la Organización. ¡Tres décadas! El actual, el portugués Guterres, a pesar de su capacidad, lleva dos años sin nombrar un enviado especial para el territorio. Casi sorprendente.