Feijóo, el gran pacificador

El «efecto Feijóo» empieza a funcionar: devuelve la confianza a unos electores muy desencantados y pone nerviosos a los «gurús» de La Moncloa

FOTO: Platón La Razón

¡Alberto sálvanos! La invocación era un clamor entre los barones regionales, dirigentes y militantes del PP tras la cruenta lucha fratricida que asolaba al partido. Y una vez más, el gallego Alberto Núñez Feijóo, el hombre del eterno retorno a Madrid, el capitán calmado que cosió un día las costuras rotas del PP en Galicia tras la etapa del «gran patrón» Manuel Fraga, con cuatro mayorías absolutas a sus espaldas, estuvo a la altura. Esta vez sí, era el único que podía aglutinar las filas heridas de una organización política esencial para España.

Dicen los veteranos del PP que Feijóo representa el equilibrio y que nadie protagonista de unos enfrentamientos y hostilidades en público sin precedentes podría ser la solución. De manera que en su más puro estilo, apurando los plazos, con mucha reflexión y primero ante los suyos en Santiago de Compostela, Alberto Núñez Feijóo, «el deseado», anunció su regreso para presidir el Partido Popular. Sin hacer sangre, sin hurgar entre quienes se batieron en la batalla pública. Respetando la presidencia temporal, los escaños de Pablo Casado y Teodoro García Egea, junto a su última decisión personal, así como la honorabilidad de Isabel Díaz Ayuso. El líder de la paz no quiere, ni por asomo, luchas internas que el ciudadano nunca perdona y pasan cara factura en las urnas.

«No vengo a insultar a Pedro Sánchez, vengo a ganarle». Esta frase resume a la perfección el estilo de hacer política de Núñez Feijóo. Cuentan en su entorno que durante algunos días se debatía entre motivos políticos y personales. Pero este orensano de profundas raíces con su tierra ha decidido apostar a todo y añadir el reto del liderazgo nacional a su compromiso con Galicia.

«Como un capitán calmado» frente a la tormenta que le espera, dicen quienes bien le conocen sabedores de que el reto no será fácil, ante un partido devastado que ve su factura a pagar en las encuestas. Con un elenco de aduladores, antaño fervorosos «casadistas», fieles a la tradición cainita de la derecha española. Pero el gallego sabe de traiciones, deslealtades y demostró en su día como se une a un partido que estaba hecho trizas en su tierra tras la era de Manuel Fraga. Parece que el «efecto Feijóo» empieza a funcionar, devuelve la confianza a unos electores muy desencantados y pone nerviosos a los «gurús» de La Moncloa. Con una brillante gestión en la presidencia de la Xunta, sin alharacas, sin un gran séquito y sin perder el contacto con la gente, llevó al gobierno gallego un aire de modernidad, un sentido práctico de la política para solucionar problemas muy alejado de pompas y desorden.

Es lo que piensa aplicar ahora como presidente nacional del PP, con la mirada puesta en hombres y mujeres de la «vieja guardia» con experiencia de gestión. Algo que considera vital para trasladar al gobierno de España la estabilidad que logró en Galicia como una de las comunidades autonómicas más solventes frente al caos de unas mareas populistas de izquierdas envueltas en una sopa de siglas. Eterna esperanza blanca en pista para otros puestos, siempre a caballo entre su tierra y Madrid, su carrera ha estado marcada por tres paisanos claves: Manuel Fraga, José Manuel Romay Becaría y Mariano Rajoy. Los dos primeros le llevaron a la Xunta de Galicia y, tras la victoria de José María Aznar, el entonces ministro de Sanidad, Romay Becaría, le trajo a Madrid para presidir el Insalud y la entidad pública Correos y Telégrafos. Aquí forjó su fama de excelente gestor hasta las elecciones de 2009 en que logró la presidencia de la Xunta y puso fin al bipartito entre los socialistas y el BNG. Ello supuso también un triunfo para Mariano Rajoy, que vivía horas bajas tras haber perdido las generales. La victoria de Feijóo fue una dosis de alivio y el punto de inflexión de un Partido Popular que empezó a crecer hasta la mayoría absoluta de 2011. «Alberto nos dio suerte», comentaba siempre el ex presidente Mariano Rajoy. El mismo sentimiento albergan ahora sus compañeros frente al líder socialista, Pedro Sánchez.

Nacido en la aldea orensana de Os Peares, siempre estuvo muy pegado al «terruño». «Soy de un pueblo pequeñito, o sea, nada estirado», comenta con sorna. En la eterna lucha entre los de la «boina» (dirigentes sin salir nunca de Galicia) y los del «birrete» (más ilustrados y con puestos en Madrid) alcanzó el equilibrio y pacificó el partido. Eterno soltero de oro durante muchos años, «el matrimonio no es mi negocio», decía con buen humor, mantiene ahora una vida familiar estable y discreta junto a Eva María Cárdenas, una gran ejecutiva madre de su único hijo. Alberto adora pasear por la ría de Vigo, la inmensa playa de Samil y le gusta saborear un buen pulpo «a feira» en Oms. «La política está sucia», confesaba en privado a sus íntimos sobre los casos de corrupción. Antes de su cuarta mayoría absoluta las ofertas en la esfera privada le llovían como el «sirimiri» gallego. En medio de la tormenta política del Partido Popular se lo dijo hace unas noches a su mujer: «Esto me sigue mereciendo la pena».

Muchos respiran aliviados bajo ese lema tan repetido: unidad y experiencia. Piensa Núñez Feijóo que a la política, y sobre todo al gobierno, no se viene a aprender, sino con los deberes hechos. Es una sutil advertencia para no caer en «niñerías» y hacer una gestión de altura, no de guardería de párvulos. Como buen gallego es desconfiado, de observar mucho y hablar poco, «Pienso mucho lo que digo, pero digo siempre lo que pienso», afirma con puro estilo galaico. Para Pedro Sánchez es el tercer líder del PP a quien se enfrenta, tras Mariano Rajoy y Pablo Casado. Si como dice el refrán a la tercera va la vencida, todos hoy en el PP ven a Alberto Núñez Feijóo como el líder necesario. Tiene la sencillez del paisano y la seguridad del mando.